Estuvieron allí

El miércoles 26 de julio se conoció la sentencia del IV juicio por delitos de lesa humanidad realizado en Mendoza. El veredicto de la Megacausa fue escuchado por más de mil personas en las inmediaciones de los tribunales federales de la Provincia y a sala llena dentro del Tribunal Oral Federal Nº 1.

La Megacausa - IV Juicio por delitos de lesa humanidad Foto: Gentileza Colectivo Blog Juiciosmendoza

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Por Sofía D’Andrea

La Sentencia 1718 del TOF N°1 de Mendoza fue escuchada en silencio, casi con unción. Dentro de la sala, apenas se percibió algún murmullo y sonidos de cámaras.

Nos atravesaba un ambiente pesado, eléctrico, con todas las expectativas puestas en el veredicto para los cuatro ex jueces; los mismos que creyeron que, por subversivos, éramos basura descartable en el devenir de la historia Argentina.

La lectura de la sentencia empezó por la ratificación de varias condenas, previsibles, contra los Jefes y la patota del D2, todos miembros de las fuerzas armadas y de seguridad. También hubo tres absoluciones y penas leves.

La ansiedad iba en aumento. Llegaba la hora de los jueces, los mismos que dijeron que no sabían qué sucedía, aunque de vez en cuando las patotas tiraban, en un descampado, a Amadeo Sánchez Andía para escarmiento de la “subversión apátrida”, proclamaban.

Dijeron que no sabían nada, aunque conocían perfectamente que a partir de octubre del ’75, las FFAA se encargarían del exterminio. Después llegaron a sus manos uno, dos, tres y más Habeas Corpus pidiendo por algún desaparecido que, casualmente, ellos mismos habían ordenado detener. Les sobraba inteligencia para vincular lo obvio: exterminio con la persona que no aparece. Lo cierto es que poco les importaba la vida de esa porquería que hablaba de revolución. Estaban allí para defender el statu quo y facilitar la tarea.

Los señores magistrados conocían, muy bien, que los cuerpos ultrajados que llegaban ante su presencia eran preavisos de las mujeres y hombres que ellos no veían, pero habían sido secuestrados o secuestradas. Más de uno llegó a las puertas del infierno y ante sus ojos desfilaron jóvenes vendados y engrillados, en un Centro Clandestino de Detención. Sabían y saben mucho, pero mucho…mucho y sin embargo disimularon durante todo el debate.

De pronto, se escuchó: “Artículo 39. Condenar al acusado Otilio Ireneo Roque Romano Ruiz a la pena de prisión perpetua e inhabilitación absoluta…” Estalló la multitud en las afueras de Tribunales y retumbó como un solo grito en la sala. El mismo clamor subió desde la calle cuando se conoció el veredicto para los otros tres ex jueces.

Entre atónitas y satisfechos contuvimos el impacto por el sorpresivo fallo que se nos presentaba, minutos antes, como una incógnita.

En ciertos momentos dudamos de que los jueces de este Tribunal fueran capaces de aplicar penas severas a sus iguales. Sin embargo, dieron una acabada muestra de que es posible el ejercicio ético de impartir justicia con independencia.

Quiero valorar, especialmente, la actitud sostenida por los magistrados del TOF. Su prescindencia de convicciones político-ideológicas personales, a la hora de emitir su fallo. En un contexto adverso, supieron ser fieles a la verdad jurídica y esto los enaltece.

Casi al finalizar la lectura de la sentencia, en el frío artículo 50° llegó un gesto sanador, una caricia, que decía: “declarar que los delitos por los cuales se condena a los acusados antes mencionados, han sido cometidos en perjuicio de las siguientes personas: “Adriana…, Aldo… Alfredo…, Ángeles…, Antonia…, Billy… … hasta llegar a Virginia… Walter… Zulma. Uno a una abandonaron la pancarta, negro sobre blanco, y estuvieron allí, habitándonos.

Una vez más se cumplió el augurio del gran Eduardo G: “quien nombra, llama y el otro acude sin cita previa donde su nombre dicho o pensado lo lleva, por eso uno tiene derecho a pensar que nadie se va definitivamente mientras no muera la palabra que llamando, lo trae”.

La larga lista de nombres nos reunió, nuevamente, a los muy cristianos que proclamaron el reino de los pobres, aquí en la tierra como en el cielo, junto a las y los que izaron la bandera de la justicia social por los descamisados. Estuvieron allí las que aprendieron de igualdad y derechos junto a los combatientes dispuestos a vencer o morir por la Argentina, así como los nacidos entre los acordes de arriba los pobres del mundo/ de pie los esclavos sin pan… porque todos, todas fuimos el germen de una nación concebida sin opresión. Una nación liberada que no pudo ser.

Por instantes, ellas y ellos dejaron de navegar, entre la ausencia y la muerte y renacieron en la palabra. Estuvieron allí, donde asomó la justicia y el olvido no es posible.