AUDIENCIA 34 / CUANDO LA REALIDAD SUPERA LA FICCIÓN

28-09-17 / Se escucharon dos testimonios esclarecedores. Edith Arito brindó detalles de la presencia y agonía de Daniel Moyano en el D2; luego se refirió a su paso por el Casino de Suboficiales. Después de un cuarto intermedio, declaró Beatriz García, quien describió con extraordinaria precisión lo acaecido en el Casino.

Texto e imágenes por: Colectivo Blog Juiciosmendoza

(https://juiciosmendoza6.wordpress.com/)

Edith Noemí Arito fue citada a declarar por dos circunstancias que investiga este VI juicio: la desaparición de Jorge Daniel Moyano y las detenciones ilegales en el Casino de Suboficiales. En anteriores juicios prestó declaración sobre el periplo que le tocó vivir en su paso por distintos lugares de detención, las que serán incorporadas al expediente para evitar la revictimización.

SOBRE DANIEL MOYANO


Edith permaneció en el D2 desde su detención, el 27 de abril de 1976, hasta los primeros días de junio. Coincidió en el tiempo con la caída de un grupo numeroso de militantes próximos al PRT-ERP, cuyos nombres reconoció. Ese grupo fue “sometido a todo tipo de suplicios”, destacó Arito.

A pesar de que no fue interrogada sobre sus padecimientos, habló de ellos en presente: “te golpean… te manosean… te insultan…” dijo, como reviviendo; “la realidad supera la ficción”, agregó.

Luego, la fiscalía dirigió su interrogatorio hacia la detención de Daniel Moyano, aún desaparecido. Al respecto la testigo aseguró que pudo verlo en dos ocasiones. Dijo que el joven dio su nombre cuando llegó a los calabozos, días después de su arresto, y recordó que estaba tiritando, pues pudo verlo por una rendija. Uno o dos días más tarde, los represores le solicitaron que ella repartiera la comida. Ante su calabozo, lo llamó y no contestó. Su percepción fue que se estaba muriendo. Edith reflexionó que, afortunadamente, Daniel Moyano dio su nombre al llegar “porque ahora yo lo puedo decir aquí”.

La fiscalía le preguntó por los integrantes del D2; sin dudar, la mujer buscó con la mirada entre los acusados. Hizo mención a un boxeador Pinto, al comandante Carlos, y a un tal Armando, muy violento, alto y corpulento. Todos descriptos como personajes temibles.

Después de 35 días en el D2, fue llevada en un Fiat 600, al Casino de Suboficiales. Uno de sus acompañantes era alguien apodado “Padrino”.

UN LUGAR FEO
Edith Arito entró mal al Casino de Suboficiales de la Compañía de Comando y Servicios, contrariada por la necesidad de adaptarse a otro espacio que le era extraño. El lugar era grande y feo, resumió. Allí las detenidas no estaban en calabozos, sino que compartían un mismo ambiente para todas. La vinculación con sus compañeras no le fue fácil.

Preguntada sobre su permanencia en el lugar, dijo que las presas estaban enclaustradas, con las persianas cerradas y de vez en cuando las sacaban al patio. Aclaró que no fue torturada en ese lugar. En cambio, le hicieron firmar una declaración en blanco. Por otro lado, recordó que ciertas compañeras, por las noches, eran llevadas a una edificación de los fondos donde las torturaban. Indicó que, especialmente Vilma Rúpolo, fue trasladada muchas veces. Recordó a Carmen Corbellini y Olga Salvucci entre quienes recibieron tormentos. En cuanto a Estela Izaguirre dijo que también recibió apremios y, creía, estaba desaparecida. Rememoró la presencia, en el Casino, de cada una de las detenidas que mencionó la Fiscalía al repasar sus nombres.

