El Gorila es el otro

“La ideología es una ‘representación’ de la relación imaginaria entre individuos y sus condiciones reales de existencia. ” Althusser Louis.

NestorPop

Fotografía Sebastián Miguel

 

Por Claudio Fernández

I

Eso de que la historia se repite es un mito creado por los supuestos desmitificadores de mitos. Tampoco es que la historia es lo que sucede ahora. Siempre es hoy, sí, siempre y cuando se quiera hacer cosas imposibles, es decir, hacer la revolución, de lo contrario la historia nos arrastra desde las profundidades de los tiempos, nos penetra y constituye. Durante la larga década pasada (2003-2015) vivimos una profunda transformación de constitución identitaria en relación a la identidad política de los sujetos, después de muchos años de negación y repudio hacia el significante “política”, época en que los periodistas progresistas escribían los libros best seller de la historia argentina, el “militante político” logró sacarse de encima toda carga negativa y le impregnó significado y sentido a sus prácticas y en cierta forma hasta enriqueció su discurso. Hay que decir que, si bien el militante kirchnerista resignificó éstas prácticas de participación política, lo hizo durante los gobiernos de Néstor y de Cristina, es decir durante el período de mayor hegemonía discursiva. La figura de Néstor se magnificó y purificó luego de su muerte. Miles de jóvenes salieron a las calles a gritar su dolor y su apoyo incondicional a Cristina, al modelo, al proyecto y a las políticas que dieron sustento al “relato”. La imagen pop art del peronismo diseñó un General Perón y una Eva Duarte compatible con las redes sociales, los programas de dibujos animados, los documentales de compromiso social, las películas de historia reciente, incluso algo impensado décadas atrás: Perón, Eva, Néstor y Cristina en las remeras de las “bandas” de rock. Los santos en remera tuvieron que dar un paso al costado para que pudiesen ingresar los nuevos próceres pop que la juventud y sus diseñadores creían que era necesario debían enarbolar.

II

Un gran gorila como Mariano Grondona comparaba a los jóvenes militantes kirchneristas, cuando estos  tomaban las calles con consignas de tipo “Clarín miente”, con los desfiles de la juventud hitleriana que por las calles de Berlín eran saludados por el Führer, argüía que la propaganda oficial le había “lavado” la cabeza a los jóvenes con un relato tergiversado, plagado de mitos, engaños y promesas, haciéndolos cómplices y responsables de una tragedia nacional. Si algo tienen de meritorio los portavoces del gorilismo argentino es el buen manejo de la semiótica. Si los jóvenes militantes de la era K solían viralizar las redes sociales con fotos y selfies de morochas y morochos alzando sus manos en V, luciendo sus remeras con imágenes sublimadas de un militar populista de la década del cuarenta, al puro canto de “juntos unidos venceremos”, el gorilismo no hacía más que utilizar los mismos elementos simbólicos articulando un discurso a  través de equivalencias lingüísticas: populismo=totalitarismo. La clase media siempre gorila compraba el discurso opositor aunque estuviese plagado de anacronismos, pero ese discurso no hacía más que responder a los anacronismos que el oficialismo ofrecía como los significantes que le daban contenido y sentido al discurso oficial. El famoso “relato” estaba invadido de anacronismos, tan anacrónicos como contradictorios, tan contradictorios como insalvables. Cuando los manuales de historia describan esta parte de la historia argentina, los docentes le  van a tener que pedir a sus alumnos que hagan un gran esfuerzo de abstracción para comprender por qué la agrupación política oficialista más importante y masiva se llamaba “La Cámpora”.

III

La sensibilidad es una característica muy particular de la pasión,  la pasión muchas veces es colocada como muy lejos de la razón, no sé por qué, pero parece que la razón no puede sentir, o al menos no se puede sentir. Especialmente durante el último tramo del mandato de Cristina el militante K tenía la sensación de que el “enemigo” estaba a la vuelta de la esquina, qué digo esquina, al lado de tu casa, a sólo un chat de distancia, se podía oler, se sentía tan cerca que hasta se temía que pudiera provocar alergia. El enemigo podía ser tu viejo, tu hermana, tu profesor de guitarra, la novia de tu hermano, un amigo de toda la vida, el compañerito del jardín de infantes. Fiel a los anacronismos, el discurso oficialista desempolvó y resignificó un término utilizado por los peronistas más añosos y más peronistas que aún recordaban el golpe del ’55 como si fuera ayer. El “Gorila” fue el término para identificar y darle contenido metafísico al enemigo político, cualquiera que criticara, se burlara o sospechara de alguna medida política del oficialismo era condecorado con esa deshonrosa identidad. Lamentablemente los Gorilas, los grandes Gorilas, no se gastan en ponerse a discutir su condición. Los Gorilas que construyen el discurso opositor, conservador, discriminador y xenófobo no atienden la carnicería, ni están en la cola del supermercado, ni tienen una cuanta de facebook en cuya foto de perfil aparece Domingo Cavallo, no salen a escrachar monumentos y murales de las Madres de la Plaza de Mayo. Los Gorilas arman un partido político que no tenga nada que ver con un partido político, contratan a los mejores asesores de imágenes, invierten una gran cantidad de dinero en publicidad, manejan casi todos los medios de comunicación, tratan de no decir nada, casi nada, no dan discursos de barricada, no traspiran, no se descamisan, no lloran ninguna pasión. Los Gorilas del siglo XXI ganan las elecciones, en paz, sin bombardeos, y aunque detestan la libertad y la democracia, juran respetarla y si así no lo fuere… a ellos tampoco les importa.