Los zapatos de la patriota

Bienvenida_Macri
Fotografía gentileza M.A.f.I.A.

 

Por Pablo Doti

Un día el cambiador recibió la luz diurna en las horas de la tarde. Contadas veces se removía en tales horarios. Más bien era por la mañana, cuando intempestiva, con una voz metálica de fondo, aparecía para iluminar lo que esta tarde: el zapatero. Siempre eran zapatillas de entre casa las que pululaban esas horas. Pero ese día las botitas de cuero blancas sobresalieron entre tantos calzados. Fueron a dar a unos pies que empezaron a taconear por el parqué lustrado minutos antes por la explotada enceradora. La voz metálica se mimetizó con los tacones. Una escarapela bordada fue prendida a un pecho. La luz diurna refractaba en la piscina y penetraba la cuadrada ventana.

Los zapatos de la patriota, ya la escarapela dictando forma, se sacudieron fuera de la habitación. Las llaves de la camioneta importada, la de cambios automáticos se arrebataron briosas al tiempo que la pancarta amarilla, con el logotipo de CAMBIEMOS se agitó impaciente. La puerta de la camioneta importada, esa de los cambios automáticos se abrió y recibió la llave que penetró el encendido. Los zapatos de la patriota apretaron el acelerador. El motor sereno, apropiado para chetos, se movió brioso hasta la calle principal de la ciudad Mendocina, esa que apoya dictaduras y tiene presos políticos. Allí se estacionó en una playa.

Los zapatos de la patriota, esos de taco medio, y hebilla enchapada en oro avanzaron presurosos. Una cartera de mano, dócil, se apretó al saquito blanco cuando pasaron frente a unos dientes negros y quebrados que pidieron algunos centavos por cuidar los autos.

Llegaron, al fin, al vértice mismo de la ciudad de los simios, en el kilómetro 0. Allí los zapatos de la patriota se agitaron contundentes mientras la voz metálica pregonó alienada: “Sí se puede, sí se puede”.