Como circunstancia extraña, relató que en una de las salidas al recreo, una bala silbó al lado de su cabeza. En otra ocasión cortaron la luz. Totalmente a oscuras, nadie del personal respondía a sus llamados, ni aparecía; quedaron a solas, sin poder entender qué sucedería. Hasta sufrió una parodia de quiromancia, cuando un miembro del CCD le leyó la mano y predijo que concebiría tres hijos, tal como sucedió.

Entre los sujetos que torturaban proporcionó el nombre de Willy y, con esfuerzo, recordó a otro que llamaban el Mudo. También recordó los apellidos Varas y Briones pertenecientes al personal que las custodiaba.

Al igual que otras exdetenidas que ya testimoniaron, afirmó que el Tte. Ledesma daba las órdenes. El 29 de septiembre, cuando era traslada junto a otras detenidas, Ledesma le señaló a Arito que dejara la valija que portaba, de lo contrario “le parto la cabeza”, profirió. Esas voces “nos han martillado la cabeza (…), deben pedir perdón”, reflexionó la testigo.

Asimismo, en un tramo de su declaración dijo haber tenido militancia social en el barrio Santa Elvira de Guaymallén, en pos del Centro de Salud. En cuanto a su situación procesal describió las distintas instancias que había atravesado: consejo de guerra, justicia federal por la ley 20.840; finalmente, a disposición del PEN. Salió con libertad vigilada. Le fue difícil reintegrarse al medio y a la vida laboral. La Asesoría Letrada de la DGE le advirtió que no obtendría su titularidad como maestra, pero pudo desempeñarse como suplente.

De aquellas vivencias Edith recordó que ya en su casa, no salía. Miraba el afuera desde la ventana como perpetuando el encierro.

IMPECABLE MEMORIA


Beatriz García declaró por primera vez ante un Tribunal. Contó todo lo sufrido por ella y por sus compañeras de detención hace más de 40 años. El testimonio estuvo cargado de precisiones que reflejan una memoria asombrosa.

Betty García estudiaba Ciencias Políticas y trabajaba en la Dirección de Tránsito y Transporte. Además militaba en la Juventud Peronista. El 24 de marzo de 1976 a las 00:30 estaba en su casa en Las Heras a punto de dormirse cuando un grupo de personas golpeó fuerte la puerta y amenazó con tirarla abajo si no la abrían. Entraron violentamente, encañonaron a su padre y entraron a la habitación de ella. Se burlaron de sus libros, diciendo que era peligroso que una persona leyera. La llevaron a cara descubierta en un Peugeot 504 amarillo claro, por un camino que ella conocía.

Se dirigieron directamente al Casino de Suboficiales, aunque en ese momento no supo dónde estaba. Fue recibida por un suboficial muy joven de apellido Briones y a los empujones la tiraron en una habitación. Ya estaban allí Dora Goldfarb, “Doña María” que tenía 78 años y otra mujer.

Al principio tenían solamente un banco, que le dejaban a la señora mayor para que pudiera estar sentada y acostarse. Ellas eran más jóvenes y dormían en el piso. Luego les fueron trayendo camas, mesas y sillas. Incluso empezaron a comer con platos del Ejército, copas y cubiertos de plata. Les daban la comida de los suboficiales. Este contraste de estar secuestradas pero comer con lujos “era por momentos enloquecedor”, dijo la testigo.

“Todos los días llegaba gente nueva”, explicó Betty, aclarando que en total pasaron unas 21 personas. Una a una mencionó a todas las mujeres que recordaba: Eran custodiadas por Briones, el principal Varas y los sargentos Montiel y Ríos. El jefe mayor era Eichorn y el jefe de esa unidad era el teniente Ledesma.

También recordó a Teresa Carrizo, que trabajaba en El Tirolés y llegó un día muy asustada. Le hicieron un violento interrogatorio y después de eso “empezaron en serio las torturas”. Beatriz García fue interrogada en dos ocasiones. La primera, vendada. La segunda vez le dieron una lista con nombres de gente de su trabajo para que ella escribiera sobre esas personas. Como no lo hizo, la golpearon muchísimo, la amenazaron a ella y a toda su familia.

