María y Claudia, cuatro generaciones y cuatro décadas por memoria, identidad y justicia

Las Madres de Mendoza, María Domínguez y Claudia Castro Domínguez -nieta 117, nacida en cautiverio, que recuperó su identidad en 2015, después de los secuestros en diciembre de 1977 de sus padres- fueron homenajeadas ayer en la Legislatura en el marco de actividades a 40 años de la última dictadura cívico militar. Brindaron una cálida y lúcida entrevista en la que cuentan cómo ha sido la vinculación afectiva, familiar y de renovado compromiso, la reconstrucción ahora complementaria sobre la historias de Walter Domínguez y Gladys Castro desde los lugares de madre e hija y la importancia de traer esas voces a nuestra realidad.

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Por Sebastián Moro – Fotos: Coco Yañez

Lo dice con sus sonrisas y el contagio de su risa, a través de la alegría chispeante de sus ojos, con el humor adelante y la vitalidad extendiéndosele por sus bellos vestidos. María Assof de Domínguez está feliz desde hace más de ocho meses porque recuperó su identidad Claudia Castro Domínguez, la nieta 117 e hija de su hijo Walter Domínguez y de Gladys Castro, ambos desaparecidos desde el 8 de diciembre de 1977 por un grupo de tareas. Y como la referente que es, a pesar de ciertos retrocesos políticos y sociales que preocupan -y mucho- a las Madres de Mendoza, y a pesar de este 24 de marzo mal confeccionado con la bandera estadounidense por la visita de Obama -“los representantes del país más terrorista y dañino del mundo”, diría María durante el evento en la Legislatura-, ella transmite esa alegría y el sentido trascendental de la lucha y de la búsqueda a una sociedad que cada vez valora más y mejor su ejemplo y el de sus compañeras.

Dijo María sobre este primer 24 de marzo con su nieta Claudia, al llegar ayer al edificio anexo de la Legislatura Provincial donde por iniciativa de los senadores Gustavo Arenas y Luis Bohm se homenajeó la lucha de Madres y Abuelas junto a Margarita Barrera Oro, Agustina Corvalán y Angelina Catarina de Castro -madre de Gladys-, que no pudo presenciarlo por inconvenientes de salud: “Estamos de diez, toda la familia, parece que Claudia se hubiera criado con nosotras, estamos refelices y recontentos porque además encontramos a una mujercita hermosa por fuera y por dentro, guapa, inteligente, buena madre, buena esposa, que nos ha aceptado desde el primer momento, algo que no es fácil, criándose sin sospechar que podía ser hija de desaparecidos. Y es un ejemplo que tenemos acá en Mendoza”.

“En las audiencias puedo saber qué pudo haberles pasado por el relato de todos, hasta entonces era como una penumbra el tema de los desaparecidos, no es lo mismo leer, o saber, que escuchar de alguien que está sentado al lado tuyo qué es lo que pasó. Además, hay personas que se emocionan y se acercan por mi aparición y pueden decir ‘bueno, yo pude estar en la misma, mi hijo pudo haber estado en esta’, entonces ahí empecé a hacer el lazo mamá-papá-yo, por qué no están y qué pudo haberme pasado a mí o qué pudo ser de mí”.

Claudia y María en Tribunales Federales. Mendoza, febrero de 2016.
Claudia y María en Tribunales Federales. Mendoza, febrero de 2016.

Claudia había llegado veinte minutos antes y mantuvo un diálogo abierto y cercano con ZEPA. Contó lo “raro” que fue el interregno entre finales de julio del año pasado -cuando se confirmó su identidad y se comunicó este nuevo encuentro a través de Abuelas y de Estela de Carlotto- y el del 16 de octubre, cuando con sus abuelas fue  “presentada en sociedad” en una transmisión en vivo de Radio Nacional Mendoza: “Por el análisis y de ver fotos era como que yo ya me sentía parte, pero necesitaba el vínculo las 24 horas del día para saber qué estaban haciendo, me contactaba por facebook con mi tío -Osiris, hermano de Walter y sobreviviente por correr serios riesgos a partir de su desaparición-, necesitaba conocer y escuchar, escuchar y escuchar. Por ejemplo, en cuanto se dormían mis hijos a las doce de la noche, me metía a chatear. Y ellos sabían que yo estaba ahí”.

El lazo mamá-papá-yo

Fue “un período de conocimiento y organización”: le explicó la situación a su hija de diez años y al de seis -tiene otro de dos- y comenzó a reconstruir la historia de sus padres, “hilando conexiones y abriéndome a las personas que se acercaban a saludar e hicieron para que yo apareciera, compañeros de la lucha de ellos y la familia que me buscó y la que me quedaba”. Empezó a ir a la ronda de la plaza los jueves y a acompañar a “la María” a actividades de derechos humanos, “a partir de la libertad de poder conectarme con la gente que los ha ayudado toda la vida”. Pero la experiencia “más dolorosa y más objetiva” ha sido ir a los juicios, asistir a la megacausa que entre más de un centenar de hechos busca justicia por su madre y su padre, por quienes ya hubo condenados en el juicio pasado y ahora se responsabiliza a los cómplices civiles, los ex jueces federales Guillermo Petra Recabarren y Otilio Romano. Explicó: “En las audiencias puedo saber qué pudo haberles pasado por el relato de todos, hasta entonces era como una penumbra el tema de los desaparecidos, no es lo mismo leer, o saber, que escuchar de alguien que está sentado al lado tuyo qué es lo que pasó. Además, hay personas que se emocionan y se acercan por mi aparición y pueden decir ‘bueno, yo pude estar en la misma, mi hijo pudo haber estado en esta’, entonces ahí empecé a hacer el lazo mamá-papá-yo, por qué no están y qué pudo haberme pasado a mí o qué pudo ser de mí”.

