Jazmines para el dolor

Fotografía gentileza M.A.f.I.A.

 

Por Marcelo Padilla

Bajó el zonda al pozo de la ciudad y en la mente de los hedientos penetró; aún recluidos en sus casas, no pudieron escapar a ese estado espeso de locura que produce este viento ancestral en nuestros suelos desérticos. Seca la boca de los perros vagabundos, tierrea los ojos, lagrimea -especie de malestar confortable, cultural, que padecemos-. Tuve que hacer un trámite específico aquella tarde: devolver un dinero que debía. No tenía cómo ir hasta la otra punta del desierto. Pensé un rato y no pude más que apelar a mi tropa de cimarrones amigos, los que siempre están, los que manejan remises truchos. Por guasap pedí uno y cayó “el gordo” en un R19 negro baqueta. “Ey cumpa… ¿cómo la llevamos?”, “bien bien”, me dijo, “¿y vos mi hermano?”, “todo jamón cumpa, necesito un vorfa, yo no viajo, es para un mandado a la casa de una mujer, te explico cómo llegar y me avisás cuando le hayas dado la moneda que le mando… ¿te parece?”, “por supuesto hermano mío, dele nomás”. Entré a mi habitación y agarré las 3 lucas envueltas con un elastiquín y se las llevé al gordo. “Mirá, tenés que ir a la calle Miguel Cané, te vas por el acceso sur y le das hasta la entrada a Luján y de ahí a la derecha hasta San Martín, bueno, la calle Miguel Cané está frente a una YPF y es de tierra, ahí le das a la derecha y vas a encontrar la casa, es al 254, ¿capiche?”… “perfecto hermano, cualquier cosa le pongo el GPS, pero me ubico”, “genial, acá tenés la guita para el viaje… ahhh, pará, otra cosa le tengo que mandar”…
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Habrán sido las cinco y pico de la tarde cuando estaba en esa. A mis espaldas, una viejita encorvada pasaba por la vereda con una bolsita de pan y un bastón…estoica. El viento le pegaba en la cara y su peinado era un revoltijo, pero la ñora iba iba iba, contra viento y marea, lento. Parecía que la especie desaparecería para no volver jamás a habitar estos suelos. La viejita, última representante de la especie, quedaba como testimonio vivo para contarle a los que vengan qué fue de esta maldita civilización que se fue autoeliminando por desprecio y cansancio. Eso imaginaba…y quien debía contarlo todo tenía que ser esa viejita con bastón y pelos revueltos por el zonda, con una bolsita de pan en una mano… a su modo, levitando en un lenguaje inhóspito, con carteles y cables volando y árboles desarmados por la furia de la vorágine. La viejita pasó como una ráfaga en cámara lenta…
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En la puerta de mi casa tengo un jazmín enorme que perfuma al barrio. Cuando llegué a esta casa estaba alicaído por la falta de agua y yo lo recuperé en una estación a manguera pura por las noches. Y salen tantas flores que para no dejar que las queme el sol por las siestas de verano, las cosecho en el amanecer o antes de acostarme. Lleno compoteras de postre con jazmines y las reparto por las habitaciones y espacios de la casa. Los veranos perfuman.
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En una cajita de cartón puse 7 jazmines envueltos en papel de cocina humedecido y se los llevé al gordo. “Cumpa, llevále estos jazmines también, que no se te caigan de la cajita”… el gordo los miró con un pensamiento y no dijo nada, guardó la plata en una mochila y puso la cajita de jazmines en el asiento del acompañante. En el viaje a la otra punta del desierto, el gordo, iría acompañado de esos jazmines, un largo trecho. Nos saludamos y hasta la próxima.
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Habrán pasado tres días. Mandé  un guasap para pedir un cimarrón y… ¿quién me vino a buscar?… “el gordo” del R19 negro baqueta. “Eyyy hermano mío… ¿cómo andamos?”, “acá bien compadre, laburando nomás”, respondió. Y ahí me contó sin que le sacara yo el tema: “che, le di la plata y los jazmines a la mujer el otro día…”, ¿y? le pregunté. “Y bien… primero le di la plata, y después fui al auto y le di la cajita con los jazmines…uuuhhh… ¡¡¡no sabes qué contenta se puso!!!”, “me alegro mi hermano, gracias”. “Noooo, gracias a vos”, me dijo. Y prosiguió: “sabes, mi mujer hace tiempo me dice que quiere unos jazmines, a nosotros nos encantan, hacíamos lo mismo que vos cuando teníamos la planta, llenábamos la casa y las piezas… pero al que más le gustaban era a mi hijo, y por eso mi mujer me pide para ponerle en su pieza…porque ya falleció, hace cinco meses”.
Íbamos por la calle Brasil cuando me contaba lo de su hijo y los jazmines. Hacía calor y el gordo transpiraba a la par mía. El sol nos daba un sablazo por la espalda y ahí los dos, en ese clima helado dentro del R19 negro baqueta, con lo del hijo y los jazmines. Tragué y tragué. El nudo no se desataba de mi garganta, y el gordo ya tenía una lámina acuosa en sus ojos. El semáforo estaba en rojo y duró una eternidad, un instante de silencio donde el mundo se estrujó y suspendió.
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El hijo del gordo se había suicidado con tan solo 20 años hace 5 meses.
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No puedo describir ese silencio en este escrito, pero se me ocurre así: (…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………..)
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El semáforo dio el verde y seguimos y en cinco minutos ya estábamos en la puerta de mi casa. Cinco minutos de silencio sostenido. El gordo mofletudo y  con cara de bebé negro tragaba saliva. Yo hacía lo mismo. Paramos. “Cumpa, aguantáme un segundo aquí”, “Dale mi hermano”. Encaré a la planta y corté 15 jazmines, todos los que en ese momento brotaban de la planta, me fui adentro de la casa y busqué papel de cocina y los humedecí… y se los llevé al gordo. “Hermano, acá tenés estos jazmines para que se los des a tu mujer, son para tu hijo, para su pieza, esa planta que ves ahí (señalándole) ahora es de tu hijo, cuando necesites pasás y te doy más”, y le di un abrazo metiéndome por la ventanilla del auto. El gordo transpiró una lágrima. Y tragando más saliva se fue.
Así se vive. Así se sigue. Transpirando jazmines para el dolor.