Después del neoliberalismo: la obscenidad del poder

Pareciera que hemos arribado a una nueva época en la historia de las ideologías. La buena noticia es que algo más pesado que las Torres gemelas está cayendo. La mala es que lo que viene es peor. No se trata ya de neoliberalismo. Trump no es neoliberal. Tampoco es populista ni siquiera de derecha, ni –obviamente- keynesiano: Trump es Trump. La tautología del poder.

Por Nicolás Lobos*

Ilustración "Un Ceo en la cúspide". Gentileza de Luis Scafati

Ilustración “Un Ceo en la cúspide”. Gentileza de Luis Scafati

 

Trump está inaugurando una época de sociedad de empresa donde una docena de multimillonarios se hacen cargo del Estado, no ya para representar al pueblo –obviamente-, ni siquiera para mentirle, sólo para ejercer su supremacía blanca, fálica y bélica. Los que llegan lo hacen enarbolando el odio racista, el odio contra los pobres, los vulnerables y los derrotados. Aquí presenciamos el odio contra Milagro Sala, allá el odio contra mujeres, mejicanos y musulmanes sin que nadie se ponga colorado. En algún sentido Berlusconi o Macri son sus predecesores pero ellos todavía debieron mentir un poco al principio a guisa de saludo formal. Ahora no veremos al poder económico sobornando, colonizando, cooptando al poder político. Ya no veremos al atildado Roschild, al culto Rockefeller o al filántropo Bill Gates condicionando desde las sombras las decisiones del Estado. Si alguna vez tuvimos que estudiar mucho y que aguzar la vista y el ingenio para develar y denunciar al poder económico o racial o patriarcal detrás de “lo civilizado” hoy ya no será necesario. Tampoco tendremos que denunciar al gran capital comprando medios de comunicación y usándolos para influir y moldear la opinión pública (el New York Times fue derrotado). Ni siquiera tendremos que impugnar la equivalencia entre democracia y libertad de mercado que hacían los viejos y correctos Chicago Boy´s -al menos universitarios capaces de alguna metáfora-. Ni siquiera se trata del pensamiento único, que era, a fin de cuentas, pensamiento. Hoy se trata de un sinceramiento atroz: el poder es la única verdad y la única mentira. Ya no hay distancia posible entre ellas. Ni siquiera se trata de adornar la realidad, racionalizarla, justificarla o argumentarla como se hacía en la época de los grandes medios. Se trata de la presencia limpia y blindada del poder. Si la Cámara de representantes en EEUU se había convertido -haciendo trampas a la democracia a través del lobby- en la cámara de representantes de las multinacionales, hoy ya no se está frente a esas mañas porque el poder económico es el poder político. Se trata lisa y llanamente de la prepotencia del dinero, de la primacía blanca, del belicismo y del triunfo del ego instalándose en el Estado como su lugar natural. El capitalismo ha destilado su esencia.

La sociedad de la transparencia ha llegado y no hemos ganado nada. Ya no hay metáfora. Estamos frente a la literalidad del poder. Y el poder ahora no es algo que se imponga sobre los ciudadanos, no es -en sentido estricto- dominación… dado que lo hemos elegido. “Queremos ser dominados por un winner de verdad” –pareciera decir el pueblo norteamericano- “si se trata de ser dominados no lo seremos por una feminista melindrosa, políticamente correcta, o por un negro devenido intelectual humanista, queremos serlo por un macho alfa, rubio y poderoso”.

La esfera pública se fue mediatizando, volviéndose espectáculo, y el mejor espectáculo -se ha demostrado- es el espectáculo sin mediación, sin metáfora: el reality show. La esfera pública no es “como si fuera” un reality show, no es que lo parezca: lo es. La vida privada de Trump y su reality de multimillonarios es la nueva forma de ejercer el poder.

Se ha acortado la distancia entre verdad y mentira hasta convertirla en cero. Se ha hecho desaparecer la distancia entre espectáculo y realidad. Se ha acortado la distancia entre el dinero y el poder político haciéndolo igual a cero. La distancia entre poder y representación no existe. El poder es el poder, sin más. Trump es Trump. Y la gente está ansiosa porque comience la función. Trump se constituirá en un nuevo Nerón, Dios en la tierra, emperador caprichoso y despótico con ejércitos propios. Obama quedará en la historia como el último naïf. Se ha hecho de la transparencia del poder la más obscena realidad. Se trata del poder pornográfico: “aquí se verán escenas de poder explícito” debería rezar una advertencia.

Si alguna vez existió algo cercano a la objetividad, si alguna vez se pudo construir algo parecido a esa resultante de fuerzas, ahora ya no es necesario. No se construye objetividad… simplemente se inventan noticias. El Brexit ganó por las mentiras que se publicaron en Facebook, lo mismo puede decirse de la victoria del No en el referéndum de Colombia, y qué decir de las últimas elecciones donde gana Trump. La teoría política deberá cambiar las categorías que está manejando y el resto de los habitantes de este planeta tendremos que ajustarnos los cinturones de seguridad.

Decíamos al comienzo que pareciera haber llegado una nueva época a la historia de las ideologías. Tal vez sea más atinado decir que es el fin de las ideologías. Pero no porque hayamos arribado a un equilibrio entre mercado y democracia según afirmaba en los noventa Fukuyama, sino porque el poder se muestra obscenamente. Ya no necesita travestirse. No necesita de metáforas. Si la ideología es la distancia entre el ser y el parecer, entre el tener y el aparentar, entre lo oculto y lo manifiesto, hoy esa distancia se reduce a cero. No hay ya poder detrás del poder. Es el poder, liso y llano. Si durante algunas décadas se pudo explicar la historia de Occidente como el enfrentamiento de los políticos -que defendían (con todas las comillas necesarias) los intereses públicos- y los empresarios que defendían intereses particulares, hoy ya no podemos hacerlo. Si el poder económico hacía esfuerzos por hablar en términos universales (ideologías), y producir metáforas al estilo “el mercado necesita…”, “el mercado desconfía…”, hoy ya no precisa de esas sutilezas de poeta. El poder económico en bruto ha ganado la pulseada. Ahora dice: “Yo, el poder, hablo”.

* El autor es filósofo, docente investigador de la UNCUYO