Por qué de chica odiaba febrero

Historias (hiperreales) de la violencia machista

carnaval_cuzco

Por Sabrina Yañez

Habría sido fantástico que el carnaval y febrero solamente hubieran tenido que ver con las fiestas de disfraces. Yo tenía fascinación con vestirme de “cowboy”: la estética de la camisa a cuadros, con chaleco, jeans, sombrero de cuero y botas puntudas, me apelaba intensamente.

Pero febrero era todo lo contrario. Febrero se empecinaba en recordarme mi género y mi lugar de vulnerabilidad. Febrero era la materialización del acceso desigual al goce del espacio público, de las calles, las veredas, las plazas. Febrero agarraba a los pibes del barrio –del mío y de los aledaños y me cuentan, mientras escribo, de muchos otros barrios también- con una necesidad exacerbada de expresar sus confusiones emocionales, violencias aprendidas e intensidades hormonales a través del lanzamiento de bombitas. Y nosotras, las pibas, éramos el blanco predilecto de esas descargas. Esperaban, acechando, cualquier oportunidad para lanzarnos esas bombas. Ir acompañada por otras pibas no era un antídoto sino más bien una provocación extra.

Entonces, en un mes de vacaciones y verano, predispuesto para el ocio compartido y las salidas, yo me encerraba y puteaba. Me negaba a tener que depender de un adulto o un hermano varón para salir inmune a la puerta y poder transitar el barrio sin miedo. La gente grande desacreditaba mi furia aduciendo que era un juego. Pero el verdadero juego requiere reciprocidad de interés. Y aquí, desde mi perspectiva, solo primaba el daño.

En una edad en la que mi cuerpo cambiaba, se expandía, sentía dolores nuevos, descubría sentidos desconocidos y experimentaba libertades ganadas a fuerza de demostrar madurez, un golpe de bombita podía ser catastrófico. Podía dejar moretones por días, en la profunda sensibilidad de la piel púber. Podía tirarme de la bicicleta, como le pasó a una amiga, generando daños aún peores. Podía mojar mi ropa interior y hacer chorrear la toallita con la menstruación que aún no lograba asumir como propia. Podía mojar mi remera y hacer translucir los pezones que empezaban a sobresalir molestamente. ¡Podía mojar mis libros y diarios! -bienes atesorados que solía llevar a cuestas desde mi casa hacia la de mi abuela y de vuelta. Las bombitas podían lastimar, humillar, amedrentar, amenazar, avergonzar…es decir, concentraban en una redonda y pesada materialidad todo lo que hace el acoso callejero.