Así me gusta, que vaya mirando el piso

Historias (hiper) reales de la violencia machista

Ilustración gentileza Luis Scafati

Ilustración gentileza Luis Scafati

 

Por Florencia Tucci

Volvía de hacer las compras para el almuerzo en un almacén del barrio. Llevaba un vestido azul por encima de las rodillas y en los pies zapatillas. Los había visto de ida y gracias a esa mala costumbre a la que nos hemos tenido que acostumbrar, casi que agradecí que ninguno de los dos me haya gritado nada. Me los volví a cruzar de regreso. “Así me gusta, que vaya mirando el piso”, uno de los hombres habrá tenido unos 60 y pico de años, cosa que deduje por las canas que había en su cabeza, podría haber sido fácilmente mi papá –pero eso no importa, ya no es razón suficiente para quejarme, no-. Vestía una camisa muy andrajosa que alguna vez habrá sido blanca y unos jeans mugrientos; charlaba con otro tipo al que le doblaba la edad. “Así me gusta, que vaya mirando el piso”, me dijo en voz algo baja cuando ya algunos pasos me alejaban y entonces tuve que levantar la cabeza y volver la vista que jugaba a ser desafiante pero se le notaba que no, y no, no me dio para decir nada en voz alta. Y entonces volví la cabeza, dejé de mirar el piso y dibujé una puteada con la boca pensando que tal vez desde alguno de los autos que pasaban alguien me estuviese leyendo los labios y relacionando todo “qué asco, viejo pajero”.

De tantas groserías que me han gritado en la calle, la de esta vez fue la peor. Aunque no fue precisamente un grito, aunque no fue precisamente una grosería, pero sí. Porque lo grave nunca son las palabras sino lo que se hace con ellas, lo que las palabras tienen detrás, porque aunque no se haya recurrido a la clásica y sórdida obscenidad, hay una idea mucho más horrible y peligrosa que se esconde en el fondo: la idea de sumisión. La idea de que como mujer tengo que escuchar lo que no quiero y hacer oídos sordos, “que vaya mirando el piso” – y ojos ciegos también-. Que me aguante todo calladita y sin chistar. Y el “así me gusta” porque tampoco puedo ser libre en eso, porque aparte de todo, te tengo que gustar, tengo que ser de una determinada manera, tengo que hacer determinadas cosas que me corresponden por ser mujer, y mejor que las haga calladita y sin chistar. Y la bronca es que terminé haciéndole caso al viejo pajero, o mejor dicho, dándole la razón y me quedé callada y recién vine a levantar la vista del piso varios pasos después, pensando, aunque en mi mente eran gritos, que de todas las groserías que me han dicho, la de hoy fue – es, sigue siendo- la peor. Porque son palabras que me buscan para reafirmarme como adorno, como florero de rincón que no habla. Porque esconde la quintaesencia del machismo de hoy en día que en realidad es el mismo de siempre, que en realidad es el mismo en todos lados, ese machismo del cual esas “aparentemente inocentes” expresiones de acoso callejero son las muestras de esa sumisión, esa terrible y peligrosísima idea de base que se repite a sí misma: “puedo decirte y hacerte lo que yo quiera”, y que espera que nosotras nos traguemos la indignación junto con la pastilla para el dolor de ovarios, que aceptemos calladitas y sin chistar que las cosas son así, y que caminemos así , haciendo como que no vemos nada, como a ellos les gusta “mirando el piso” .