«Si fueras hombre, no lo haría»

Historias (hiperreales) de la violencia machista.

 

 Por Catalina Arismendi

Venía pedaleando a mil por hora por una bajada divina (la que está antes del Parque Las Heras). Cuando estoy doblando para tomar el bajadón, un tipo con uniforme de una multinacional de gaseosas (digamos, roja, la conocen) me gritó: «¡Cuidado! Mi amor, con esas tetas». Claramente, antes de escuchar la grosería y gracias al énfasis en la primera palabra, casi me hago bosta para frenar porque pensé que venía, no se… el apocalipsis mismo, de como gritó el chango.

Frené, primero para no morir, después para preguntarle por qué me había hecho esa broma, que además de machista era extremadamente peligrosa.

– ¿Sabés que es el acoso callejero?, le pregunté 
– Sí, contestó
– ¿Sabés que puedo denunciarte por molestias indebidas según el Código de Convivencia Civil?, volví a preguntar.
– Sí, lo sé, afirmó.
– Okey, voy a tomar la patente del camión.

Estaba parado al lado del camión con otros cuatro compañeros de laburo. Cuando me acerco para tomar la patente, el hombre se viene a quejar de mi actitud mientras los otros le gritaban: «Pedile perdón, pelotudo» (y si, una mujer insegura no molesta a nadie pero un quilombo con tu empleador, eso sí que les da miedo, ¿no?). El hombre me empieza a decir que él no me había agredido, que no era albañil, que yo no tenía corpiño (es verdad, muchas veces no uso) y que eso obviamente iba a suscitar el grito que él me había propiciado porque soy mujer. Sus palabras textuales fueron: «Vos sabés por qué te grito, si fueras hombre, no lo haría».

Los autos  se hartaban de pasar, hasta que una mujer (y si…) joven, en un auto rojo, sacó la cabeza y me preguntó:

– «¿Flaca, que pasó acá?»
Él quiso responder por mí, ella lo interrumpió:
– «Le pregunté a la chica»
Contesté la verdad:
– Acá el amigo, por gritarme una opinión sobre mis tetas, me hizo hacer una maniobra en una bajada y casi me rompo la cabeza».
Ella paró el auto, se bajó.

Les resumo: todo bien, incluso con el cara que gritó. Terminó pidiendo perdón y nosotras explicándole que nos matan como chanchos a puñaladas, con cuellos de botellas, ahorcadas, violadas o empaladas a razón de una cada 20 horas. Y que es esa situación la que hace que un hombre como él, quien había reconocido saber que todo esto está ocurriendo, no pueda gritarle así a una chica sola, menos acompañado por todos sus compañeros (que nunca lo defendieron), y bajo ninguna circunstancia en general, ni siendo de la profesión/oficio que fuera, ni teniendo yo la ropa que tuviera o me faltare.

Guardamos los datos de su nombre y patente del camión a cambio de un compromiso de que no lo hiciera más, pero le aclaramos que si volvíamos a cruzarlo en esa situación lo denunciaríamos. También fuimos pedagógicas (para los señaladores de feminazis lo digo) y le explicamos que no era personal con él, pero que eso no quita que él tenía que hacer el aprendizaje, como todos.

El detalle que aclaré pero recalco porque todavía me queda en la cabeza, es que el tipo siempre reconoció que sabía la situación de inseguridad que vivimos las mujeres en la calle, que sabía que gritarle a una mujer la molesta, que sabía que es una actitud acosadora, que sabía que civilmente está mal y es denunciable (aunque nadie te daría un tronco de bola) y que sabía que podía suscitarle un quilombo en su trabajo. Igual me gritó. ¿Por qué? «No se, no pensé nunca antes en aguantarme». Esa fue su respuesta. ¿Qué hizo falta para que recapacite?: 1° Que yo hiciera algo al respecto en vez de, como usualmente hacemos nosotras, dejarlo pasar, 2° Que alguien pare a asistirme para que la charla no sea tan desigual como la calle misma, 3° Que alguien en la vida le exija reflexionar. 

Quiero dejar lo que yo creo que es la moraleja: hagan algo. Te dicen que los hombres no cambian ni cambiarán: es una MENTIRA PARA MANTENER EL STATUS QUO o seguir siendo un/a pajero/a. Si ven esa situación, o la viven (en este caso dentro de lo posible) HAGAN ALGO. Se puede cambiar. Es nuestro deber hacer del mundo un lugar mejor. Sólo hay que correrse del discurso y accionar cuando se debe. Todo el viaje dialogal llevó no más de 8 minutos. Al final él dijo para nosotras, «disculpen, no lo voy a hacer más». Yo dije para la piba, «gracias, no sabés el valor que tiene tu acción». Ella me contestó, «sí, si lo sé. POR ESO paré»