El método periodístico: Mendoza, capítulo CONICET

A una semana de las acciones de lucha que llevaron adelante investigadores e investigadoras del CONICET, en contra del recorte en Ciencia y Técnica que pretende realizar el gobierno nacional, repasamos con esta nota algunos aspectos del tratamiento de esta noticia en medios de Mendoza.

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Por Pablo Guaycochea

La histeria aparece como espasmo. No es la magia de la radio ni el misterio de la televisión. Es el paroxismo del sentido común. Vemos lo que ven, oímos lo que oyen, y (a veces) intentan disfrazarlo de una rigurosidad dudosa. El mecanismo se deja ver, poco, pero podríamos sintetizarlo así: hoy Doña Rosa es nuestra Editora Responsable.

Si aquel misógino, estereotipado y maltratado personaje -inmortalizado por el mortal Bernardo Neustad- existiera, describiría a la perfección a la mayoría de quienes hoy ocupan lugares importantes en los medios masivos de comunicación. Doña Rosa (para deshacernos de lo misógino, podríamos decir Don Cacho, es igual) ha asumido sin mediación los roles de editora en jefa, conductora, locutora, etc., de diversos medios. De amiga imaginaria a directora periodística. Hasta ayer era usada, apenas, por quien ponía el cuerpo frente a cámara (y al lado del poder de turno), hoy es puesta ella frente a cámara, por quien tiene el poder, para decirnos, sin verso, lo que hay que entender. Doña Rosa se liberó de su Frankenstein. Pasó de no entender la realidad a ser su voz, o la voz de una realidad. Y no quiere hacérnosla fácil, sino más bien abonar la idea de la incapacidad de pensamiento abstracto que el conductor noventista depositaba sobre ella.

Así las cosas, desde columnas editoriales se exige sentido común. Son coherentes porque en esos ríos de tintas digitales (también en gran parte del éter y de las ondas hertzianas) el sentido común es lo único que abunda. Alguna vez Fuad Jorge Jury (Favio, si lo prefiere) declaró que si Argentina exportara mermelada de boludos seríamos potencia mundial. Corría el 2008, y el llamado conflicto con el campo. Similar estrategia de desarrollo podría lograrse, casi sin excepciones temporales históricas, con la exportación de sentido común en formato periodístico. Sentido común explícito pero no ingenuo. No se trata de carencia de comprensión (o no exclusivamente), no es una lectura cándida de la realidad sino la decisión de, como supo decir Felipe, “hacerse el boludo”.

¿Hay que aclarar la inutilidad del sentido común? El presupuesto de un país no se maneja con sentido común. El Estado no es una casa con una familia adentro, ergo su presupuesto no se maneja como el de una casa con una familia adentro. Incluso no todas las familias manejan su presupuesto con una lógica tan rudimentaria. No hay que ser experto en economía para entenderlo. Si a usted no le alcanza la plata para pagar el cable y el gas, no va a optar por el cable. Pero un gobierno no asigna sus partidas presupuestarias con esa lógica, y ni siquiera debería tomarse el atrevimiento de comunicar, con falsedad, que así lo hace.

Un gobierno a cargo del Estado tiene otras herramientas para financiarse, y puede atender con la misma intensidad, si así lo decide –y salvo situaciones extremas, excepcionales-, la política cultural y el pago a jubilados (si es que pudieran pensarse por separado). Sin embargo, desde el sentido común se pretende explicar que hay que optar, por ejemplo, entre la realización de películas y la construcción de hospitales. Nada más desapegado a la realidad. No son caminos excluyentes sino complementarios. Sin embargo el sentido común impera a discreción, arbitraria y tendenciosamente, para mostrarlos como excluyentes.

Una de las más recientes muestras del método periodístico ha sido el tratamiento del conflicto en torno al CONICET, o al ámbito Científico y Tecnológico. Hemos leído, visto y escuchado al sentido común reclamar sentido común:

“¿Tenemos que financiar trabajos sobre el peronismo?”; “Dedicamos mucha plata en investigación científica al pedo, me metí y saqué algunos títulos: los manteros senegaleses ante los allanamientos en Once, jóvenes travestis en las escuelas secundarias”; “¿Debemos pagar para hacer monografías?”; “¡El diálogo con una fanática de Arjona produce una investigación científica!”; “por si no se hubiese investigado lo suficiente desde la Ciencia Social, trabajos sesudos sobre el pensamiento de Marx”; “En los últimos años hubo 810 investigadores del CONICET que presentaron trabajos sobre Perón”; etc., etc., etc.

