La herencia cultural (tercera parte)

Continuando con nuestra vocación estudiantil, nos seguimos educando con el sencillo método de observar lo realizado por los funcionarios del Estado que, elecciones populares mediante, son designados por el partido que gana esos comicios.

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Sede de la actual Secretaría de Cultura – Foto: Gentileza ex Ministerio de Cultura

Hemos tomado el ex Ministerio de Cultura del período 2011 – 2015 como ejemplo, quizá paradigmático, pero podríamos haberlo hecho con cualquier otro sector del Estado.

En primer lugar, los funcionarios dirigidos por la ex ministra Marizul Ibáñez se cuidaron muy bien de no diseñar un organigrama, o de dibujarlo. De cualquier modo, nadie en ese ministerio lo conocía a ciencia cierta. Algo así como un Organigrama de Hecho. De modo que las órdenes y directivas las podía dar cualquiera. O nadie.

Esto último permitió varios métodos de gestión. Uno de ellos fue que los cargos directivos de carrera lo ocuparan militantes partidarios. Esto de militantes no sugiere que hayan militado, actuado en política, alguna vez. Casi siempre se trataba de “gente de confianza”.

Otra de las consecuencias – y ventajas – de esta inexistencia real de un orden organizativo claro, fue dejar algunas reparticiones sin conducción. Con un “asesor a cargo de”, como el Teatro Independencia, el Espacio Contemporáneo de Arte (el ECA), el Espacio Le Parc, o directamente sin dirección administrativa, como fue el caso de la Orquesta Filarmónica. El objetivo de este método es el de que se gestione solo. Ante la falta de una política cultural, dejar que los empleados lo manejen. Los laburantes, ya se sabe, en su gran mayoría no quieren sentirse una manga de inútiles y, en base a su experiencia, echan a andar el aparato y algo se hace, a fuerza de gestionar todo lo que los actores de la cultura y el público les exigen. ¿Falta gente para todas las tareas? Pues las funciones, exposiciones, contrataciones y todo el trabajo administrativo que ello implica, se hacen igual, a pulmón. Salgara como como salgare. El resultado no podía ser excelente, por supuesto.

El viejo truco de los contratos basura

De todos modos, algunos trabajadores hacían falta, dado que hacía rato que no ingresaban demasiados a la planta del ministerio. Pero como temían que la oposición los acusara de tener más empleados públicos que Uganda, y ya el Paco se los había prohibido, recurrieron a un truco harto conocido, usado por todos los gobiernos en forma masiva de los últimos cuarenta años: los contratos. Contratos que fueron llamados, por los sindicatos, relación de dependencia fraudulenta. Esto quiere decir que eran empleados, que cumplían horarios de empleados, que lo hacían en el mismo edificio que los empleados, usaban los escritorios y computadoras como los empleados, eso sí: cobraban menos que los empleados y no tenían los derechos laborales de los empleados. Que, dicho sea de paso, son legalmente irrenunciables, por más que firmen lo contrario. Pero eran proveedores monotributistas. Algo así como empresas, o profesionales independientes, que le hacían algún trabajito eventual al Estado. Free lance, o como se escriba.

El desbarajuste que el sistema de contratos originó fue tal, que había quienes cobraban por trabajar en el concierto de fin de año de la orquesta y en realidad acarreaban tablas, sillas o lo que sea durante todo el año. Ya se sabe, cuando de llevar el mango a la casa se trata, uno agarra lo que le ofrecen, pues lo arrinconan: esto es lo que hay, te puedo pagar con la partida de la bendición de los frutos, o algo así. Trabajo en negro, que le dicen. También hay que decir que algunos artistas, en ese afán de que no me vengan los políticos a decir lo que tengo que hacer, estaban encantados con ese look antipolítico, o antisistema, o de yo no soy empleado público, che. Con todo respeto, pobres giles que no se han dado cuenta que son trabajadores. Y del Estado.

Y como no todos los trabajadores contratados tenían su inscripción y su facturero en la AFIP, surgieron dos o tres asociaciones – que fungen como sindicatos, sindicatos amarillos se les decía antes – que se encargaban de “representar” a los artistas, aunque no todos lo fuesen, y facturaban por ellos. De paso, repartían pasajes, que vaya a saber a cambio de qué se los daba el gobierno. Ya se sabe: a revoltijo de papeles, ganancia de pescadores.