El Trastorno de Amadeo

Ilustración Luis Scafati
Ilustración Luis Scafati

 

Por Marcelo Padilla

1

“Amadeo es un enero mendocino a las siete de la tarde”, me dijo casi poéticamente el psiquiatra en el café donde nos citamos. “Fíjese: el trastorno de Amadeo fue descubierto por el doctor Carius Hallfeyad en 1922, en Chicago, también llamada “la ciudad de los vientos”. Fue él quien lo detectó y sistematizó. Ocurrió que los celos de uno de sus colegas, el doctor Mein, quien estuvo preso por el asesinato del doctor Hallfeyad, motivaron en aquel argucias non sanctas para apropiarse del descubrimiento.

Es más, recurrió a la muerte por encargo (unos gangs a sueldo tiraron el cuerpo dopado con morfina al lago Míchigan) y tuvo la suerte de que no lo condenaran por más tiempo. Pero “Trastorno de Amadeo” (TA) le pertenece al doctor Hallfeyad. Eso se sabe recién ahora, porque en su época los diarios y radios hablaban del “Doctor condenado que descubrió Trastorno de Amadeo… bla, bla, bla”, lo cual fue tomado como una injusticia por el vulgo de las calles y de los barrios bajos en todo EEUU.
Figúrese que para la década del veinte, aquí en Mendoza gobernaba Carlos Washington Lencinas (el hijo del gaucho Lencinas), también se hablaba de “un trastorno”, pero nunca se imaginó aquí que fuera el mismo, exactamente el mismo TA que hoy conocemos por los manuales de medicina”, advertía el doctor. “Lo más extraño –continuó– es que en casi cuarenta y pico de años solamente en dos lugares del mundo se podía detectar, Chicago y Mendoza, justamente dos poblaciones con similar cantidad de habitantes. Bueno, se hablaba o hipotetizaba, imagine, de un experimento en conjunto entre médicos de ambos lugares que salió mal. De un maleficio realizado por mujeres de ambos estados para que una deformación recayera sobre sus poblaciones. Que los gobiernos centrales de EEUU y de Argentina habían decidido llevar a cabo estudios científicos en conjunto, etc., etc.”.

“Bien –prosiguió–, hasta ahora no se ha comprobado nada de nada. Lo cierto es que el TA sigue revelándose en Chicago y Mendoza. Como lo he seguido al tema, por mi especialidad, recuerde que me dedico a las ‘enfermedades raras’, solo en la Amazonia habrían localizado el TA en unos niños de la tribu de los ayagua, creo que fueron cinco niños. Pero allí la hicieron más fácil: a los cinco niños los tiraron al río Envira, en el Estado de Acre, donde se cultiva el caucho. ¿Se acuerda de Marina Silva, la ministra de Medio Ambiente del gobierno de Lula da Silva en Brasil, que enfrentó en las presidenciales a Dilma? Bueno, Marina Silva nació y creció cultivando caucho en Acre, una seringueira, como le llaman a los cultivadores de árboles de caucho en los seringales. En fin, aquellos salvajes de la tribu creyeron que con la eliminación de los niños ahogados en el río prescindirían del TA. Hoy no se sabe nada más de esa tribu. No la encuentran. Y no solo expedicionarios y antropólogos anduvieron por aquellos vastos bosques para hallar rastros. El propio Lula hace unos años envió una misión especial y secreta para tomar contacto con ellos. Sin embargo, no hay ni vestigios de cultura. No encontraron nada. Es extraño, ¿no?”, cavilaba, mirando la copa de los carolinos mientras unos gorriones posaban sobre sus galletas en la mesa del café.
“Por eso si bien debe usted preocuparse y ocuparse del problema de su esposa, le tengo que ser honesto”, sentenció: “No hay hasta aquí una conclusión acabada, un abordaje científico estándar y serio, solo pruebas, intenciones, digamos, experiencias que yo he sistematizado en los años que llevo de profesión y que archivo y estudio desde aquel descubrimiento que lo tiene al doctor Carius Hallfeyad como protagonista en los años 20”.

