Vendimia 2017: la política, el espectáculo, la ocasión

protesta-artistas

por Gastón Ortíz Bandes*

¿Por qué la cuestión de la Vendimia generó tanto agite en nuestra pequeña comunidad “cultural”? Expectativas, disyuntivas, discusiones, exhortaciones, decepciones. Más allá del consenso estupefacto ante las negligencias de la Secretaría y el consecuente roce de la muerte sobre nuestros actores, bailarines y músicos, en Mendoza, la semana pasada se abrió dentro del “campo nuestro” del arte, el laburo, la militancia y la teoría (allí donde se superponen además el callejeo y el afecto), e independientemente de las ideologías y posicionamientos de cada cual, una matriz latente que vendría a configurar(nos) lo político: el Espectáculo. Como si ese rechazo (ético y estético) hacia un ritual vacío de reinas, gauchos y racimos truchos nos congregara sin embargo en un sueño común: ver en escena el quiebre de una falsa tradición, o al menos de una retórica (y una semiótica) que ha ocultado desde siempre la injusticia y la opresión.

Entre consignas político-institucionales (“Gareca renunciá”, “Nos están incendiando”, “Se cae la grúa, se cae la cultura”), proliferaron por todos lados otro tipo de demandas de parte de varios actores (sociales) a los mismísimos actores (profesionales), “No salgan”, “Bájense”, “No le prestes tu cuerpo al estado”, Ágüenle la fiesta a estos hijos de puta”… Sería demasiado fácil adjudicarles a esos -llamémoslos- ¿deseos, pedidos, consejos? una falta de empatía respecto de los trabajadores o una liviandad trosca de posteo en red social o incluso un oportunismo kirchnerista que denuncia ahora lo que durante años se calló. Yo leería en cambio acá un síntoma más estructural de nuestra ansiedad (o desesperación) histórica: traer al tiempo presente un instante de ruptura, una hendedura por la cual desviar el desastre que se avecina (el que casi ya podemos tocarlo con la punta de los dedos).

En sus célebres Tesis de filosofía de la historia, Walter Benjamin dice que el tiempo que el capitalismo ha instaurado en las subjetividades modernas funciona como una línea recta hecha de inasibles instantes yuxtapuestos, ese tiempo “homogéneo y vacío” de las horas laborales en la fábrica y la oficina intercalado por los no menos auténticos lapsos del consumo y el entretenimiento: la vida al aire libre, los jobis y las jornadas de meditación, más que excepciones, vendrían a confirmar la eficacia de ese sometimiento atroz a la idea (completamente naturalizada) de un progreso ilimitado, una carrera cuyo única salida posible tendría la forma de nuestra calavera. Esa concepción del tiempo como hacedor de ruinas, como fuerza titánica y destructora, tenía ya en la Antigüedad su imagen constitutiva en Cronos, dios devorador de sus hijos (el tiempo fagocita sus propias obras), luego matizado por la mitología romana en Saturno, señor de los anillos, padre tutelar de contemplativos y melancólicos.

Contra esa imagen voraz, incontrolable de Cronos, los griegos veneraron casi en secreto otra forma menos titánica y tiránica, más “humana” de temporalidad: Kairós, diosecillo infrecuente y fugaz, suerte de duende o niño viejo, calvo pero con una trenza… Su iconografía es elocuente: quien no agarra con firmeza y determinación la oportunidad cuando se le presenta, le quedarán entre los dedos unos mechones como suvenir de un destino incumplido. Los estoicos -particularmente Séneca- teorizaron sobre el cairós en la filosofía clásica, entendiéndola justamente como “la experiencia liberadora de un tiempo que no es algo objetivo y sustraído de nuestro control sino -como explica Giorgio Agamben-, que surge de la acción y la decisión del hombre… la coincidencia repentina e imprevista en que se aprovecha la ocasión y se da cumplimiento a la vida en el instante”.

