Tomarse la vida con humor, ponele

2017-01-07-20-37-26

Ilustración Enebe

Esos días en que parece que los astros se han confabulado para romperte los esquemas y complicarte la existencia, no falta quien, con ánimo de compensar tu mal humor, suelta un “hay que tomarse la vida con humor”.

Dejame que te explique: hoy me levanté, en Mendoza, como hace unos 40 años, con la diferencia que a los 18 no me jodía ni el mal tiempo, ni el calor, ni la alergia, ni las dolencias relacionadas con la edad, ni las preocupaciones cotidianas, etc., etc., etc… Aún así comencé el día haciendo trámites. Todos sabemos que nunca es una fuente de felicidad encontrarse frente al mostrador de ningún tipo, excepto que sea la barra de un bar. Luego de perder dos horas de tu vida haciendo una cola que avanza con la velocidad de una oruga moribunda te encontrás con un sujeto que, apaleado por las condiciones climáticas y harto de su mediocre trabajo, te pregunta en un tono amorfo ¿qué necesitás? Y mi cerebro, que gracias a algún dique mental todavía no está en conexión directa con mi boca piensa “qué necesito, en serio? Una colonoscopia, ¿no es para eso la oficina de legajos? ¡Hace dos horas que estoy haciendo una cola en tu oficina!¡Necesito que me devuelvas mi tiempo!”. Hacés a un lado este pensamiento y le relatás cuál es tu objetivo, manteniendo al mínimo la ironía y sin perder la mueca de simpatía necesaria para que continúe la interacción con el agente en cuestión, quien sin dar respuesta a tu consulta, gira en sus talones e ingresa a una oficina. Veinte minutos después, y ante la mirada exasperada de todos los que siguen sin ser atendidos que te escrudiñan como si vos tuvieras algún tipo de responsabilidad en la demora, surge, informándote “NO hay sistema, vuelva mañana”. En este punto si no lo tomás del cuello y le golpeás la cabeza sobre el escritorio es sólo porque las clases de yoga han dado resultado. Furiosa, pero sin perder la compostura por completo bajás por las escaleras y te dirigís a la siguiente oficina. Más de lo mismo. De las 10 actividades que pretendías realizar, lograste media. Salís a la calle, que se convirtió en la sucursal del infierno, subís al auto y notás que hay un vehículo en doble fila que obstruye tu paso. Esperás, salís del auto, mirás para los costados y descubrís que el infractor es un muchacho que habla animadamente con una fémina. Le hacés señas, claramente no te ve, está muy ocupado viendo cómo logra extirparle una sonrisa a su interlocutora. Te acercás, tocás su hombro y solicitás que mueva su vehículo, te mira mal y te dice “no ves que estoy ocupado”. Y con eso alcanza, el dique se rompe y comezás a gritarle a un completo extraño en la calle ante la mirada reprobatoria de cuanto cristiano pasea por la zona. Finalmente, corre el automóvil dejando liberado tu paso, no sin antes gritar desde su ventanilla: “Ay, tomate la vida con humor”.

Frente a esta frase te quedan dos salidas sin romper la ley. La primera, y la más liberadora, incluye una cantidad de epítetos irreproducibles que ponen en su lugar al sujeto, al mejor estilo de una Violencia Rivas pero mendocina. Si la violencia verbal no es lo tuyo y decidís no explotar como una bomba atómica frente al otro te propongo el siguiente ejercicio. Con una sonrisa, o lo más parecido a ella que pueda producir tu rostro grítale: “PONELE”, subí el volumen de la radio y que la música te acompañe.

Por Paola Barrios