Todas juntas

Historias (hiper) reales de la violencia machista

Foto: Gentileza M.A.f.I.A.

Foto: Gentileza M.A.f.I.A.

Por Natalia Encinas

Teníamos 16 años. Esporádicas, comienzan algunas salidas a los boliches. Siempre en grupo, como desde chicas aprendimos a andar -sobre todo de noche- en espacios públicos las mujeres.

La organización de la salida de un sábado, entonces, empieza temprano por la tarde cuando juntamos nuestra ropa para la noche y, lo más discretas posibles (pues también habíamos aprendido que una no puede irse con la minifalda puesta ni muy de noche si tiene que tomarse un colectivo), emprendemos camino a la casa de la amiga desde donde después saldremos a bailar.

Más tarde, y apenas llegamos al lugar empezamos a cuidarnos: “Todas juntas. No nos separemos”. Una vez adentro, entre el tumulto de gente, nos cuidamos con más empeño. Ahora nos concentramos, casi obsesivamente, en que no nos toquen la cola. No, no queremos que nos toquen, no nos gusta, no tenemos ganas, nos hayamos vestido como nos hayamos vestido. Tenemos 16 años y un cuerpo adolescente que sentimos allí vulnerable y expuesto e intentamos proteger de manos ajenas porque no, no queremos que nos toquen. Caminamos bien juntas, una tras la otra, por momentos tomadas de la mano, en fila. Los esfuerzos, de todos modos, no evitan del todo que las manos de los varones corran entre nuestras partes íntimas por debajo, sobre el jean o buscando, incluso, meterse bajo la falda. Dentro del boliche el toqueteo, a oscuras, entre tanta gente amontonada, no es un roce. Es un toqueteo violento, por momentos, como con saña.

Lo escribo y me da el mismo asco, la misma repulsión, la misma bronca. Recuerdo la mezcla entre enojo-impotencia-vergüenza que sentíamos. Nos recuerdo amuchándonos de espaldas, buscando protegernos entre nosotras, tratando de que no nos toquen la cola, porque no, no nos gusta, no queremos… Pero también naturalizando esa forma de movernos, acostumbrándonos como si fuera una condición e inventando nuevas maneras de cuidarnos. Recuerdo incluso, seguramente algo más grandes, habernos dado vuelta, indignadas ante alguna tocada no consentida y encontrarnos cara a cara con tres o cuatro chicos con mirada entre burla y regocijo. Recuerdo haber sentido una ira que me hacía arder la cara, contenida. Otra vez las amigas, volver al grupo para ponerle palabras a lo vivido.

Nos recuerdo cuidándonos en infinidad de pequeñas situaciones en esas noches de boliche: señas previamente acordadas para cuando quisiéramos huir sutilmente de un flaco, miradas de auxilio cuando al pibe con el que bailábamos se le iba la mano donde no queríamos que nos tocara.

Y nos veo ahí, divirtiéndonos, bailando, pero siempre en alerta. Y, también, aprendiendo a cuidarnos entre nosotras. Cuidándonos, los 16 años y hoy, todavía. Porque también ahora, no menos alertas, nos seguimos sintiendo un poco más seguras por la calle cuando andamos juntas.