“En una oportunidad, en mi obcecada carrera por dar con la caracterización del TA, realicé un viaje a Chicago en los 60 y me entrevisté con el hijo de Hallfeyad, médico también, oncólogo, especialista en cáncer de piel. Yo viajé luego de hacer un contacto con él. Le pregunté si tendría a bien recibirme en su consultorio si realizaba el viaje y me aceptó con reservas, fríamente. Pero el viaje lo realicé igual, me lancé a suerte y error”, decía el ya para mí aventurero psiquiatra.
2
Caminamos lentamente por el lago del Parque General San Martín, rodeándolo, unas tres vueltas, lo cual nos tomó un par de horas. Era el tercero de los encuentros con el doctor Manuel Lacerna, porque fue él mismo quien en el primero de ellos, en su consultorio de la calle Aberastain al 578 en la capital de San Juan, donde me trasladé a informarlo, me propuso “otro espacio” para charlar sobre la enfermedad de mi esposa. Por eso fuimos luego, a la semana, a un café de la calle Leónidas Aguirre y a posteriori a parlamentar al lago del parque, aquí en Mendoza.

Manuel Lacerna es un médico psiquiatra de unos 70 años o más, investigador del Conicet y profesor titular de la Cátedra de Psiquiatría de la Universidad Nacional de San Juan. Si bien se jubiló hace unos años, Lacerna logró seguir con sus investigaciones sobre el TA a partir de un subsidio internacional que pudo llevar adelante a través de un convenio con la Universidad y el “Hospital de los Trastornos”, en el Estado de Pará, Brasil, junto a otros colegas interesados en el caso y a propósito de lo que la prensa brasileña llamó “el ahogo de los niños del Acre”. El tema que suscitó una profusa dedicación de la prensa paulista, nacionalizando la inquietud y, colateralmente, promoviendo el pensamiento mítico por la desaparición de la tribu.

Tras las charlas, me di cuenta de que el caso de mi esposa se transformó para el doctor Lacerna en “su” preocupación, especialmente porque hacía más de diez años que no se detectaba en Mendoza un trastorno de ese tipo (en Chicago se diagnosticaron ocho casos en un solo año, en 2002). Por eso viajaba él ahora a entrevistarse conmigo en Mendoza, en charlas monologadas y extasiadas, bajo calores insoportables de enero.

Lacerna es un tipo afable, cadencioso en sus parlamentos, de porte robusto, medio parecido a René Favaloro. Posee un tono de voz cavernosa y con prestancia. Recuerdo que nunca lo vi transpirar una gota de sudor, así estuviéramos bajo el mismo sol de las dos de la tarde charlando animadamente. Es más, nunca lo vi sin su saco italiano color crema, liviano, ataviado con un pañuelo de seda verde manzana anudado al cuello y un sombrero blanco de hacendado portugués. Convincente por demás, uno no puede menos que entregarse a las manos del doctor Lacerna y a sus pesquisas sobre el origen del trastorno, sus manifestaciones y pruebas de medicación genérica que un laboratorio de Buenos Aires le provee para experimentar con sus pacientes.

El padecimiento de mi esposa Berta data desde que tuvo a nuestro primer hijo, Octavio. Berta sufrió demasiado en el parto y desde aquella vez no paró de llorar, literalmente. Cuando digo no paró de llorar literalmente quiero decir que hace siete años que llora sin descanso, de día y de noche, cuando duerme y cuando se levanta. Lo significativo es que no se trata de una depresión ni de angustia. Tiene buen ánimo pero llora igual, y nunca para. Los médicos no concluyen que se trate de depresión. Berta no tiene ideas de muerte, tendencia suicida, baja estima, ni ha sufrido ningún shock postraumático. Tuvo una infancia feliz, padre y madre vivos, hermanos cariñosos con su familia, de buen pasar. Nuestro hijo es una persona adorable, goza de buena salud, sus sobrinos también y nosotros como matrimonio no tenemos casi discusiones. Es decir, no hay, en apariencia, un solo hecho que justifique ese estado.

Cuando consulté con unos médicos, varios, sobre lo que le pasaba a mi esposa, me dijeron que la llevara al doctor Manuel Lacerna en San Juan, un especialista en “enfermedades raras” que se aboca desde hace años a este padecimiento, investiga, viaja, sistematiza casos sobre lo que un médico estadounidense en la década del 20 en Chicago denominó el “Trastorno de Amadeo”. Una enfermedad incurable, extraña, detectada pocas veces. Pero lo que pudo ser una esperanza se transformó en una resignación. En cada encuentro con Lacerna, sus palabras taladraban mi cerebro, era como si el médico gozara despuntando su abanico de experiencias, inquietudes, viajes por el mundo. No puedo negar su afabilidad y contención, pero lo cierto es que no encontraría una sola respuesta ni un camino o tratamiento a seguir. Llegar a Lacerna fue llegar al desierto, encontrarse con otro humano que no tenía agua ni brújula. Un buceador sin destino. Por eso, a partir del tercero de los encuentros, le fui tomando bronca, sentí tedio y hasta pensé en insultarlo en más de una oportunidad en medio de sus parlamentos suntuosos de vida hecha. De a poco, el doctor Lacerna se transformaría en un verdadero monstruo para mí.
3
Lacerna relata su encuentro con el hijo de Carius Hallfayed en Chicago, 1964. La reapertura de la causa por el asesinato y las diatribas del doctor Vitorio Hallfayed contra su padre:

