He perdido la cuenta

Historias (hiperreales) de la violencia machista

Ilustración gentileza Luis Scafati

Ilustración gentileza Luis Scafati

 

Por Sofía Da Costa

He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me tocaron sin consentimiento: en la calle, en un bar, en la escuela. Cuando era más chica, y aún lo sentía como una vergüenza propia, tenía una enumeración de circunstancias y matices. Hoy recuerdo sólo un par de situaciones  que quizá ni siquiera me pasaron a mí porque es una mezcla de azar y arbitrio del varón que  toca, qué cuerpo es el violentado, cuando hay más de una chica en una parada de micro, caminando por la calle o bailando en ronda en un boliche. Pero siempre hay un recuerdo vívido en el medio de ese registro caótico de impotencia y asco: caminaba con una amiga por una calle en San Rafael. La calle no era cercana a nuestra escuela, pero teníamos puestos los guardapolvos y vimos venir de frente un par de pibes en bicicleta. No hacía falta ser  perspicaz para adivinar el riesgo, sabernos vulnerables era parte del transcurrir cotidiano aún en plena adolescencia omnipotente y arrolladora. Puse el morral más hacia el costado para cubrirme el culo, una paupérrima pero válida defensa frente a lo inevitable. Pasó con impulso y me manoteó una teta. Recuerdo el dolor del golpe, la  vergüenza, la impotencia, la ira, que jamás desgrana la suficiente cantidad de insultos, y la incredulidad al ver que su mano había dejado una marca negra sobre mi pecho blanco escolar.

He perdido la cuenta de la cantidad de veces que un varón me/nos mostró el pene. Algunos plantados en la violenta quietud de la mera exhibición, otros masturbándose con la misma violencia pero hecha acción. Estaba el que se apostaba pegado al alambrado del patio  de la escuela secundaria, el que solía andar cerca de la catedral de San Rafael en pleno centro, uno en la calle Colón de Mendoza y unos cuantos más de los que sólo queda en la memoria la  mirada turbia y los movimientos espasmódicos. Hay uno que se quedó pegado a fuerza de miedo: iba en bicicleta con  una amiga (sí, la misma amiga del párrafo anterior) al ritmo lento de la siesta sanrafaelina; ella pedaleaba y yo iba sentada en el manubrio. A dos cuadras de su casa miré para un costado y vi venir hacia nosotras un hombre joven. No hizo falta mirarle la entrepierna para saber que empuñaba su miembro por fuera del pantalón, un jogging azul oscuro de polyester, de esos que tienen bragueta. Con fingida tranquilidad le pedí a mi amiga que se apurara. Como fui incapaz de transmitirle una tranquilidad que no  sentía, ella no tardó  en verlo también. Apurarnos significó que empezara a correr atrás nuestro. El  miedo se mezclaba con la adrenalina de saber que esa carrera loca montadas en una bicicleta de cualquier manera sólo podía tener un desenlace trágico. No sucedió la tragedia que ambas imaginábamos y llegamos a su casa. El miedo duró mucho tiempo y la premisa “no andés sola por la calle a la siesta” fue la única respuesta que encontramos.

He perdido la cuenta de la cantidad y calidad de insultos que recibí en nombre del  piropo. Una infinidad de voces opinando sobre la forma, volumen, textura, olor y sabor de las partes de mi cuerpo. De todas, de cualquiera, desde el tamaño de mi frente hasta una imaginada profundidad vaginal. Desde la escuela primaria hasta el día  de hoy. Gritos destemplados seguidos de coros de risas en  una obra en construcción o  susurros ininteligibles del solitario que te cruza caminando por la calle. Pero hay uno que resuena sin esfuerzos de memoria: caminaba una mañana por el barrio Bombal, en Godoy Cruz y escuché una voz de hombre que, con tono de disculpa, dijo: “¿te hago una pregunta?”. Cuando me di vuelta vi un cartero del Correo Argentino, en bicicleta, por la calle, a escasos metros, a mi izquierda. Alcancé a esbozar una sonrisa, dispuesta a escuchar un pedido de indicaciones para llegar a alguna calle, que se me congeló en la cara cuando me dijo, mirándome fijo: “¿te puedo hacer el orto?”. El estupor sin límites se fue convirtiendo en una ira ciega  mientras el tipo daba la  vuelta  en la bicicleta con una mueca de satisfacción y se iba. Algunos insultos ridículos me  salieron a borbotones y se chocaron contra su cara de deber cumplido con suficiencia, el deber patriarcal de humillar sólo porque se puede.

No hay una lógica en el recuerdo, las anécdotas van y vienen; pero quedan los registros de esa violencia y se hace patente su función disciplinadora: por dónde, a qué horas, vestidas de qué forma y acompañadas por quién debemos andar las mujeres. Al enseñarnos (obligarnos) a ser precavidas contra el acoso y el abuso los dan por sentado, es lo que nos toca por ser mujeres y en nuestras manos queda minimizar el riesgo. No se cuestiona la existencia de tipos que tocan sin consentimiento, se exhiben o te tiran encima el asqueroso peso de sus comentarios. Su violencia no tiene que ver con el sexo, tiene que ver con el poder; ése que se les otorga por haber nacido  varones, ése del que se los inviste y les permite disponer de los cuerpos de las niñas, adolescentes y mujeres. Es abrumador saber que todas pasamos por situaciones similares, todas tenemos un rosario de anécdotas de acoso. Individualizar algunas y ponerlas en palabras es, de alguna forma, sacarse de encima una vergüenza que no debería ser nuestra. Nuestras deberían ser las calles, los parques, las siestas, las noches, las caminatas con compañía o sin ella, las paradas  de micro y las  barras de los boliches. Nuestra debería ser la posibilidad de vivir una vida libre de acoso.