ESCUELA

ErnestoEspeche

Por Ernesto Espeche

La miradas de las maestras y profesores, de mis compañeros de grado y hasta de la chica que me gustaba delataban cierta complicidad teñida de compasión. Lo que se dice, un bicho raro. Yo me quedaba en silencio y masticaba la furia que eso me provocaba. Por qué no pude entonces pararme sobre un banco y gritarles a todos:

“No quiero tu compasión, no me sirve; la victimización es la otra cara de la demonización y un efectivo dispositivo para la exculpación de la sociedad. Ustedes prefieren ponerme en el lugar de la víctima porque saben que la verdad los deja en evidencia. Todos miraron para otro lado y ahora vienen a querer redimirse. Saben algo, ustedes también fueron parte de toda esta mugre. Nos han convertido en eternas presas. Como Brodeck dice: llevamos en nuestro interior el fermento de la decepción y la intranquilidad. Somos la memoria de la humanidad destruida. Somos heridas que nunca cierran”.

Bueno, no exactamente así, claro. Pero desde un lenguaje infantil esa forma de rebeldía -admito un tanto visceral, desproporcionada y fuera de mi alcance- me hubiese liberado de algunos fantasmas que hasta hoy me visitan.