La llevó al dormitorio…

Cueva_Oscura

Escucho radio desde que tengo memoria. Las situaciones y los lugares cambian. También los programas y las emisoras elegidas pero la radio continua ahí, omnipresente. Es de esas herencias familiares, una de ellas, que el paso del tiempo no puede dañar. Claro que como todos, en el comienzo, escuchaba la emisora que elegía otro. No me tocó la época de oro en la que la familia se sentaba a escuchar radio, pero en mi infancia uno escuchaba lo que el grande que anduviera por ahí elegía. Solamente cuando se llegaba a tener un receptor propio uno escuchaba lo que quería. Ya sé, suena inexplicable lo del receptor propio en este mundo hiperconectado pero la cuestión era así.

Hoy a un niño la radio puede atraparlo alrededor de… ¿dos segundos? Sin embargo hay un momento clave: el primer contacto. La sorpresa inicial de ese primer contacto. Esta sorpresa consiste en no entender cómo adentro de esa cosa cuadrada apoyada en una mesa hay alguien que habla (con los modernos receptores incorporados a los teléfonos la experiencia no funciona, obvio, en los teléfonos siempre hay gente que habla). Ese primer contacto puede marcar, o no, el inicio de un romance eterno con la radiofonía. Luego de ese momento cada vez que el niño se cruce con ese aparato encendido seguramente prestará atención por lo menos dos segundos.

Esta historia habla de instantes incómodos. Y no es esta la primera vez que esos instantes han sido incómodos por estos lares. La vez anterior, no lo recuerdo con precisión, creo que se trató de un golpe en el rostro con un fierro. Les explico mejor. Como sabrá todo oyente avezado las emisoras de radio de amplitud modulada (o de formato AM por FM, se entiende ¿no?) se empecinan en contarnos cada media hora qué es lo más importante que según sus dudosos criterios de selección periodística debemos saber. En estos espacios amargamente repetitivos, mayormente repletos de informaciones innecesarias y de variadas procedencias, suelen hacer sus apariciones los cronistas de radio. Esos que transitan la lleca en busca de lo último. Pues bien, la escena del golpe en el rostro no es más que el relato de una de esas primicias.

El problema se profundiza, como ya puede advertirse, porque este  cronista en particular ha perdido (o ha escondido, no lo se) por completo su capacidad de abstracción, el uso de metáforas o de elipsis. En este estado más que cronista de radio parece una camarita de esas que ahora hay por todas las esquinas. Alejado del llamado a la imaginación que caracteriza a la radio, el tipo se abraza a una literalidad extrema. Lo que sucedió en aquella oportunidad es que la descripción de ese impacto del fierro en el rostro de una persona coincidió con esos dos segundos en los que el niño era atrapado por la radio.

– ¿Qué le partió la cara con un fierro?, preguntó el niño sin comprender muy bien lo que sucedía.
– No, dijo que tiene la cara de fierro, respondí sin comprender muy bien lo que sucedía.

Ayer la escena volvió a suceder. Avanzaba el boletín de noticias, el niño escuchaba la radio y otra vez apareció la voz del mismo cronista y su literalidad:

– … entró a la casa, la llevó al dormitorio y la apuñaló por la espalda, Martín Rojas La Red Informativa.
– El tiempo: Nubosidad variable. Probabilidad de precipitaciones durante la madrugada, luego mejorando. Vientos moderados del sector sur.

El niño no preguntó nada, solo me miró y se fue. Tal vez intentó creer, una vez más, que no dijo lo que dijo. O tal vez, simplemente, ya comenzó a acostumbrarse a escuchar lo que abunda en algunos medios. Yo todavía sigo sin comprender muy bien lo que sucedió.

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