10, 11, 12. Marcas sutiles, brutales desvíos

Historias (hiperreales) de la violencia machista

Foto: Gentileza M.A.f.I.A.

Foto: Gentileza M.A.f.I.A.

Por Valeria Hasan

San Martín era un Departamento pequeño a principios de los ’80. Caminar un lunes a media mañana por una de las calles paralelas a 9 de julio podía significar ser la única peatona de la cuadra. Yo tenía 10 años y dos veces por semana iba a inglés a la «Cultural» en la esquina de Almirante Brown y Paso de los Andes. Mi recorrido era corto: media cuadra por 9 de julio, San Lorenzo hasta Almirante Brown, Almirante Brown hasta Paso de los Andes. Dos cuadras y media. Cuando me faltaban poco menos de 30 metros para llegar a la esquina de Paso de los Andes me cruzó un muchacho joven corriendo. Mucho mayor que yo… unos 20 tal vez. Fue veloz, una ráfaga helada. Su mano derecha agarró, tironeando, mi vulva. Sí. La vulva. Venía de frente y calculó con precisión de atleta el momento exacto en que solo estirando el brazo, su mano podría, fugazmente, asirse de mi vulva. Tan rápido que no tuve reacción y ya no estaba. Me detuve en seco. Me di vuelta a mirarlo. Avergonzada, buscando hacia todos lados alguna persona que hiciera o dijera algo. No había nadie enfrente, ni adelante, ni atrás. Toda la cuadra vacía. Recuerdo la sensación de fuera del cuerpo, de otra en un espejo que mira de soslayo. Me veo allí. Pollera escosesa roja. Medias tres cuarto. Perpleja. Llegué a clase justo a horario. Nadie supo entonces que me había iniciado en violencias callejeras.

A los 11 tenía casi el mismo cuerpo que porto hoy. Esta altura, estas caderas. Me desarrollaba rápidamente. Mi mamá trabajaba en una oficina de administración de propiedades. Eso me permitía conocer a muchos porteros y encargados de edificios. Eran parte del mundo laboral de mi madre. Los veía seguido. Sabía sus nombres. Una siesta calurosa de marzo caminaba con mi hermana por la calle Catamarca y vimos a uno de estos trabajadores que habitualmente visitaba la oficina de mi mamá. Estaba barriendo la vereda. Lo miré para saludarlo, confiada. El tipo se detuvo, se apoyó en el cepillo y sudando lascivia, me dijo: «tan chiquita y sin corpiño». Se me llenaron los ojos de espanto. Festejó con una carcajada la ocurrencia y dijo algunas cosas más de las que la memoria olvidadiza me ha protegido. Esa vez sí conté lo sucedido. Mi madre se reunió con Carrillo, así se llamaba. Él se disculpó, con ella, no conmigo, diciendo que no me había reconocido, que de haber sabido que era yo, nunca hubiera dicho eso.

Vivíamos en la calle Espejo, en el corazón de la ciudad. Los del sexto eran ruidosos, una familia rara, no nos caían bien. No teníamos trato pero eran de esos vecinos que resultan molestos. Claramente recuerdo que eran dos hermanxs: una chica de unos 20 años y un varón de edad cercana. Yo volvía de jazz a las 8 de la noche. Era solamente una cuadra por Espejo desde San Martín. Entré al edificio. Detrás mío entró un chico, un adolescente… quizás unos 17 años. Me detuve delante del único ascensor. Él atrás. El hall estaba en penumbras ya que era de noche y en determinado momento el automático de la luz se apagó. Solamente bajaba una tenue claridad por la boca de la escalera, a unos 5 metros de donde estaba parada. El muchacho, a mis espaldas, empezó a hacer ruidos y movimientos extraños como metales chocando, como si se balanceara. Respiraba fuerte. Yo no sabía qué hacer. Miraba de reojo a la calle. La puerta estaba lejos. Unos 15 metros. Él a 2 ó 3 pasos de mí. El ascensor tardaba y yo tenía la certeza de que cuando llegara, se avalanzaría sobre mí. Estaba perdida, agitadamente mil imágenes daban vueltas en mi cabeza buscando alternativas. El ascensor se detuvo. Abruptamente se abrió. Como ángel súbito salió de allí el joven vecino del sexto. El acechante se sumergió entre las sombras e intentó subirse los pantalones antes de ser descubierto. Todo sucediendo como en tomas de cámara rápida, en tiempo real, sin diálogos pero con sonido ambiente: ropas que se suben, cremallera, pasos, hebillas, puerta metálica. Mi vecino puso cara de sorpresa y preocupación. Me dejó entrar y cerré violentamente la puerta. Entré al departamento como un torbellino, en pánico. No comenté a nadie lo que había pasado en la planta baja. Durante muchos días sentí horror de andar sola por la calle. Tenía temor de que el muchacho viniera a terminar lo que no había podido hacer, de que hubiera visto en qué piso vivía yo, de que quisiera estar seguro de que no lo había acusado. Tenía yo 12 años. Han pasado más de 30. Es la primera vez que lo cuento.

Violencias callejeras. Acosos públicos. Aprendemos a caminar con la cabeza gacha, a mirar para abajo, a cruzar de vereda. Sentimos vergüenza por ser agredidas, tocadas, burladas, abusadas, violadas. Heredamos los silencios ahogados y nos pasamos unas a otras los códigos de defensa. Al salir de la infancia sabemos ya que nuestros cuerpos son cicatrices anzuelo para la violencia machista. Marcas sutiles, brutales desvíos, daño por el solo hecho de ser mujeres.