Todas las pestes

Ilustración: Luis Scafati

Ilustración: Luis Scafati

 

Por Marcelo Padilla

Convivir con la monstruosidad, el miedo y la paranoia implica inventar dispositivos de conjura. Debemos reconocernos así, alguna vez, como animales simbólicos en medio del hedor. Mi hedor, tu hedor, el hedor de lo colectivo. La ira divina fue conjurada por los hombres occidentales fabricando ciudades donde ir a parar, y amurallar el gesto y el ademán del hediento. La ciudad pensada como laboratorio por occidente ha fracasado. El proyecto burgués occidental capitalista es en sí un fracaso más allá de sus constante flujos y reflujos en el acomodamiento, desigual por naturaleza, ensayado en varias formas por una izquierda de parches o por el neoliberalismo, da igual como resultado: el fracaso. Deberíamos empezar a pensar desde la negación y desde el fracaso, asumiéndolo, como parte de esta gran obra teatral en Latinoamérica. Somos el inconsciente de Europa, diría Rodolfo Kusch. Lo que vino aquí es lo que no pudo hacer Europa con los propios allá. Entonces ese desplazamiento.

La cultura objetual hace de la ciudad un patio de objetos donde el hombre busca “ser alguien” constantemente. La lógica occidental transforma las relaciones sociales en relaciones entre objetos y  mercancías. Y con ello un gran “desencantamiento” del mundo, tirando a los dioses por la ventana de los edificios. El hombre común se apoya en una barra de un café en la ciudad, el obrero se tira en la cama después de la jornada. El burgués busca un mejor posicionamiento en el mundo a cualquier precio. Nos hemos despegado del suelo. Justamente en eso consiste que cualquier símbolo termine siendo objeto descentrándolo de su geocultura. Todo pensamiento y símbolo sufren la gravidez de un suelo. Esto significa pensamiento situado, arraigado a la tierra. Desde dónde se mira al mundo implica revalorizar nuestra cultura. La negación en el pensamiento popular dice “no” para reafirmar su lugar. La cultura popular está hecha de símbolos y ese es su lenguaje que esconde a la Gran Palabra. Somos argentinos porque no pudimos ser americanos, dijo alguna vez Abelardo Ramos. En ese no poder está el síntoma cultural de nuestros territorios. Somos semillas pisadas que de tanto en tanto crecemos subterráneamente para producir el encuentro en comunidad. Lo tenebroso no debe ser expulsado o aislado. Hay que integrarlo como parte de nuestra convivencia y diversidad. De ahí la noción de barbarie, de ahí la noción de pueblo.

El gran problema que tenemos está en el alumbramiento de clases medias que siempre terminan mirando hacia otros lados olvidando de donde se viene, no situando su pensamiento y actuando desde la ira. La clase media actúa con la ira del mercader. Deshumaniza el origen de clase y pisa las semillas. Busca “ser alguien” en constante reclamo por más objetos y menos dioses. Es el fracaso también de los movimientos populares cuando llegan a un punto y no aprietan el acelerador actuando más en función de las demandas de las clases que se van acomodando, librados así al errático horizonte ideológico que no es otro que la acumulación de objetos. El tiempo se torna en un perverso mecanismo de frustración. Y de la frustración se contagian todas las pestes los movimientos populares.