«Aunque nadie se quiebre por el pacto de silencio, podrían reivindicarse como seres humanos y cambiar la historia de lo que esto fue diciendo dónde están los cuerpos, al menos para dejar en paz a mi abuela, a mí y a tanta gente”.

“Ha sido rápido cómo salieron estas ganas de participar, tenía cautela porque pensaba que me podía hacer daño, siempre quise comprometerme pero no lo había concretado. Entonces, por mi necesidad de acercarme se fueron dando lugares, una cosa llevó a la otra, mientras más acompañaba a mi abuela más conocía de mis padres, me gustaba en los eventos que me contaran cosas de ellos y vi que toda esa recompensa tenía un sentido individual de homenaje a ellos, pero luego fui comprendiendo que es parte de la historia política y social y que mi abuela es la cara visible de esa lucha, se honra su lucha y el encuentro. De esta manera puedo aportar algo palpable, la duda de los demás cuando te conocen y saben que sos una nieta recuperada. Es un eco diferente al de la historia oficial, a la que está escondida. Y hay que multiplicar esa voz, eso es lo que me lleva a sumarme y estar presente”.

El eco diferente y el vínculo humano de la historia

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Claudia explicó los cambios en sus ámbitos como un “vuelco importante”, como para el grupo de amigos más próximo y sus hijos, porque “se les despertó el ‘del dicho al hecho’, de verlo por la tele a que mi hija venga del acto de quinto grado por el 24 de marzo y me diga que el homenaje por el Día de la Memoria es hermoso. A través de esta historia ellos conectaron el vínculo humano de la trama”. En cuanto a las relaciones con su familia adoptiva dijo que algunas se alejaron y otras continúan “súper natural”. Y también están las nuevas relaciones, como con María con sus bisnietos y con ella, “de total confianza, como si hubiéramos estado juntas toda la vida” y con muchos rasgos en común, empezando por la locuacidad y “porque ella es muy aparato y yo también”. También le sucede con la abuela “Angelita”, aunque con “un perfil más tímida y mucho padecimiento, porque debió ocuparse de muchos hijos mientras buscaban a mi mamá y María salía con los tapones de punta”.

En Osiris encuentra “cosas que a mí siempre me interesaron e imagino que a Walter también, conductas, el carácter parecido, y digo ‘bué, acá está todo lo que yo era y quería ser y la forma de ser que deseaba hallar en mis pares’; como que él baja la personalidad de mi papá en un sentido literal, de haber compartido y disfrutado juntos, conectados en la militancia”. A su vez, ver jugar a sus tíos con sus hijos le aflora el dolor y hasta la bronca, porque piensa que Walter -tendría recién 61 años, dos menos que Gladys- estaría correteando con ellos, y ella “podría haber disfrutado de ser amiga de mis padres” porque eran muy jóvenes, a diferencia de quienes la adoptaron.

“Estamos de diez, toda la familia, parece que Claudia se hubiera criado con nosotras, estamos refelices y recontentos porque además encontramos a una mujercita hermosa por fuera y por dentro, guapa, inteligente, que nos ha aceptado desde el primer momento, algo que no es fácil, criándose sin sospechar que podía ser hija de desaparecidos. Es un ejemplo».

Por último, Claudia antes de abrazarse una vez más con María -que atrasada por la prensa atrasó el protocolo del homenaje y de la alegría latente pasó a las lágrimas al recordar la memoria de su hijo y de todos los desaparecidos y desaparecidas- dio un mensaje de continuidad y renovada esperanza en el reflejado rostro palpable de sus abuelas, en la participación en las rondas y en la concurrencia al juicio: “Me encontré con la realidad, de afuera hasta justificaba cosas, el ‘juicio y castigo’ de H.I.J.O.S. me resultaba chocante, pero en un juicio ves los hechos y los responsables con nombre y apellido. Y los jueces eran necesarios para hacer o no hacer, tenían además una función social importante en ese momento y la posibilidad de conocer el destino de lo que pasaba con personas como mis padres. Hoy hay otras personas que cumplen ese rol social y hay que crear ese ambiente de seguridad a partir de ahora, velar porque nunca más suceda y reflejar en el resto de la sociedad lo grosero que fue ese poder frente a la vida humana. Ellos tienen hijos de mi edad, pero yo bajé a la realidad con nombre y apellido y mantengo la esperanza porque por mi aparición surgen otros actores que pueden saber algo. Y aunque nadie se quiebre por el pacto de silencio, podrían reivindicarse como seres humanos y cambiar la historia de lo que esto fue diciendo dónde están los cuerpos, al menos para dejar en paz a mi abuela, a mí y a tanta gente”.

Claudia Castro Domínguez, 23 de marzo de 2016: