Yo habito el espacio público

Historias (hiper) reales de la violencia machista

Ilustración gentileza Luis Scafati

Ilustración gentileza Luis Scafati

 

Por Julia López

Verano. Domingo. 20.00 hs. Bajé del colectivo e hice el recorrido de siempre para llegar a mi casa. Pasé la Municipalidad. Muchos hombres venían en dirección contraria a la mía y pensé «nada raro, hubo partido en la cancha».

Antes de cruzar la calle divisé a casi 100 metros un grupo de varones (siempre en manada dan más miedo y siempre las mujeres caminamos alerta). Entonces pensé: ¿me cruzo de vereda? ¿Me quedo acá -que hay más gente- hasta que pasen? ¿Camino pegada a la pared para no pasar tan cerca? ¿o mejor del lado de la calle para poder correr si pasa algo?

Unos 12 pibes de 20 años -o un poco más quizás- caminaban ocupando todo el ancho de la vereda. Me resigné, quizás por inercia, a caminar derecho (aunque eso fuera pasar por el medio de todos). Acostumbrada a que algo me iban a decir, apuré el paso y pensé que seguro los iba a tener que putear porque se iban a pasar de vivos.

Ya muy cerca empezaron a humillarme diciendo lo que la sociedad supone un halago. Pero ellos saben -y nosotras sabemos- que es una forma de recordarnos su superioridad y posesión sobre nosotras, su opresión sobre nuestros cuerpos, como cuando los perros mean un árbol de la calle para marcar territorio. «Miren, chicos, lo que tenemos enfrente» es la única frase que recuerdo antes de atravesar el grupo. Lo demás eran muchas voces impostadas, silbidos, chistidos. No dije nada, me quedé muda por miedo: eran muchos.

Escuché lo que nunca antes había escuchado: «muchachos, la culiamos entre todos», dijo uno.

Y los otros empezaron a repetirlo. Suena aún como un eco en mi cabeza. «La culiamos entre todos». Doce voces, doce tipos que burlescamente, envalentonados, repetían que me iban a violar entre todos. Empecé a correr. Y tres o cuatro empezaron a correr atrás mío, persiguiéndome. En mi cabeza había mucho ruido, escuchaba mis latidos, no sabía dónde mierda podía escaparme. «Vení para acá», «rica», «puta», «te vamos a enseñar». ¿Qué me iban a enseñar? ¿Que mi cuerpo no me pertenece? ¿Que si habito el espacio público tengo que resignarme a que mi cuerpo no es privado? ¿Que por andar por la calle ellos tienen derecho a hacer conmigo -con mi cuerpo entero- lo que quieran?

Cuando crucé la siguiente calle sentí que ya no venían. Estaba a menos de dos cuadras de mi casa.

Abrí la puerta, entré callada. Pensé que no había nadie y le conté esto en dos palabras a mis amigas por WhatsApp, porque necesitaba descargarme. Pero todavía no abría la boca, no les había podido responder nada a estos machos. Mis labios pegados, cerrados con fuerza.

Volví a pensar que estaba sola y subí las escaleras con la esperanza de que estuviera mi hermana. Estaba ahí, estudiando en su pieza. «¿Qué te pasó?», me preguntó. Me desplomé en sus brazos, desconsolada. Y hablé.