Culpable

Historias (hiperreales) de la violencia machista

Foto: Gentileza M.A.f.I.A.

Foto: Gentileza M.A.f.I.A.

Por Soledad Gil

La antropóloga Rita Segato nombra como “violación metafórica” a la “mirada fija masculina en su depredación del cuerpo femenino fragmentado. (…) la mirada fija, como la violación, captura y encierra a su blanco, forzándolo a ubicarse en un lugar que se convierte en destino, un lugar del cual no hay escapatoria, una subjetividad obligatoria”. Hace unos años me encontré con esta cita teórica pero también política y conseguí ampliar las palabras con las que pensaba y sentía aquellas experiencias de acoso que enfrenté desde niña. De lo personal a lo político fui transitando las formas de poder narrar estas situaciones que enfrentamos las mujeres, niñas y adolescentes por el sólo hecho de pertenecer al género femenino.

Aquella cita de Segato, ocupó mi cabeza inmediatamente al recibir la invitación para escribir sobre acoso callejero, igualmente la imagen viva que tengo de la experiencia que, creo, fue la primera que tuve que enfrentar.

“¡¿Dóndes estabas?! Y, pero vos, ¡¿por qué saliste sola?! ¡¿Quién te dio permiso!?” fueron las palabras que escuché cuando llegué muerta de miedo a mi casa y conté lo que me había pasado, ingenua, luego de correr por las calles del barrio, después de que un tipo quisiera tocarme.

Tenía yo unos diez años. Y sí, me había ido sin avisar. Por aquel entonces amaba escaparme de mi casa y caminar por las calles… un ratito, como por curiosidad, para ver que encontraba… Recuerdo que hacía calor porque tenía puesto un short rojo. Recuerdo ir caminando y sentir la presencia de alguien, voltear y ver la cara de un hombre que intentaba con su mano tocarme. Salí corriendo, agitada, sin rumbo. No sabía qué hacer. Estaba cerca de una estación de servicio. Me quedé allí parada – paralizada- unos minutos. Las personas me miraban y advertían que algo me pasaba, pero nadie preguntó. El tipo también salió corriendo cuando notó que me refugié en esa estación. Cobarde.

El asunto es que siempre me sentí culpable. Porque había salido sola de mi casa con sólo diez años y sin avisar. Por querer andar por las calles descubriendo siendo una niña, seguramente por llevar un short rojo. Finalmente, creo que esa situación temprana de acoso y los reproches que encontré al llegar a casa hicieron que empezara a naturalizar ( y callar) las cientas de situaciones similares que seguí vivenciando con el correr de los años: tener que correr por las calles del centro para llegar al colegio y evitar que alguno lograra su cometido, tener que cambiarme de asiento o bajarme del colectivo donde no era destino frente a insinuaciones, desear salir rápido de un ascensor frente a la mirada “depredadora masculina”, no poder sentarme en una plaza sin que se me acercara algún tipo con intenciones de acosarme, no poder estar con amigas en algún espacio público sin ser molestadas con comentarios, actitudes, acciones de machos violentos que se creen con derecho sobre nosotras, nuestros cuerpos y también sobre nuestras formas de pasar el tiempo, de estar en el mundo.

Ya como comunicadora e investigadora logré encontrarme con el feminismo y sus respuestas políticas a estas situaciones violentas por las que pasamos las mujeres por el sólo hecho de ser mujeres. Pude desnaturalizarlas, ponerles nombre y comprender que, aquello que viví a los diez años, no fue mi culpa. El acoso es una forma de violencia de género. Por todas, hay que acabar con todas las violencias contra las mujeres, niñas y jóvenes.