Rodolfo Walsh: lo testimonial como una literatura para los que luchan

Por Fabiana Grasselli*

El horizonte histórico que se abre en Argentina hacia fines de los sesenta, es el escenario del último tramo del itinerario intelectual de Rodolfo Walsh. Una época caracterizada por la inestabilidad institucional provocada por los reiterados golpes de Estado y la represión hacia los sectores populares, así como por la politización de importantes sectores de la sociedad y la revuelta política y social.  En el ámbito de la cultura condensan experiencias de un campo intelectual latinoamericano y argentino radicalizado, en el que la importancia política concedida al intelectual, al artista y a sus producciones específicas estuvo acompañada de una interrogación permanente por su legitimidad social y por la intensa voluntad de crear un arte político y revolucionario.

Si el trabajo de Walsh con los géneros testimoniales está presente en distintos momentos de su recorrido, en los tempranos setentas la opción por lo testimonial se resignifica, adquiere densidad, se vuelve programática y es visibilizada como respuesta provisoria a la pregunta por las relaciones entre arte y política, por el lugar de los intelectuales en la revolución, por la búsqueda de géneros capaces de proporcionar a los sectores populares una memoria propia de lo acontecido. Aún asumiendo la existencia de las contradicciones y ambivalencias que acompañaron a Walsh hasta sus últimos días en lo que concierne a la función social de su escritura y a sus preocupaciones estético-políticas, es claro que en su escribir testimonial se ponen en contacto dos formaciones discursivas, literatura y política, siempre en un equilibrio precario, bajo esas condiciones en las cuales el escritor avizora la posibilidad del cambio revolucionario, una transformación que traza nuevos nexos y habilita otras experiencias para los sectores populares. El corpus de textos que produce entonces está constituido por los tres grandes relatos testimoniales de escritor: Operación Masacre, ¿Quién mató a Rosendo? Caso Satanowsky. Más específicamente  por la tercera y cuarta edición de Operación Masacre (1969 y 1972), las ediciones en formato libro de ¿Quién mató a Rosendo? (1969) y Caso Satanowsky (1973). También escribe otros testimonios en los cuales había transitado de la representación a la presentación de la denuncia, pues además de recuperar las historias de los otros silenciados, vehiculiza su propio testimonio desde el lugar del escritor-testigo de su tiempo histórico: el texto-homenaje por la muerte de Ernesto Guevara titulado “Guevara” (1968), el “Prólogo” a Los que luchan y los que lloran de Jorge Ricardo Masetti (1969), una crónica sobre el Cordobazo y las “cartas polémicas” que incluyen los textos “Carta a Vicky” (1976), “Carta a mis amigos” (1976) “Diciembre 29” (1976) (sobre la muerte de Francisco Urondo), “Querido Paco” (1976) (una carta-homenaje por la muerte de Urondo) y la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” (1977).

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Un elemento común a estos textos está dado por el hecho de que se configuran como un dispositivo de réplica doblemente orientado ante la violencia del sistema: hacia la palabra oficial para desmentirla y hacia los sectores populares hilvanando las huellas de la memoria de sus luchas. Se trata de una escritura que puede empuñarse como un arma en varios sentidos: como discurso develador del carácter histórico del conflicto entre los sectores subalternos y las clases dominantes;  como una reconstrucción del pasado reciente desde la perspectiva de los dominados; como un modo discursivo que activa en los lectores la comprensión política y la intervención sobre la realidad histórica; como escritura estético–política desacralizadora capaz de cuestionar los conceptos institucionalizados acerca de lo que es lo literario, subvirtiendo esa ideología inmovilizante que concibe la literatura como un compartimento estanco. Cuando Walsh dice hacia el final de la “Carta abierta de un escritor a la junta militar” que: “aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas” (Walsh, 1994 (1977): 253), otorga al recuerdo que se recupera y que se hilvana en la urdimbre de la memoria colectiva la función de proporcionar cohesión e identidad para un grupo social. De igual modo, en la “Noticia preliminar” de ¿Quién mató a Rosendo? :

En el llamado tiroteo de La Real de Avellaneda, en mayo de 1966, resultó asesinado alguien mucho más valioso que Rosendo. Ese hombre, el Griego Blajaquis, era un auténtico héroe de su clase. A mansalva fue baleado otro hombre, Zalazar, cuya humildad y cuya desesperanza eran tan insondables que resulta como un espejo de la desgracia obrera. Para los diarios, para la policía, para los jueces, esta gente no tiene historia, tiene prontuario; no los conocen los escritores ni los poetas; la justicia y el honor que se les debe no cabe en estas líneas; algún día sin embargo resplandecerá la hermosura de sus hechos y la de tantos otros, ignorados, perseguidos y rebeldes hasta el fin.

En un sentido benjaminiano,  la memoria a la que contribuyen estos relatos de Walsh articula recuerdos que se hacen presentes al sujeto en el instante de peligro (Benjamin, 1982) -“sin esperanzas de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido”. Walsh es el narrador que politiza el arte, porque su literatura rescata la trayectoria de los muertos por las causas populares, reconstruye las luchas de las que participaron y repone los eslabones de la cadena de rememoración de estas luchas. Escribe estos textos iluminando los fragmentos del pasado escamoteados por la historia oficial para restituir a los sectores obreros y populares una tradición de resistencia que enfrenta la peligrosidad del presente, un relato de la memoria colectiva contrahegemónica: Guevara y Masetti, los jóvenes guerrilleros y los intelectuales combatientes; los obreros, los estudiantes, el pueblo luchando en las calles, enfrentando y resistiendo a las dictaduras. En esa reposición de lo que no es inmediatamente percibido, los textos testimoniales aparecen como una práctica crítica que revela aspectos expresamente ocultados por “los dueños de todas las cosas”, al decir de Walsh. La reorganización de los marcos de visibilidad que ponen en juego estos textos (testimoniar la violencia política) no refiere a un problema de “contemplación”. No se trata de proporcionar una mejor descripción del mundo y de los sucesos históricos, sino de una cuestión política: de transformarlo. De allí la amalgama entre experiencia estética y experiencia histórica que hace a la peligrosidad de su literatura. Se trata de textos que ponen en juego una des-monumentalización de una historia de dominación, tejiendo a su vez, a contrapelo, una historia de rebelión. De la articulación entre arte y política y del hacer de la literatura una forma de praxis deriva la capacidad walshiana para cuestionar el arte burgués, la visión de la historia desde los sectores dominantes y el orden social capitalista, mostrando su transitoriedad y las condiciones de posibilidad para su transformación. En este sentido, los relatos testimoniales de Walsh constituyen un modo de conocimiento crítico, una transformación de la literatura en un arma cargada de futuro.

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En ese atravesar el campo de experimentación política denso y complejo, contradictorio y acelerado que al decir de Daniel Bensaïd propician las crisis históricas, Walsh intenta con sus textos testimoniales otras posibilidades para decir al ritmo vertiginoso de un tiempo de revuelta. Ese tiempo que posibilitó umbrales de enunciabilidad para sus testimonios empeñosos contra la violencia desatada por “los de arriba”. De allí un proyecto escritural que apela a la construcción de un “arte nuevo”, que explora formas de narrar la experiencia histórica de los sectores subalternos y que irrumpe sobre el terreno de la literatura radicalizando, violentando y revolucionando sus nociones dominantes.

* Lic. en Letras y doctora en Ciencias Sociales, la autora es investigadora del Conicet y docente de la UNCUYO.