Una fábula neoliberal

Ilustración: Luis Scafati

Ilustración: Luis Scafati

 

Por Pablo Doti

Hubo una vez un gobierno que, liberal en sus modos, pretendía administrar desde la total impunidad pero manteniendo la imagen mediante burdos montajes escénicos. La política, como hacía una década no pasaba, había vuelto a ser un espacio vacío de contenido programático, cooptado por la frivolidad mercantil. Y es que la habían hecho bien: con sus medios – porque excepto un par de diarios, un canal de televisión y un puñado de emisoras rebeldes y la claro, ferviente obstinación de los militantes callejeros que no habían sido sometidos por la manipulación mediática – imponían día a día un sistema perverso pero burdo y evidente para mantener la imagen del gobierno liberal. Así, a cada desaguisado del oficialismo – que eran muchos porque no solo manejaban las cosas con una impericia acuciante sino que eran voraces aves de rapiña que habían venido a devolverles a los ricos todos sus privilegios – aparecía, escandalosa en ampulosos titulares, cualquier noticia que derivara la opinión pública al gobierno anterior.

La manipulación mediática era tan eficiente, en aquel país del extremo Sur, que la clase media, principal damnificada de la política económica del neoliberal gobierno, lo defendía a ultranza. Incluso cuando el neoliberal gobierno y sus políticas mercantilistas no solo no les quitaron – como habían prometido en campaña – el impuesto a las ganancias sino que lo aumentaron y más gente quedó obligada; siguieron defendiéndolo.

Con todo, siempre ha de encontrar la humana condición alguna limitación. En el caso de este país del extremo Sur aconteció que los dueños de la tierra, digo, los que concentraban el dinero, digo los dueños del campo, de los bancos, de las empresas, de los medios, de la justicia, en fin, los empresarios; se aburrieron de sus obreros insulsos y autómatas. Pero los necesitaban: eran ellos el combustible de la hermosa empresa en que habían transformado al país del extremo Sur. La cuestión era cómo sacar, desde el negrerío que tanto detestaban pero también necesitaban; algún rédito lúdico.

Mentes amarillas y ciertamente cínicas, perpetraron un rito vil: dejar que la inseguridad subiera. A números atroces. Y la sazonaron con mucha manija por TV. Luego, y antes de concretar el muy lucrativo negocio de hacer la seguridad interna con el ejército; liberaron la compra de armas. Pronto, los autómatas de la mediana clase, esos que se dio en llamar fachos pobres o, según los filólogos britanistas: “heliohead”, digo, esos que todavía defendían a ultranza el amarillo gobierno; se cargaron con armas y empezaron a ejercer “justicia”. Porque a estos negros de mierda hay que matarlos a todos, decían los pobrecitos.

En este contexto, pronto las calles fueron un desmadre en el que se mataban por cualquier cosa. Desde un insulto hasta una mirada mal tomada. En un año, la población sufrió un pasmoso decrecimiento.

Por su lado, los dueños del país, digo, todos los que enumeré allá arriba, impusieron otra vez la restricción. Con visos de democracia y demases. Entonces ya no se pudo llevar armas. Además efectivizaron el traspaso de la seguridad interior del país del extremo Sur al ejército. Claro que las armas se las compraban al gran país del Norte, bajo cuya órbita bailaban los dueños del poder.

Y así siguió el país al extremo Sur, dominando por cien familias que lo manipulaban a su antojo. Pero qué le vas a hacer, si lo primero que hizo el gobierno de las mentes amarillas fue desmantelar la inversión en educación. Bajo ribetes de corrupción e intrigas de mal traer, hicieron sostener a la idiota clase del medio que lo que se invertía en educación del gobierno anterior era para “chorear”. Ellos eso no lo hacían. Y así, embaucaron y embrutecieron a los pobres, a los pobres fachos pobres.