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Ilustración: Luis Scafati

Desconocer que el conocimiento científico no avanza de manera lineal, progresiva, mediante la simple acumulación, es casi tan peligroso como minimizar la importancia que un fenómeno político y social como el peronismo tuvo/tiene para nuestro país.

Más: encontrar en el buscador del CONICET 800 entradas que hablan de Perón no significa que haya 800 investigadores cuyo tema de trabajo sea el peronismo. En el buscador del sitio del CONICET pueden hallarse papers, ponencias, etc., pero al método periodístico no le interesan esos matices, su lectura finaliza en el título y su preocupación es titular. Afirmar que Marx, ¡Marx!, ha sido investigado lo suficiente es una especie de absurdo y necio empirismo de barricada, y además es desconocer los records mundiales de venta que El Capital y El manifiesto comunista han tenido luego de la crisis del 2008.

Creer que porque se menciona el nombre de una película infantil en un trabajo (o paper, o ponencia, etc.) este debe ser nulo, es desconocer (o hacer que se desconoce) el peso que las poderosas fábricas mundiales de contenidos tienen para la cultura planetaria y con ello para la vida en sociedad. Y en el extremo, pretender invalidar a las ciencias sociales porque, supuestamente, hay pocos investigadores buscando curas para el cáncer no es más que un razonamiento demagógico, perverso y maniqueo.

El método periodístico, para hacer como si se tratara de un análisis crítico (siempre simular), apela también a incluir la repetición de frases reivindicatorias o políticamente correctas: “el funcionamiento del CONICET es imprescindible pero…”, “se presenta como una pésima señal la decisión del gobierno de Macri de ajustar los recursos destinados al Conicet pero…”, etc. Y por estos días de tecno-posmodernidad agrega ocurrentes y berretas técnicas de investigación periodística: “Hackatón de lectores al Conicet: buscá y contanos”. ¿Fin del oficio del periodismo?

¿Qué agregar a esto? Poco se puede agregar, sin embargo, sin profundizar en cada uno de ellos, intentemos hacer algunos destaques.

Lo primero que se debe decir es que si lo que se pretendía era entender cuál era la problemática que se había suscitado en torno al CONICET, obviamente, no podía entenderse desde estas propuestas. Mayoritariamente no tuvieron apego a datos concretos, ni propiciaron una discusión seria. Abundó el mundo post fáctico, escaseó la verdad.

También se puede destacar que, curiosamente, la postura que tomaron coincidió con lo que se intentó instalar desde las redes sociales. Existen amplias evidencias empíricas (no esoterismos de micrófono ni metafísica tribunera) que indican cómo se buscó operar el debate en torno al ajuste en Ciencia y Tecnología en twitter, aunque sin éxito porque también ahí la mayoría se expresó en contra del recorte. Failed, a pesar de los millones que el Ejecutivo pone para esta batalla.

Por último, no está demás ocuparse de la estúpida insistencia de los medios privados (o de algunos de sus periodistas) de pararse sobre la idea de “lo que hacen con nuestro dinero”. Y la estúpida insistencia lleva a la agotadora respuesta: ustedes, lo medios privados, sus trabajadores y trabajadoras, también viven de “nuestro dinero”. Indirectamente, a través de sus anunciantes que obtienen recursos a partir de lo que todos gastamos, y directamente, -sobre todo directamente- del pautado de publicidad/propaganda oficial de gobiernos municipales, provinciales y nacionales, “nuestro dinero”. Los ejemplos abundan.

Parados en este punto podríamos convocar a nuestros lectores y lectoras a realizar un Mega Hackatón que tenga como objetivo dilucidar qué porcentaje de la gran cantidad de ¿cosas? que publican estos medios califican como información, cuánto hay de operaciones de prensa, qué espacio se destina a ceder la palabra y proponer discusiones serias, cuánta pauta publicitaria oficial reciben, etc. Podríamos convocar a nuestros lectores y lectoras a este Mega Hackaton… preferimos no hacerlo, la situación nos supera.