Bienvenidas

Historias (hiperreales) de la violencia machista

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Por Carolina Bloch

Justo el día que me pidieron si podía escribir un testimonio para que forme parte de una nota más amplia en la que se hablaría de acoso callejero me pasa una inédita (en el vasto registro de frases inmundas, denigrantes y cobardes, a veces muy creativas y no por eso menos humillantes de las tantas que una tiene que escuchar a diario en la calle).

Un tipo desde un auto me grita algo que de tan corriente no alcanzo a recordar, algo como un “mamita que rica estás” o algunas de esas equivalentes que todas conocemos. Lo miro, le pego un grito y hago un gesto con el brazo de rechazo, lo mando al carajo. Ese gesto me bastaba para despreciarle el “piropo”, ese sólo gesto resolvió bien en ese momento – y es que vamos desarrollando una variedad de estrategias que se adaptan para dar respuestas y contestar a la humillación, al ninguneo y así seguimos engrosando la lista – . Sigo caminando. Él avanza en el auto y me devuelve un “andate a cagar, LESBIANA”.

Sigo caminando, esta vez tentada de risa, saboreando algún gustito a triunfo. Pensando si su “lesbiana” es el equivalente al “puto” que tanto miedo le genera, que tanto le duele, humilla y denosta, en el que su virilidad se ve amenazada con tanta potencia como pocas cosas en su vida. O que quizá su “lesbiana” es el síntoma de un pensamiento anterior que dice que si rechazás su halago entonces no sos una mujer. A una verdadera mujer le sienta bien el piropo, la engalana, le hace sentir reconocimiento, admiración; le afirma la autoestima, piensan y dicen.

Sea cual fuere la respuesta, la idea se me instaló. La idea de que lo que para él constituía una doble agresión, para mí fue por primera vez un halago! Por supuesto que el tipo no premeditó ninguna de estas dos razones. Para él fue la respuesta espasmódica del perro rabioso. Pero detrás del espasmo hay significado y sentido. No me importa si con esto él quería romperme para izar un poquito más arriba el mástil de macho. Me importa confirmar que en lo más cotidiano se instalan nuevas formas de nombrar el ser mujer aunque sea una mujer que a ellos no les gusta, incluso antagónica de las que a ellos les gustan y por eso violentan.

Bienvenidas todas a llamarnos lesbianas – más allá de la inclinación sexual – si de eso se trata forjar nuevas formas de ser mujeres, de representar una feminidad contestataria, activa, viva, donde la agresión y el acoso en la calle deje de ser interpretado a través de ese eufemismo que nos enseñaron a aceptar y que llamamos “piropo”. Bienvenidas todas a llamarnos lesbianas, bienvenidas a ser sujetas indómitas, mujeres que no encajemos y aun cuando encajemos y seamos toleradas, sigamos poniendo en peligro el mástil de su ser- más – macho.

La idea de que el miedo va a cambiar de bando se me instaló. Ojalá algún día para suprimir el miedo. Mientras tanto nosotras lesbianas – mujeres – otras, afirmamos que no habrá agresión sin respuesta, que hemos convertido el miedo con el que nuestra carne ha sido modelada en acción y sabemos que esta respuesta se disemina y encarna en tantas con tanta fuerza que rebalsa esta anécdota, este pensamiento y esta respuesta individual, que sin embargo, es colectiva.