Hoy el concepto de cairós (cuya indagación literaria más bella podemos encontrarla quizá en la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” de Borges) ha resurgido con vivo interés en la filosofía política contemporánea (Deleuze, Negri, Bensaïd, Tiqqun), desplazándose, claro, del ámbito del sujeto (y la biografía) al del colectivo (y la Historia). Permítaseme postular entonces acá que el famoso (y enigmático) “tiempo mesiánico” del que habló Benjamin -maestro de todos-, el “tiempo-ahora” y pleno que habría de sacarnos del tic-tac “homogéneo y vacío” del capitalismo, desde una conciencia revolucionaria que -opuesta a la no por cándida menos peligrosa creencia en un progreso o desarrollo indefinidos- haría “saltar el continuum de la historia”, no es más que un interregno cairológico en el suceder profano de los acontecimientos, ya no en un individuo sino en un pueblo. En otras palabras, en el “estado de emergencia” permanente que caracteriza a nuestra época, el Mesías sólo puede tener la forma de una revolución popular (y aquí asomaría detrás de escena el Pachakuti de la tradición originaria andina, a la cual una fábula de inmigrantes emprendedores y acequias donadas gentilmente por los huarpes al conquistador español ha silenciado merced a aplausos para las reinas y lucesitas de colores).

De ahí entonces que el deseo desesperante de que advenga cuanto antes el tiempo-ahora del cairós mesiánico a nuestra comunidad venga a chocar contra la matriz (naturalizada) del Espectáculo, inconfesado pero indisimulable espacio de lo político contemporáneo. Porque de repente se concibió -al menos en la realidad de los discursos-, un escenario sobre el cual un grupo de elegidos (los artistas, nada menos) detentaban la responsabilidad civil de marcar el punto de inflexión contra un proceso de catástrofe social. Toda un imaginería de la performance en alto grado de rebeldía: mostrarle al mundo entero -turistas, sociedad “alienada” y clase político empresarial- que Mendoza dice NO.

Ahora bien, el sonrojo de mamá cuando el nene no quiere recitar el estudiado versito delante de las visitas puede transformarse -lo sabemos- en represalia desmedida. ¿Habría que leer una experiencia de esa índole en el gesto final decidido por los actores de taparse la boca y señalar el lugar donde la muerte apareció en forma de una grúa mal puesta? ¿Otras de nuestras “tretas del débil”, versión 3.0?

Si en nuestras prácticas habituales lo político, con la trenza de Kairós devenida una mecha de molotov -a la que le siguen tomas de comisarías y trincheras con carteles y neumáticos-, no puede tener su lugar sino en la calle (y acá la oración final de El fiord de Lamborghini, “Así, salimos en manifestación”, adquiere toda su consistencia de profecía para una crítica sobre el estatuto de la representación en Argentina), también habría que admitir que, a la hora de imaginar (facultad política por antonomasia) el papel disruptor del pueblo en el ruinoso continuum del actual ataque neoliberal, viene a ser el escenario y la fiesta “tradicional” (aunque esta se haya estratificado en una farsa ritual, sin conexión ni con lo sagrado ni lo comunitario) otro espacio proyectado por una conciencia revolucionaria que no termina de habitar el tiempo pleno, el “tiempo-ahora” de las decisiones colectivas en relación a una ocasión (política) propicia.

Hoy, viernes 10 de febrero de 2017, termino de escribir esta nota empezada el sábado tras el Contracarrusel. Luego de la marcha de los docentes el lunes, de la CGT (a cuya patronal las bases interpelaron y ésta salió huyendo cobardemente) el martes y de las Mujeres (seguida de represión y encarcelamiento) el miércoles, eventos todos tergiversados en su legitimidad política por el gobierno y su blindaje mediático, recuerdo a uno de los fundadores de la Ciencia de la Comunicación en Argentina, Héctor Schmucler, diciéndonos, mientras releía fascinado en clase La sociedad del espactáculo de Guy Debord, publicado hace exactamente medio siglo: “Parece que años que no podemos salir de acá”.

*(escritor, poeta, crítico literario)