El Estado es un cúmulo de televisores que reprime con escenas de la angustia

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Por Marcelo Padilla

“Raro”, dijo, y dio media vuelta como un bailarín de tap. Es la esquina donde el semáforo demora, cuatro cambios, ahí se pone todas las tardes a rasguñar el aire con las manos. No trabaja más (por decisión) y se alimenta de los dones. Justo en esa esquina hay una verdulería, pintada de verde –un lujito en el barrio- detenida. La ubicación de los cajones de frutas y verduras es un arte, brilla las manzanas verdes al sol. “Raro”, dice el langosta, refiriéndose a todo lo que ve, o, para cerrar una charla, y gira su cuerpo, quedando perpendicular a su interlocutor.
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Las cucarachas salen de sus guaridas cuando cae la tarde. Son enormes algunas, con alas y se hacen las muertas boca arriba cuando prendo las luces. Una actuación, simulación de lujo del efecto de la preservación de su especie. Las corro suavemente con una pata y siguen muertitas, por la dudas las piso, crujen. Descuartizadas, aseguro su no reproducción y las empujo con las chancletas hasta el patio. Comida para las hormigas. Juguetes para mi gato –aunque él las prefiere vivas y tiritando-. Sus nidos están provistos para un ataque nuclear y no se sabe dónde se ubican. Es la temporada estival, 38 grados, ventiladores que soplan fuego. En los barrios bajos de la ciudad, donde va a parar el hedor y los restos, la naturaleza es proclive a mostrar su diversidad.
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En la soledad de enero el tiempo es elástico. Un concepto apenas, o mejor, una noción. El sol le pega de frente a la ventana a partir de las 3 de la tarde y no para hasta las 8 de la noche. En la vereda hay un árbol pero está seco hace años. No hace de árbol, solo de tronco muerto, como un resto arqueológico de una civilización extinguida. Como un centinela baleado en un ojo y el corazón que se congeló parado, muerto para siempre. Un espantapájaros sin destino ni gloria ni pájaros que teman su existencia. El sol baja lento a las ocho y media de la noche y ahí abro todo, puertas, ventanas, la heladera. Al rato riego con el agua caliente de la manguera -que se pone fresca a los cinco minutos de brotar-. El agua, brota.
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Poco movimiento en el barrio. La gente se ha guardado como si estuviera en Noruega o en Ushuaia, pero al revés, por el fuego de enero. Son los pibes los únicos que se animan a andar en bicicleta, en cueros, transpirados, recorriendo la nada de las siestas. El vacío de los veranos, la mazmorra de las calles pegajosas. Si no tiembla fuerte, la cuadra quedará solitaria y seca hasta marzo. Y nadie se asomará a ver qué pasa.
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El país se prende fuego y todo obedece, según los voceros gubernamentales, a causas naturales o a la acción intencional del hombre de la ciudad. Resultan culpables: el cambio climático y el hombre común. Y así debemos aceptarlo, como una plaga de las siete, las inundaciones igual. El Estado es un cúmulo de televisores que reprime con escenas de la angustia para que la gente que no sale de sus casas se acongoje, pegada seis horas mirando la pantalla, esquivando los latigazos. De tanto en tanto, una propaganda de autos con un guión desopilante. Al alance de tu mano claro, con la diferencia que tu mano no llega más que a tocar la pantalla del televisor. No hay consumo. En todo caso, los bolsillos alcanzan para ir hasta la verdulería donde está parado el langosta y llevarse dos tomates y una lechuga arrepollada. Milanesas de pollo cuatro veces a la semana. Sobrecitos de jugo. La comida. El pan duro. El langosta no se hace problema. “Raro”, dice, y da media vuelta en la esquina al ritmo de un tap imaginario.
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La ducha fría es lo que más se está usando este verano. Se ha puesto de moda. Bueno, fría es un decir, tibia en todo caso, con el calefón apagado. Es la temporada estival, repito, en las casas donde no hay. Diferente de las casas donde sí hay. El mapa es más o menos así: hay diez casas, en tres hay, en siete no hay. Eso extendido a todas las casas de todos los barrios. Tres de diez. Los que estamos entre las siete podemos contar algunas cosas. Lo del langosta, lo de la verdulería, lo de las cucarachas, lo de las siestas con los pibes, lo de las milanesas. El tiempo es una noción errática por naturaleza de los incendios y las inundaciones. El alerta de las enfermedades estivales es para que se cuiden los de las tres casas del resto.