“Cuando llegué a Chicago, un jueves de julio de 1964, en la portada de los diarios se hablaba de la reapertura de la causa por la muerte del científico Carius Hallfayed. Quedé insomne ante las notas de los periódicos. Justamente cuando aterrizaba para entrevistarme con el hijo del muerto en el 22, se reabría la causa, y yo en la misma tierra, a minutos del lago donde fue arrojado dopado con morfina. Recuerdo que el Chicago Tribune y el Chicago Sun Times ilustraban sus primeras páginas con las fotos de Mein (el asesino) y Hallfayed (la víctima). Pero también el New York Times y el Daily News lo hacían, reportando extensas notas sobre el caso que terminó archivado con la liberación de Mein. Con eso me topé al llegar a la ciudad de Chicago, la poderosa urbe industrial y ferroviaria, capital del Estado de Illinois. No obstante, si bien la saga policial en los medios fue siempre una de mis pasiones, mi cabeza estaba puesta en un solo objeto: el Trastorno de Amadeo y la posibilidad de juntarme a charlar sobre el tema con el hijo (Vitorio Hallfayed) del descubridor del trastorno constituía el deseo en su mayor expresión de singularidad. A Vitorio Hallfayed lo vi recién al tercer día de mi estancia en Chicago. Prevenido, me fui unos días antes del encuentro pactado para anunciarle por teléfono que ya estaba en la ciudad, que había llegado y que me tomaría un tiempo antes de visitarlo, para recorrer el lugar. Le mentí al doctor Vitorio. No quería hacer turismo. Más bien caminar por las márgenes del Michigan pensando en el cuerpo dopado con morfina de su padre arrojado al agua por unos delincuentes pagados por el doctor Mein y visitar los archivos de época en los diarios de Chicago para copiarme las coberturas sobre el asesinato perpetrado. Indicios, análisis y opiniones de la prensa policial, hipótesis, pistas de los detectives e investigadores de la época que brindaban un mapa de exploración sobre esa muerte. Lo cierto es que en la búsqueda encontré una caterva de opiniones en contra del doctor Carius Hallfayed y una celebrada victimización del doctor Mein. Fue, por lo que indagué, el caso policial más rimbombante de la psiquiatría por entonces en la ciudad de Chicago. La presión de los medios, el lobby de los laboratorios y del establishment médico lograron que la Justicia acortara los tiempos de prisión de Mein, con lo cual, al tercer año de su detención, el responsable intelectual del homicidio saldría en libertad ante vítores de la gente apostada en el supremo tribunal”.

–Buen día, doctor Vitorio, mi nombre es Manuel Lacerna.

–Buenos días, doctor, tome asiento, ¿le sirvo un café?

–Con mucho gusto, se agradece.

–Bien, vamos al tema que lo trae por Chicago: qué quiere saber de mi padre.

–Veamos, doctor, como usted sabe, soy médico psiquiatra e investigo enfermedades no convencionales. A mí particularmente me interesa el Trastorno de Amadeo, patología que descubrió su padre. Pero debo ser honesto, y le pido disculpas por la pregunta que le voy a hacer: ¿por qué a su padre lo matan de esa manera? He seguido el caso y me interesa particularmente. Estoy al tanto de la relación de su padre con el Dr. Mein y de lo que dijo la prensa.

–Mire, doctor Lacerna, no entiendo muy bien a dónde quiere usted llegar, pero le voy a decir algo muy concreto. Mi padre, el doctor Carius Hallfayed, fue una persona deshonesta, una mala persona. En su vida familiar y laboral. Al doctor Mein lo maltrató por años en el departamento médico, le frenaba su carrera y, lo que fue peor, se adjudicó el descubrimiento del Trastorno de Amadeo en soledad, cuando era un trabajo de años de todo el equipo. Eso no justifica el final, pero le debo confesar que además mi padre era amante de la esposa del doctor Mein.

