Moraleja

Relatos de la Argentina saqueada

Fotografía: Sebastián Miguel

 

Por Pablo Doti

J Había perdido el trabajo. La crisis era profunda y asoladora. Como a 4,5 millones de personas, lo garcaron. Primero lo convencieron de que renunciara. Le prometieron que  lo iban a volver a contratar. Él aceptó. No lo volvieron a contratar y se comieron su indemnización. Más a la corta que a la larga su mujer lo abandonó. Ya de mucho, de cuando se habían casado, que nada andaba bien. Por eso la mujer no le importó a J pero sí que se llevó al pibe. Ese fue el supremo bajón.

Con todo, una luz de tibieza entre tanta intemperie se le abrió a J: Pistola & Los Mugrientos, su banda de R`n`R, se volvía a juntar. Y claro, para él, rockear era vitamina para transitar el valle de lágrimas que es la vida bajo el régimen neoliberal. Un temor se presentó: ¿Y si el Nofeliz quería volver?

No, no es posible, se dijo J al principio: no le pinta venir a cagarse de calor o de frío, es bastante ratón como para gastar en la sala y lo lapidario: no tiene instrumento. Además lo echamos allá por los años de la primavera K.

Pero abrupta como se desencadenan todas las tragedias griegas; pasó que Pistola & Los Mugrientos consiguieron un toque en un tugurio húmedo y oscuro. Entonces el Nofeliz apareció. Su olfato admirable se había mantenido incólume entre esas ruinas que era su presente. Dijo que se había enterado que la banda tenía una fecha, yo también quiero tocar, tengo derecho porque la banda es de todos y además, yo quiero seguir mis sueños de ser rock and roll star. Los Pistola & Los Mugrientos intentaron explicarle que él nunca había estado en la banda. Que el grupo había sido a pesar de él y no por él. Y muchas cosas más.  Pero el Nofeliz no escuchó. Nada. Más al contrario siguió en que eran unos vergas y, ya al final, amenazante y desesperado, que se iba a recalentar si no lo dejaban tocar. Los Pistola & Los Mugrientos accedieron.

Y J sintió que el mundo era un patético carnaval. Y odió al Nofeliz. Y le pegó un golpe de puño en la cara.

El Nofeliz lo denunció.

A J, que encima le miraron el face y vieron que era k,  le marcaron los dedos y supo que ahora conseguir trabajo sería mucho más difícil.

También entendió que se debía andar con cuidado en la Argentina neoliberal: hay mucho Nofeliz.