Con extorsión, no hay consentimiento

Historias (hiper) reales de la violencia machista

Foto gentileza M.A.f.I.A.

Foto gentileza M.A.f.I.A.

 

Por Claudia Anzorena

Como todas las mujeres he vivido momentos de violencia machista. Exhibicionistas, tocada de cola, persecución de tipos en autos. Estos momentos los viví con mucho miedo en la adolescencia, sobre todo la más temprana. Con 13 años, durante meses, no pude caminar sola por una larga y desolada cuadra que me llevaba a mi casa, por terror a que un tipo me volviera a seguir mostrándome su desagradable pene. Igual ésta no es la experiencia que quiero compartir, sino algo que me ocurrió más grande, que es muy común y que no siempre se registra como agresión.
Debo haber tenido unos 23 años. A una amiga le iban a presentar un pibe y me pidió que la acompañara. Nos pasaron a buscar dos chicos y fuimos a un boliche en Chacras, a unos 20 km de la ciudad. El pibe que se suponía iba conmigo manejaba. No me dirigió la palabra en toda noche, creo que ni me preguntó el nombre. Yo conversé con mi amiga y el chico que iba con ella. Después nos pusimos a bailar. El pibe que estaba conmigo bailó haciendo la suya, tomó mucho y cuando llegaron los lentos, se me acercó y quería a toda costa que le diera un beso. Yo forcejeé para sacármelo de encima y él se enfureció. Me empezó a decir histérica, que si no le daba un beso me iba a dejar a pata y otras cosas que ni recuerdo. La cuestión es que decidimos irnos, entonces él dijo que a mí no me llevaba. Obviamente, mi amiga dijo que si yo me quedaba, ella también. Finalmente, el pibe que estaba con mi amiga le dijo que no estaba en condiciones de manejar, que estaba muy borracho y que iba a manejar él, y volvimos.
Cuando leí otras historias hiper-reales de violencia machista se me vinieron muchos recuerdos a la memoria. Pero quise rescatar éste por lo extorsivo. Por el abuso del poder ejercido por un individuo para quien esta situación no debe ser ni siquiera una anécdota de su vida. Por la impunidad con que creen que las mujeres debemos responder a sus deseos, como cuerpos usables y descartables. Y descartables también si se resisten a ser usados.
Cuando conté esta historia no fueron pocas las mujeres que me dijeron que les había pasado lo mismo, que inclusive las habían dejado. También conocí varones que presumían haber dejado colgada alguna “minita” por “cartucha” o por histérica. O gente que hacía comentarios de cómo había salido con desconocidos, siempre poniendo el acento en que las mujeres nos tenemos que cuidar de por dónde andamos, con quién, cómo nos vestimos y no en que los varones no deben agredir.
Si bien la pasé muy mal, en ese momento, no me asusté porque no estaba sola, porque tenía herramientas para pensar “me tomo un taxi” o “llamo a mi casa que me busquen”. Pero pienso en todas las mujeres que por su edad o por sus condiciones no tienen medios para resistir estas agresiones y terminan accediendo a cosas que no quieren por miedo. Esto me hace pensar en los finos límites del consentimiento. Con extorsión, no hay consentimiento.