Mencionó las fuertes torturas físicas sufridas por Olga Salvucci, Estela Izaguirre y Vilma Rúpolo. “Me marcó para toda la vida ver a Vilma Rúpolo amamantando a su hijo con los pechos morados de tantos golpes”. La testigo describió con dolor cuando trajeron a Mariano Morales, hijo de Vilma: “un soldado con casco, un arma larga y un moisés en la otra mano”. A Liliana Buttini la desnudaron frente a su novio para que él hablara. Ella reconoció a “Willy” entre los torturadores, que eran Carelli, García y Pagela.

Buttini, junto a Goldfarb y Sibila charlaban con los guardias para sacarles información. Conocían sus nombres “y creo que hasta les sacaron sus documentos”, contó riendo la testigo. Con el tiempo empezó a llegar comida y cartas que mandaban sus familias. Consiguieron salir al patio una hora por día, con la excusa de que Mariano necesitaba estar al aire libre. En una oportunidad vieron de lejos a sus familiares que se acercaron hasta un sendero peatonal de un costado del predio.

Un tal Mallima le dijo “prepárese porque mañana se va”. Al otro día, en un camión del Ejército, dos suboficiales la pasearon por la unidad militar y vio muchas cuadras, como galpones. La dejaron en uno con 20 o 30 hombres que venían detenidos del Liceo Militar General Espejo. Tamer Yapur entró un día después y los amenazó para que no hablaran de su detención. Salieron en libertad y supo que estaba en los alrededores de la Compañía de Comunicaciones. Pudo volver a su casa con unos vecinos que casualmente pasaban por la calle.

Al principio de su detención Betty García pensó que le faltaba poco para salir, “porque no había razón para estar presa”. Después entendió que no. La pusieron a disposición del Poder Ejecutivo el 1 de julio del ’76 y la soltaron el 16 de agosto de ese año. Estuvo bajo decreto del PEN hasta diciembre de ese año.

SOLIDARIDAD ENTRE COMPAÑERAS
Del mismo modo que otras detenidas en el Casino, Betty García resaltó la organización y el compañerismo entre las detenidas. Se cuidaban y se mimaban. Formaban grupos de contención para las que iban entrando. En la habitación pequeña estaban Vilma Rúpolo, su bebé Mariano y cuatro mujeres más. Allí no se podía fumar y había mucha tranquilidad para cuidar al niño. En la habitación grande estaba el resto.

“Pasaron muchas cosas ahí, entre nosotras nos íbamos conteniendo”. Cuando tocaban el timbre en la siesta para llevarse a una compañera a ser interrogada y torturada, le daban una cucharada de dulce y se quedaban esperándola. A la vuelta la mimaban para ayudarla. Betty resaltó la profunda conexión y empatía entre ellas: “en esa situación, lo que le pasa a la compañera y lo que me pasa a mí es casi lo mismo”.

Hacían chistes, usaban el humor “para cuidar la salud psicofísica”. También cantaban canciones de protesta o “Canción con todos”. Recordó con simpatía que para el 9 de julio cantaron el himno nacional tan fuerte que los suboficiales se asustaron y temieron una rebelión.

LA PARTE MÁS DIFÍCIL
Para Betty, su casa era el lugar más inseguro del mundo. Tuvo que aprender a convivir con ese terror. Durmió bien por primera vez cuando salieron de la vivienda y se fueron de vacaciones en familia. “Sentía que vivía en una pecera”, confesó.

Cuando se le pasó el miedo volvió a reclamar por su trabajo. El director la obligó a irse: “déjese de molestar, agradezca que la ha sacado barata”. También la echaron de la facultad y tuvo que trabajar de comerciante, aunque no quería. Necesitaba reinsertarse laboral y socialmente. “Es una vida partida en dos”, lamentó la testigo.

Su padre, un republicano que huyó por la Guerra Civil Española, un día le dijo que no se olvidara nunca del teniente Luis Cunietti, que estuvo a cargo del operativo de su secuestro.