El fetichismo del poder

Nada más idéntico a la violencia simbólica que la violencia mediática maquillada de peace & love.  Aunque los medios de comunicación “serios” se hayan colgado el cartelito Ni Una Menos, siguen marcando la pulsión del atraso a través de afirmaciones fragmentarias, o como dice Bourdieu: “artefactos, construcciones vergonzosas que son la caricatura del hecho metódica y conscientemente construido”, junto a significantes naif que sensibilizan para disciplinar, no para informar. Y de comunicar ni hablar.

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Norma Pimienta, periodista de Radio Nihuil, y un discurso irresponsable.

 

Por Mariana Zeballos*

Los mediáticos caminos de la proyección

Traspasar el corpus visible de la inmediatez, no pasar por alto los micromachismos, y deconstruir el sigilo de las pantallas, es la tarea. Por eso, para pensar la violencia mediática hay que reconocer el poder cultural de los medios de comunicación en la construcción de categorías como sistemas de representación que asignan valores. Pensar la violencia de género y la violencia mediática en Mendoza implica cuestionar y deconstruir la naturalización de prácticas que, de modo sutil -y no tanto- legitiman los mismos tratos desiguales que atentan contra la vida de las mujeres.

Como modalidad de resistencia, la defensa de los derechos de las mujeres y niñas tiene varias dimensiones, tanto como los mecanismos de representación mediática que operan a través de los discursos estereotipados que sostienen y profundizan la desigualdad, discriminación y violencia.

Basta con escuchar en la radio o leer aquí  la columna de esta comunicadora para darnos cuenta cuánto nos falta como sociedad si queremos salir de la trama del oscurantismo histórico, que ahora, con significantes naif oculta la ideología que lo funda. Y no es otra que la ideología machista, la misma que atenta contra la vida de las mujeres, la misma que nos prefiere hechizadas por espejitos de colores sometidos a los mismos poderes que nos niegan derechos.

En lo personal, respeto todas las opiniones -aunque no comparto ésta en particular- pero admito su derecho a expresarla. El mismo respeto que nos merecemos todas las mujeres y mucho más viniendo de una formadora de opinión pública que, se supone, no debería menoscabar el devenir mujer y el lugar de las mujeres en la historia. Porque aquí la ignorancia no viene de las mujeres que poblaron las calles, como ella expresa, sino de los abusos de poder y del atropello a nuestros derechos. Entonces, la manipulación mediática de cada día se hace presente y los mecanismos sutiles de opresión también, allí donde había mujeres movilizadas desde el coraje, la empatía y la sororidad, la comunicadora de  un medio masivo ve miedo y frustración. Pero- Lacan y Freud mediante- la claridad ha llegado: nada más mediático que los caminos de la proyección.

 

Devenir 26.485

Mensajes en la radio, en los diarios y en la TV, con destellos moralizantes e incitaciones ideológicas escondidos tras el velo de una neutralidad que no existe, nunca existió ni existirá. Ese arsenal del ilusionismo mundial que apunta a la desinformación de la ciudadanía para inocular el odio hacia los devenires minoritarios. Desinformación construida por los mismos que dicen informarnos. A esta altura podemos volver al párrafo uno, retomar a Bourdieu y ver cómo en la cultura mediática hegemónica se construyen noticias que son “artefactos” donde priman intereses, más que la reflexión consciente sobre los hechos.

Pero vivimos en un Estado de Derecho, con leyes que regulan nuestra convivencia armónica y todo comunicador y comunicadora debe ser responsable de sus dichos y sus silencios. No vale el ‘Ni Una Menos’ desde la superficie discursiva, si los mensajes están llenos de figuras estereotipadas que naturalizan la subordinación de las mujeres y nos siguen pegando abajo. Esto es violencia simbólica y violencia mediática, no lo digo yo solamente, la ley 26485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la violencia contra las Mujeres, en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales, en su artículo 5 dice que: “violencia simbólica es la que a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, iconos o signos transmite y reproduce dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de las mujeres en la sociedad”. Y la violencia simbólica encuentra en los medios de comunicación los canales para hacer circular los mensajes que naturalizan el pacto misógino entre el sistema patriarcal y los poderes que lo resguardan.  Siguiendo con la ley 26485, entendemos por violencia mediática contra las mujeres a toda “aquella publicación o difusión de mensajes e imágenes estereotipados a través de cualquier medio masivo de comunicación, que de manera directa o indirecta promueva la explotación de mujeres o sus imágenes, injurie, difame, discrimine, deshonre, humille o atente contra la dignidad de las mujeres, como así también la utilización de mujeres, adolescentes y niñas en mensajes e imágenes pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o generadores de violencia contra las mujeres”.

Podríamos enfocar la problemática dando valor de verdad a una perspectiva funcional a la mercantilización de la sensibilidad, como prefieren algunos conductores radiales, televisivos y editores sospechosamente light, pero si así lo hiciéramos, además de rozar el delirio estaríamos segregando a quienes no comparten esa perspectiva. En una sociedad democrática hay que tenerlo en cuenta, y es el Estado quien debe darnos respuestas cuando nuestra vida está en peligro permanente. Por eso marchamos las mujeres. Y por eso el color negro del duelo, nos duele. En cambio, a los femicidas y sus cómplices, los que gozan y celebran los abusos de poder no les duele nada. Explicar esto está de más, pero las columnas de opinión en algunos medios indican que aún es necesario decirlo, fundamentalmente, para combatir la violencia simbólica de cada día, vehiculizada a través de la violencia mediática.

 

Ponéte las gafas violetas

La composición social e ideológica de las marchas es heterogénea. Eso implica que coexisten distintas perspectivas en torno al tema y por lo tanto diferentes formas de manifestarse. Pero esto no quiere decir que debamos caer en las redes de la  manipulación mediática y de los inoculadores de la ignorancia organizada, ese velo, tan antiguo como sus artilugios.

El miércoles 19 de octubre en Mendoza, y en todo el país, pararon y marcharon mujeres hartas de violencia machista, miles y miles de mujeres autónomas, empoderadas, llenas de coraje, empatía y sororidad. Mujeres de distintos estratos socioculturales, mujeres desde la diversidad y la pluralidad de ideas, credos y pensamientos. Mujeres que están “más allá del bien y del mal” de la hipocresía institucionalizada por los poderes que las revictimizan cuando no les toman las denuncias y cuando los medios de comunicación naturalizan y legitiman las mismas prácticas históricas de desigualdad que conducen a la peor de las violencias: los femicidios. Mujeres que aun desde el dolor pudimos alzar la voz y mostrar a los poderes hegemónicos que las gafas violetas seguirán irrumpiendo contra todo fetichismo mediático de alta gama.

*Comunicadora Social y gestora cultural.

(ver también Periodismo militante (con Pimienta a gusto)