Tributo a Ángela

Historias (hiperreales) de la violencia machista

la vanguardia

Por Sofía D’Andrea

El nuestro es un largo camino de lucha contra las distintas formas de violencia. Las que aquí escribimos somos parte de una genealogía de mujeres rebeldes, dispuestas a irrumpir a gritos. Descendencia de brujas que escaparon de las hogueras de la Inquisición, marisabidillas encerradas en los conventos por desobediencia al marido o simples mujeres insumisas de cualquier tiempo y en todo lugar.  De eso se trata esta historia pequeña de ayer.

Angelita resplandecía con el sol. Era linda, con pechos abundantes. Morocha de tez blanca, nariz pequeña y respingada, mirada curiosa y labios, cuando pintados, de rojo intenso. A pesar de los rasgos suaves, se plantaba frente a los otros con un gesto duro. Cantaba tangos a viva voz y escribía poemas guardados bajo siete llaves.

Hija de un patriarca, las disputas con su padre fueron tenaces. Ella no soportaba su machismo. El primer gran revés, por su condición de mujer, fue la negativa de él para que ingresara a la Escuela Normal, entonces formadora de docentes. Pidió, suplicó seguir la carrera de maestra, pero un -a vos no te hace falta- catapultó su impulso.

Los años jóvenes en la casa paterna constituyeron titánicas luchas por su autonomía. Con el impulso de la plena adolescencia, en los años 30, decidió trabajar para un abogado, limpiando. Así ganó las calles y pudo comprarse una bicicleta.

Por aquellos años la cintura de la ciudad de Buenos Aires estaba orlada de anillos de humo emanados de las fábricas donde nuevos barrios ganaban campo a la pampa.   En ese contexto, a los 18 años, Ángela pasó de la limpieza en casa del abogado a una textil y hasta sus manos llegó La Vanguardia, periódico del Partido Socialista. Diariamente se calzaba la rústica ropa de trabajo que incluía pantalones y un grueso pañuelo de sarga y con los primeros rayos del sol partía pedaleando hacia la fábrica. Doblada sobra una máquina bobinadora, que exudaba polvillo del algodón, terminaba entumecida. Allí pasó varios años cuyo mayor provecho fue ratificarla en su condición de obrera socialista y feminista.

Entonces, se abrieron las grandes avenidas y la jovencita se sumó al reclamo por igualdad en las condiciones de trabajo; abogó por el voto femenino y los derechos políticos para las mujeres.

A los golpes aprendió que las calles y la noche no están hechas para las mujeres; supo del castigo por mostrarse libre. No se sabe en qué circunstancias fue acosada, acorralada y abusada. Nunca contó detalles, ni hubo preguntas por simple delicadeza, pero el acontecimiento era un secreto a voces en su familia.

A los 23 años, Ángela quedó ligada a José, a causa de un reclamo. Entonces, palabra va palabra viene, empezaron a enamorar y desde esa oportunidad quedaron juntos por 45 años.

La pareja cumplió con todas las formalidades: pedido de mano, compromiso y casamiento. Para la boda, la novia no lució el infaltable vestido blanco, apenas traje sastre y sombrero, una curiosidad para la época cuando vestir lo más nívea posible era señal de virginidad. Angelita era escandalosa para el gusto de una familia política muy conservadora. En particular su suegra la persiguió con denuedo: merodeaba su casa, espiaba por el ojo de la cerradura, aguzaba el oído tras las puertas y no le daba tregua esperando sumisión al marido. Entonces la fresca veinteañera ensayó tantos desplantes que dejó boquiabiertos a propios y extraños. Ella no necesitaba permisos ni rendía cuentas a ningún hombre.

En el curso de los primeros siete años el matrimonio tuvo dos mujeres y un varón. Ángela fue madre por primera vez cuando nació su primogénita: Mary. Dos años después pasó a ser mi mamá porque nací yo, justo en medio de Mary y mi hermano Daniel.

Los cinco vivimos en la casita que construyó mi hábil y amoroso padre, en los suburbios de Buenos Aires. Sólida y modesta.

Rescato de mi memoria tres imágenes para evocarla. Angelita, cada mañana, con un libro en las manos tomando mate, mientras viajaba lejos, a territorios que nunca habitaría. Ella doblada sobre la máquina de coser oficiando de artesana de sus “modelitos”. Angelita bajo la lluvia, pala en mano, trasponiendo plantines de flores. Su jardín vestía de gala en las cuatro estaciones, particularmente en la primavera-verano era un estallido de colores. Había flores, muchas flores, todo el año.

Mamá fue una observadora critica de la realidad, una rebelde, pero no se atrevía a colocar el mundo patas para arriba. Solía declararse socialista “democrática” cuando millones de jóvenes en América agitaban las banderas de la insurrección. Sin embargo, como buena mujer advertida, supo de quehaceres clandestinos, porque su cría quedó amarrada al sino de los tiempos y los tres tomamos el camino de la Revolución que no fue.

Sus hijas fuimos enseñadas a resistir cualquier embate, precisamente por ser mujeres. Si se trataba de nuestros mayores denuedos, no hubo secreto entre nosotras. Me contó cómo, cuándo y por qué se hizo un aborto dejando en claro la legitimidad de la práctica. A contrapelo de la época, nunca nos alentó al casamiento ni a la maternidad; en cambio sostenía – nunca dependas de un hombre-.

No sé si fue feliz, nació, creció y murió en el mismo suburbio del que sólo salió soñando.

Mi madre se fue, silenciosamente, como tantas hijas del pueblo. Sin embargo, dejó una simiente que sigue socavando la sinrazón del patriarcado. Ya agitan las calles la tercera generación de feministas militantes que Ángela dejó como legado.