–Lo siento mucho. Imagino lo contrariado que debe estar con el tema. Sin embargo, a Mein lo condenan y luego lo dejan en libertad. Nada justifica el asesinato. Disculpe usted.

–Es cierto, pero es un tema sobre el que no me interesa explayarme. Hoy yo trabajo para el doctor Mein en su clínica privada. Y en eso le voy a estar muy agradecido. Además, ya es un tema de índole familiar que no quiero compartir.

–Pero hoy es tapa de todos los diarios. La causa se ha reabierto y el doctor Mein estaría nuevamente comprometido.

–Por eso mismo. Me preocupa la situación. No es un tema que me interese charlar con usted.

–Está bien, doctor Vitorio. Solo me queda preguntarle sobre la enfermedad. Sobre el Trastorno de Amadeo. Como le dije en una oportunidad por teléfono, vengo de una zona donde se registran casos con las mismas características. Atiendo pacientes que lo sufren y quisiera que compartiéramos experiencias.

–Doctor Lacerna, el Trastorno de Amadeo se descubre en base a una serie de manifestaciones en pacientes que residen en Chicago.

–Eso no es cierto, disculpe usted, en la provincia de Mendoza –Argentina- se han reportado al menos 17 casos.

–Mire, Lacerna, nosotros trabajamos con nuestros casos en la clínica, tenemos apoyo gubernamental, publicamos la investigaciones y hemos logrado un prestigio importante en los Estados Unidos. Yo le pediría que siga usted con lo suyo allá en el sur de Argentina, nosotros en lo nuestro.

–Está bien, intentaba compartir una experiencia de años que llevo en el tema. Me voy, no sin antes decirle que su actitud no contribuye a encontrar caminos de solución al trastorno. La ciencia debe socializar sus conocimientos para mejorar el bienestar de la población de cualquier país.

–No le permito que me dé clases de moral. Yo soy un científico que tiene muy claro cuál es el rol de la ciencia. Es más, somos pioneros en tratamientos de pacientes con enfermedades desconocidas. ¡Esto es Estados Unidos, señor Lacerna!
4
Finalmente habla Berta, a través de estas líneas, desde la cárcel. Cuenta, cómo se resuelve el Trastorno de Amadeo. El final de las pesquisas.

“Nadie sabe nada sobre el Trastorno de Amadeo. No se imaginan lo que significa. Cuando maté a mi hijo Octavio, fue una liberación. No quedaba otra, desde la desesperación en la que me encontré tantos años, llorando sin parar. Por eso nadie quiso decir la verdad sobre la resolución del trastorno, matar al niño, a los niños.
Médicos, psiquiatras, detectives, periodistas, esposos, familiares, enfermeros, ninguno sabe nada. Hay que padecerlo para entenderlo. Desde la prisión, ahora que puedo escribir –antes no lo hacía por la medicación y el sueño eterno–, puedo contarlo. ¿Se acuerdan de la tribu que mató a sus niños en el Acre tirándolos al río Envira? Así lo resolvieron. Así se resuelve. Es la eliminación de la sociedad a cuentagotas, es la extinción de la especie lo que nos salvará de este maldito trastorno, de este mundo enfermo, de estas rejas. A mi esposo Roberto lo internaron en el psiquiátrico no bien se enteró de la noticia. Pobre Roberto. Nunca lo entendería de esta manera. Jamás se hubiera imaginado que existían enfermedades que no se curan con la medicina. Yo lo entendí ni bien maté a mi hijo. Fue una reacción de supervivencia. Y me liberé cuando estrangulé a Octavio. Mi llanto fue deteniéndose a medida que aumentaba el de él. Y así, la transmutación del llanto en silencio redentor tomó cuerpo en la habitación. Ahora puedan quizá entenderme. O no. Pero es el testimonio de la primera sobreviviente que lo cuenta. El doctor Lacerna se suicidó dos años antes de mi condena. En realidad, su vida abocada a lo irresoluble lo llevó a un estado de ansiedad sin límites. Era un hombre incontinente. Su verba encantaba, cautivaba, pero al tiempo era un gran moscardón. Un hombre infeliz, con su mujer postrada hacía 20 años en una cama, sin sus hijos, que lo abandonaron. Un tipo que hurgueteaba en el sinsentido de la razón instrumental. Me enteré en la cárcel cuando murió, cuando se murió. Yo maté para seguir viviendo”.