Estereotipo docente: el kirchnerista

pancirco_carteles

Fotografía gentileza M.A.f.I.A.

 

Por Pablo Doti

El 2016 venía como el culo, ya del vamos el mentado cambio, que a él no le había hecho nada de gracia, siendo como era un filokirchnerista de raigambre zurda; había empezado más que mal con el ítem aula. Los docentes “helioheads[1]”, para variar, pensaba él; se quejaban de la polémica medida pero no más allá de la sala de profesores. Y claro, eso lo exacerbaba porque no solo habían votado a un gobierno neoliberal a nivel provincial y nacional sino que ahora, encima, no eran capaces de salir a defender sus derechos. Hay que ver la desidia y amargura de esta gente, decía a quien le prestara el oído.

Y pasó que un día, en una siesta del desierto mendocino salió a correr como habituaba y topó con un auto que si bien no puso en peligro su vida tampoco le cedió el paso. El docente filokirchnerista reaccionó del peor modo: le mentó desde la madre hasta los hijos. Y claro, el tipo del auto, que era mayor de años y de cuerpo se bajó y le dijo qué te pasa flaco. Y el docente filokirchnerista, que era más bien petiso y flacuchento, contestó con un empujón que le resultó arduo pero que no interpretó como señal de la desigualdad física. Pasó, luego, que el tipo del auto le encajó una trompada y lo atropelló como hace el toro acorralado por la espada del torero. El docente filokirchnerista, eso sí, más ágil y entrenado de tanto correr, alcanzó a divisar que detrás de él había una acequia. La saltó y aprovechando la ira ciega del otro lo dejó caer a la cuneta.

Luego el filokirchnerista, como si solo hubiese buscado que le dieran una trompada, se alejó del tipo del auto. Fue al tiempo que una mujer mayor se acercaba y le decía al grandulón que no fuera aprovechado. El filokirchnerista le dijo a la señora que no se preocupara, que ya habían terminado. Y tuvo suerte porque el otro así lo entendió. Y entonces los dos hablaron. Entre agitados y confusos primero, qué que le pasaba, que si estaba loco, le preguntó el grandulón; el filokirchnerista dijo que si bien no había puesto en riesgo su vida, no correspondía que no le cediera el paso a los peatones, que un día se iba a mandar una cagada.

El grandulón le dijo que si quería plata. Orgulloso, gigante en el pedestal de sus convicciones, el filokirchnerista lo miró directo a los ojos y le arengó que él no tenía interés de sacarle guita, que supiera que era un peronista de Néstor y Cristina, que era un docente, además, y que si bien le pagaban poco, tenía la conciencia tranquila que no robaba ni mendigaba de malos modos nada.

El grandulón esbozó una sonrisa, se subió al auto y partió.

[1] Término despectivo que usaba para designar a los votantes del cambio.