El rejuntadero

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Por Marcelo Padilla

La fiesta fue organizada por la plana mayor de los que cortan el bacalao en la agrofinanza del país, y, lo curioso fue, que a la misa previa no llegó el cura. En la iglesia no le dieron permiso o algo pasó en secreto para el vulgo. Lo cierto es que el cura no llegó. La misa no se celebró tradicionalmente (el champán no pegaba con la escenografía y mucho menos la etiqueta de los nobles vestidos y pintados a lo Giacomo Casanova) La fiesta sí respetó el protocolo porque el orden de lo festejable no necesitaba el visto bueno de un cura (lo invitaron en realidad para que no fuera y se notara su ausencia por cuenta y cargo de la propia curia) Los que sí asistieron a la hora señalada fueron los vampiros que ganaron las miradas de la mayoría de los curiosos y desesperados por estar ahí, mirando el banquete de los sádicos, con el deseo intacto de la pertenencia, aunque de puros convidados de piedra, emperifollados con lo que pudieron sacar de las últimas casas de ropa de la zona en 12 cuotas. El vampiro mayor llegó sobre la hora, con la sonrisa dibujada a lo Guasón para simular una expresión que contradijera los efectos de la cocaína. Pálido, de la mano de su mujer textil, empalagado en su ánimo mustio que suele denotar cuando aparece en vivo, las pocas veces que lo hace. Los apóstoles cautos -nada hizo sospechar, que la decantación natural los pondría en situaciones incómodas cuando fueron fotografiados por los pintores que hacían sus retratos-. La pinta y la niña andaban sueltas en la languidez, arrastrando sus vestidos infantes como dos meninas velazqueñas. Adopta el hombre una postura de yeso para dar su discurso inapetente. Lo dice a tropezones, sin leer lo que no estaba escrito porque la palabra para los vampiros del bacalao es un signo poco visitado. Tomar el Estado por completo, con vehemencia de clase, sin que se lo imaginaran electoralmente, los hizo actuar bajo un plan que no contempló la persuasión de la palabra. Fue el rigor, el fruncimiento grave lo que movía a la caballería para que el vulgo no pudiera más que resignarse al shockeante estilo victoriano. Había que contrarrestar la recuperación y la circulación de la palabra de la anterior asonada que puso a los vampiros molestos con las poesías reluctantes producidas con los errores de la plebe y una vieja estirpe comerciante que luego del último suicidio apostó por recuperarse dando patadas a los bancos. El rejuntadero de la barbarie que quería comer, y las señoras bien por recuperar sus ahorros, hizo implosionar la maquinaria. Por eso lo que vino, y contra lo que vino, este presente desaparecido, a contrarrestar el grito de la plebe. Estamos en la fiesta, y yo, travestido para croniquear, contoneando a los pavos reales. La corte ministerial ha vomitado en los jardines ácidos de la residencia. El vampiro mayor se va luego de su no-dicho. La mujer textil alza a las meninas y desaparece. Ha quedado el comercio solo. El comercio como ideología, la caja chica, esos aliados que hacen de bufones festejando el convite. Victorianismo tecnológico y represión en las calles. Sangre india y sangre de pobre. Los cuentistas twitean para sus patrones haciendo buena letra en el minuto a minuto. Pobres a cero. Choque. Las calles se han convertido en instalaciones de un Greenaway aburrido que filma acciones violentas en un país del fin del mundo. Lo dejan que juegue a los barquitos y a hundir con rabia y venganza a las canoas atestadas de migrantes. El orden es un soplido de balas aleccionadoras. Todo es visto a través de los medios de comunicación que reproducen una escena, la misma, en cadena nacional privada para todo público: la construcción de un paraíso donde solo se puede pertenecer siendo un terrible hijo de puta.