La «trompada» de Andrés Rivera

Juan López rescata una anécdota con el gran escritor argentino fallecido esta semana.

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Tengo una carta de Andrés Rivera, que me escribió a modo de “devolución” de mi segundo libro de poemas, Ciclos vitales. En esa carta, con remitente de la ciudad de Córdoba, el gran escritor prácticamente me destruye, es decir, destruye mi libro, aunque rescata algunos poemas, por suerte para mi magullado ego. Rivera, como bien sabe cualquiera que lo haya conocido, era un tipo directo, no se andaba con vueltas, el menos hipócrita de los escritores argentinos, podría decirse. El problema para mí en ese momento fue que ejerció esa ética justo con uno de mis libros. Estuve unos días demolido por semejante carta. Por suerte, en la misma semana, me llegó otra crítica al mismo libro, escrita por un experimentado poeta de Buenos Aires, que no voy a nombrar porque no viene al caso. La carta de Buenos Aires era elogiosa… y me ayudó a recuperarme del bajón que me había producido la carta de Córdoba. Pero quiero recordar cómo fue que llegó a las manos de Rivera mi libro.

A mediados o fines de 2001, Andrés Rivera vino a Mendoza a presentar Hay que matar. Fui a verlo, en la Biblioteca San Martín, y cuando terminó la charla y firmaba ejemplares, me acerqué y le dije, más o menos: “Rivera, muchas gracias, me gustó mucho lo que dijo, le quiero dejar este libro mío”. Él me agradeció, di media vuelta, y ahí nomás me dijo: “Eh, espere, acá no veo dónde puedo escribirle, por favor, agregue una dirección”. Yo le respondí que bueno, pero que no era mi intención que me hiciera una crítica sino simplemente devolverle la atención por lo que había escuchado. Nos despedimos. A las dos semanas recibí por correo postal su tremenda “devolución”.

Hoy, valoro mucho el hecho de que Rivera se haya tomado el tiempo de leer a un desconocido. Y que haya tenido la generosidad de escribirme. Aprendí mucho con su crítica, incluso ensayé una respuesta pero nunca se la envié: hay veces en que hay que aceptar la trompada y pensar por qué uno la ha recibido, y no defenderse de lo inevitable. Pienso que si solamente hubiera recibido la crítica elogiosa del otro escritor; como se dice, me la hubiera creído. Y ya sabemos que no hay nada peor que creérsela, principio del fin de toda buena o al menos auténtica literatura.

Con el paso de los años, cuando escribo una devolución de un original o de un libro de un escritor joven, comienzo señalando lo que me parece bueno o admirable, luego incorporo lo que me parece flojo, y termino con unas palabras de aliento. Pienso que la mejor manera de ayudar a un escritor que comienza es ser claro, sincero y hasta duro sin ser despiadado, como de algún modo fue Rivera en aquella ocasión, y por más que a uno le cueste salvar lo que está leyendo, tiene que dejar constancia de lo que le pareció mejor, tal cual hizo Rivera con aquella lectura: tuvo la generosidad de rescatar algunos poemas.

En síntesis, con esa anécdota aprendí además que hay que ser exigente, y no por tener un sentido ético especial, sino porque, simplemente, todo es mejorable. Está claro, por lo menos para mí, que la mayoría de nuestros fracasos, incluidos los literarios, son producto de la falta de perspectiva.

Juan López, Mendoza, 26 de diciembre de 2016.