Operación “Coche Bomba”

Padilla14-02-17

Por Marcelo Padilla

Suspende la tarde su baba por tregua firmada con los ojos abiertos. “Suspender” es «dejar ahí», flotando a la tarde en su estado gris y su color de bicho pencoso. Es casi un paréntesis al que hay que sortear por los costados porque por arriba y por abajo te chupa, y luego, te exprime la sangre como una anaconda. La noche manda.

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La luz, esa ilusión del progreso para que veamos no sé qué, deja al descubierto los sitios protegidos. Y los autos peregrinan por los accesos, demasiados para el gusto de lo inmóvil. El parque automotor (así le han denominado quienes con la palabra “parque” quieren disimular la contaminación y se apropian de un humus cultural del lenguaje que no les corresponde) es una muestra de los excesos. Que brillen los autos no significa que el brillo esté ahí, sobre esos capots. En la ciudad entera y desenterada casi no quedan carros de la vieja estirpe cimarrona. Habrá por algunos barrios, donde las reglas las ponen sus habitantes y circulan. Sin embargo, por las noches de la ciudad disecada por la abulia, pasa con escape libre, descascarado, ventricular, “el coche bomba” de mi compadre “quién pudiera”. En una crónica que escribí hace unas semanas hable del auto en cuestión pero no me explayé demasiado. Los Atlantes de Potrerillos estaban en el centro del palimpsesto, sumergidos en el dique buscando los cofres donde habitan las cartas y las fotos, mapas, relojes y brújulas. En el vientre del lago, reposan en plena oscuridad, esos ajuares que han decidido no flotar. Pues bien, vuelvo al tema en cuestión, “el coche bomba”.

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Como una mosca en la sopa va “el coche bomba” atravesando los vapores del pavimento urbano, solapado con su sombra. La escasa luz le favorece para escandir los tramos de las noches y editar una cosmogonía andante. “El coche bomba” no está preparado en el sentido que le dan los fierreros. “El coche bomba” está siendo en su mero estar de pasar por la vida sin tiritar ante los que brillan. El R12 opacado por el sol, celeste pastel, tiene un plus: brama, sus puertas se abren en las curvas, y los asientos se corren de lugar. Es viajar en un avión en plena tormenta, baqueteado por los cajones de aire Ya pertenece a una estirpe, a una nobleza particular de barrio bajo que, derruido en apariencia, tiene más vida que un escultural Audi burgués que no denuncia su paso por el mundo. “El coche bomba” se siente y es custodio pa los que andamos a pata de parranda por los bares. Como una “Antropología de los carros nocturnos”, el viajero es un convidado al método de sortear el confort. Te lleva y te trae. Y está siempre dispuesto a explotar en cualquier objetivo antinacional. Se abren a su paso altaneros competidores. Porque el coche bomba ruge en una película de Alan Parker no filmada, sin embargo, el guión lo escribe “quién pudiera” desde hace años con sus prácticas. ¿El precio? 70 mil millones de pesos. Ya sabemos quién lo puede comprar… y cuando el adquiriente lo tenga en su colección de objetos inútiles, “quién pudiera” lo activará con un dispositivo especial para que todo vuele por los aires. Y ahí se hará justicia. Es cuestión de estar atento a las noticias nomás.