La izquierda imprevista

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Fotografía Sebastian Miguel

 

Por Marcelo Padilla

Hay una costumbre insana, en la política, en la que todos caemos (me hago cargo) por facilismo, comodidad o confort intelectual; cuestión de simplismo geográfico por un lado, maniqueísmo de formación cultural por otro. La cosa es que tendemos siempre a dividir, entre derecha e izquierda. En la sociedad, a los partidos políticos, (entre) los partidos políticos, hacia el interior delimitando fronteras. Derecha e izquierda. Es cómodo diría, en principio, porque nos facilita y allana un camino, nos evita un esfuerzo intelectual para profundizar más allá de las consignas y de las delimitaciones artificiosas, muchas veces forzadas, para poner frente a frente posiciones, estilos políticos de conducción.

La determinación de la ubicación generalmente viene de la mano de una rabiosa proclama, de los gritos que declaran banderas. Esto es más patente en específicas situaciones, coyunturas que, hacen emerger, como cuando flotan las botellas de plástico en los lagos, liderazgos a cielo abierto. La comodidad del análisis político. En esa zona de confort intelectual caemos cuando desde arriba se lanzan los dardos para un lado o hacia el otro. En la izquierda también pasa, pero de manera diferente porque la izquierda ya está claramente ubicada en la delimitación geográfica, autorreferenciada en los ejes cartesianos. Decirse de izquierda es una toma de posición que mira desde una lente todo el panorama, de derecha. Por eso en la izquierda formal tienen esos problemas, no entender a los grandes movimientos populares. No solo en la Argentina sino también en Latinoamérica. Pero ese es el problema de la izquierda, la que se dice y se para desde ese sitio, desde ese mojón, para denunciar de derecha a todo lo que está enfrente, en definitiva, a la mayoría.

La palabra izquierda está bastardeada. Se la usa para dividir hasta las discusiones familiares. También hay cierto desprecio hacia la izquierda desde los partidos tradicionales. Porque quienes beben de esas fuentes, manantiales y acuíferos para las grandes manadas y cardúmenes, la izquierda autorreferencial, siempre estaría equivocada. En primer lugar porque en la izquierda, por lo general, se ubican los jóvenes (y los jóvenes, siempre estarían equivocados).

Diría que la izquierda es un partido hecho de una determinada franja etaria que le sostiene la vitalidad y, por condición de rebeldía, su ideario prepotente. Una cosa es cierto: en la izquierda (y aquí ya ubico a todos los que se consideran de izquierda ya sea en partidos trotskistas o en partidos tradicionales) está la posta. Se parte de esa premisa, “ser de izquierda es tener la posta”. Y a esa premisa la alimentan no solo quienes militan en esos sectores sino quienes se le enfrentan. En fin, la izquierda hoy en la Argentina es la que se muestra y muestran los medios con sus interpretaciones y etiquetas. Ser de izquierda también forma parte de ese mundo intelectual que seduce a periodistas, músicos, artistas y escritores. Y así, construyen el mundo de las divisiones y las clasificaciones quienes detentan el poder de nominar: intelectuales universitarios, periodistas, políticos, diseñadores de iconografías urbanas. Medios de comunicación. El esfuerzo intelectual llega hasta ahí. Y más aún se refuerza esta idea primigenia de tener la posta si la refrendan jóvenes músicos, jóvenes periodistas, jóvenes anarco-poetas.

El mundo de la izquierda es en algún sentido una bohemia errática bastante cómoda que puede durar mil quinientos años así. Aunque cambien los gobiernos de color y de olor. La comodidad negadora del esfuerzo intelectual. Un sentido unilateral del pensar. Una línea inequívoca. No obstante todo esto, que está instaladísimo en la cultura nacional, “la izquierda real”, en todo caso, si tenemos que utilizar el término izquierda, está siempre en otro lado. Es tangencial, contingente, colindante. Orbita por fuera de esas clasificaciones. Se mueve como los animales: en jaurías, cardúmenes o manadas. Buscan fisuras y pujan. No es previsible.

Es la “izquierda imprevista”. La que no está en el plan de nadie y no puede dominarse. La que se filtra por las paredes resquebrajadas, como la humedad de las casas, nuevas y viejas. Una izquierda orgánica, terrestre, eco humana. Explosiva por momentos pero por lo general quieta y sabia en la espera de los acontecimientos populares. La que está agazapada y en el momento menos pensado: barre la basura, la recoge y limpia el panorama, lo despeja. Una izquierda también incidental. Parida por una especie de maleficio histórico. Crecida como un cáncer en los partidos tradicionales que nacieron populares y se hicieron burocráticos. Esta es la izquierda imprevista. Una izquierda no mediática ni mediatizada. Que habla otras lenguas, otros dialectos. Una izquierda silenciosa que envenena y cura a la vez. Enferma y genera anticuerpos. Una izquierda indomable. Conducida por sus propios virus.

En algunos países se expresa en movimientos sociales, en otros, a través de ramas obreras, en algunas provincias como manadas territoriales autogestivas. Sin próceres, sin dioses prestados. Una izquierda muchas veces virgen, como islas desconocidas, esas que no salen todavía en los mapas. A la que no han llegado los exploradores ni los viajeros. Incultas a la vista de los que se autoreferencian de izquierda. Imprevista. Oculta como los topos en el invierno. Que no sale en los medios porque los medios no saben dónde está. Huidiza como los gatos salvajes. Domesticable a fuerza de represiones y masacres. Esa izquierda que sabe colarse por las heridas abiertas de los partidos populares que han perdido el norte, es la izquierda que construye, a su modo, un socialismo imprevisto,  no siempre se presenta en las elecciones, no se muestra. Tal vez porque ya eligieron otro camino. Otro túnel subterráneo.