Vergüenza, miedo, silencio, rabia

Historias (hiper) reales de la violencia machista

Foto: Gentileza M.A.f.I.A.

Foto: Gentileza M.A.f.I.A.

 

Por Alejandra Ciriza

Áspera como un cactus. Desde chiquita. Pero no me salvó de acosos y situaciones improcesables, de la imposibilidad de poner palabra, de la maraña del miedo, la vergüenza, el estupor, la impotencia, la rabia. Esa que debe ser tramitada, inscripta en el orden simbólico, habilitada: las mujeres, las personas racializadas, disidentes sexuales, sectores populares tenemos derecho a la rabia, a sacudirnos con ira la dominación, la explotación, el silencio, el oprobio.

Miedo, vergüenza y silencio
Tendría 9 años… primeros días del verano, un vestidito liviano, clarito. Volvía de alguna compra cerca de medio día. Al doblar una esquina me encuentro un hombre exhibiendo sus genitales y llamándome: Nena, mirá! No entendí de qué se trataba. Pero un miedo certero y claro me hizo correr, veloz, hacia mi casa, por suerte cercana.

Una incomodidad sin palabras me persiguió. No me atreví nunca a contárselo a nadie, envuelta en el miedo, la confusión y una vergüenza opaca, ininteligible para la nena que era.

Miedo, rabia y silencio
Tendría unos 18 años, en Córdoba. Vivía lejos. Para volver tenía que atravesar un descampado. Ese día se hizo tarde.

Bajé del colectivo dispuesta a atravesar el descampado a paso veloz. Unas 10, 12 cuadras. Llevaba una bolsa con libros. Pesados.

Empecé a caminar y sentí el ruido de pasos detrás de mí. Aceleré y quien fuera que venía detrás, un varón, los aceleró… faltaba mucho, unos 700 metros. Calculé la fuerza, mi pelo largo y los libros, tan pesados y empecé a trotar. Sentí el trote detrás y me desesperé… aceleré la carrera. Lo sentía cada vez más cerca. Me di vuelta cuando la distancia ya era demasiado corta. Su mano casi tocaba mi pelo. Revoleé la yica con fuerza y desesperación. Grité y le di dos golpes. Cayó y salí corriendo a toda velocidad. Sin parar. Sin mirar atrás.

En una exhalación estaba en la puerta de mi casa. Atravesé la verja y me quedé en el jardín un rato, muda. Entré tratando de simular naturalidad. No dije nada. Me retaron por volver tarde.

Pasé días suponiendo que había matado a mi agresor. Horrorizada de mí misma, como si fuera una delincuente, con pánico de salir a la calle.

Muchos años más tarde pude entender que el miedo y los mandatos de portarme “como una señorita” no me habían paralizado. La rabia, el miedo, precipitaron en el golpe y la carrera que salvaron mi integridad.

La rabia
Otras situaciones retornan mientras escribo. Experiencias marcadas por la vergüenza, el miedo, la dificultad para relatar, sumida en una vulnerabilidad inimaginable para quienes vienen al mundo en cuerpos de varones heterosexuales, blancos, privilegiados por la clase.

Esas experiencias ominosas nos acechan en las calles, los descampados, los parques y en lugares y horarios supuestamente adecuados o protegidos: los espacios laborales, las reuniones de “amigos”.

Nuestros cuerpos están allí como cosas para ser mirados, calificados, censurados, tocados, manoseados, violados. Quien tiene ese derecho dictamina, dice, toca, violenta, acusa: ¿no lo(s) habrá provocado ella?

Las mujeres, se sabe, no somos sujetos sino cosas. No podemos tomar sol en tetas, vestirnos según nuestro gusto, amamantar en público. Ni hablar de circular en lugares y horarios “inadecuados”, aunque nada aseguren los “amigables”. Habitamos la subalternidad en nuestra propia carne.

Saber que no hemos sido las únicas puede que conjure tanta indefensión aprendida. Que habilite para desandar la vergüenza y el miedo, para poner en palabras y actos, con justicia, la rabia.