Doce velas

fidel_che_padilla29-11-16

Por Marcelo Padilla

Está nublado. El mundo se ha nublado. De noche, el ocelote ha salido de su escondrijo a comer piedras. El pájaro bonito que vi cada amanecer le apuntó al árbol con los ojos cerrados, lo ha seguido una bandada groncha suicida, buscando picotear los espejos de todas las casas. Dejaron huevos. Eso, al menos, amortigua la supervivencia de la especie. Los hombres tiritan un “son” caribeño y sudan lágrimas. Ha dejado el planeta el Comandante de la Revolución. Se cansó. Su cuerpo se cansó de todos nosotros. Una revolución no es un hombre, sin embargo, por atributo de la especie, cuando deja el suelo su gran conductor, ese hombre cadáver que vuelve a la tierra baja, se convierte en un dios cercano. La emancipación es también un acto corporal. En el cuerpo es donde se libran todas y cada una de las batallas. No inmortal. Mito orientador del sentido de las prácticas humanas. Nos movemos en definitiva por símbolos propios. Y en esa coyuntura nos encontramos. En el más absoluto de los desamparos. El hombre a la intemperie. Huracanando. Estado primitivo: la tristeza. El ocaso de todas las matrices proyectuales. El amor no alcanza. Es la epilepsia social en estado puro. La variopinta paleta de patologías mentales que la ciudad ha producido por haber abandonado la tierra en la emigración de la especie. Dejar el suelo tiene ese costo: la tristeza en la ciudad producto del fracaso de las fantasías de la técnica. Se acabó el juego. Es la autoeliminación el proyecto inconcluso del comunitarismo primitivo a largo plazo. Pues el largo plazo ha llegado. Atómico.
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“Por no saber amar, o por cuidarme mal, de desengaños” o, “Qué será de mi amor en esta noche”. “Por tres monedas, en esta noche, vendo mi amor”. Con doce velas. Como la última cena. Se prende el fuego en la última cena pero no habrá esta vez traición. La idea no se ha formado claramente pero el que manda es el muerto. Hemos decidido volver al estado primitivo sin más proyecto que acompañarnos en el final del mundo. Para parir otra cosa, creemos, habría que empezar por ahí. No saber más nada y acariciarnos. Solamente eso. En la intemperie lo que espanta y conjura es el abrazo. Por eso cada uno de los presentes tiene una vela en su mano. El cielo nublado en noche. El mundo nublado. Para donde mires hay sombras y un banquete para pordioseros. Carne y pan. Y todos extraños entre sí pero juntos. Las posiciones de los cuerpos hablan. No queremos ningún aliento para levantar nada. El ánimo trabaja a su manera con independencia. Después de todo es bastante normal, simple y solo. El desamparo viene por contagio y por miedo. Estamos en la era del miedo.
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Explotan los jazmines delante de la casa. Los de Axel, ahorcado una tarde de mayo cuando llovió sin parar 28 días seguidos. Sin saberlo, la gente del barrio se los lleva para perfumar el ambiente de sus muertos. Jazmines para los difuntos. La militancia que hago es esa. Repartir jazmines a todos los vecinos que miran la planta cuando pasan. El jazmín es el medio para hablar. Entonces no me queda otra que elaborar la teoría de los jazmines para el dolor. El placer no me cabe. No siento placer. Simplemente una calma elástica. Placébica.
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No me importa ninguna explicación de los ciclos críticos del capitalismo y sus repercusiones. No es el momento. Que eso lo hagan los que necesiten las certezas del saber de los libros científicos del materialismo histórico. Las cofradías hieden.
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Es la piel la base material de nuestro deseo. Doce velas pobretonas que tiraron la noche. Piel y deseo. Adiós Comandante.