Epigrafía de un exordio para todo nacimiento

iquito_peru

Por Marcelo Padilla

En el celaje… estamos en el celaje.

Río, selva, soledad.

Sin dios.

Voy a preguntar cuál es esa música que suena todos los días

y me rompe

suena las escondidas

un día por la mañana o

en la tarde caída

desparramada sobre los caseríos pobres de Iquitos.

Tomo el café hirviendo y

Colonial saben las esquinas abandonadas

chorreadas por el último barro del río,

por ahí es triste

-ese piano giratorio debe estar entre las plantas curadoras-

es música que pone Walter, el viejo ex amigo de Werner Herzog.

La escucho y me levanto como una serpiente cansada

Envolviendo la mesa y las sillas del cuarto

en Casa Fitzcarraldo.

Arriba el cedro anciano de Loreto otea

a las comarcas jóvenes

-huyen a la selva los sábados

a la isla de la eternidad gastada-.

Una música para barcos planeadores y parceleros de humedal

ha dispuesto de la orgía.

Hablaba de los caseríos

en el asentamiento que estira la vida de los niños

descalzos de clase

niños selváticos y caníbalmente juguetones

dueños de pelotas de fango.

Sorbo más café del tazón y prendo un

nuevo cigarrillo, en instante cimarrón  agudo,

mientras, a los niños arrastra

-cotidiana-

la boca de anaconda que los traga en pleno anonimato social

luego escupidos en el río.

Hay amasijo en esos hombres tirados en hamacas

pasados de humedad con ropa tendida y,

mujeres fritando tiempo.

Voy a preguntar sobre esa música

-la de Walter amigo de Klaus Kinski-

para saber si encalló en Iquitos a ofrendar a los hechiceros su destino,

y, por qué no salió jamás del entramado selvático su hembra, él

esperándola así,

en un sillón de boina blanca y copa de vino transpirando

siglos

de nubes y otros calendarios

en leyes viscerales que raspan el goce

y el llanto ayaguasquero, música para no retornar

agua vomitada

sobre las calles, el río, la tundra, las casas bajas de madera

sumergidas en Belén o en Maynas.

Las favelas acuáticas pescan el amor

hacen de a diez niños por orgasmo

purgatorio y paraíso

de aquí, no se sale así nomás

de este maldito sitio te escapás o te quedás

a gastar la eternidad en una hamaca sin destete

y de tanto en tanto tomar de las plantas toda su sabiduría fermentada

a olvidar otros mundos y marchar con los Curacas al Congreso Nacional cortando cabezas de tombos.

La selva, por momentos, tiene un perfume de muerte y una música para averiguar por qué,

sin que nadie te responda,

ni en el leprosario de San Pablo, donde estuvo hace décadas el Che Guevara, en selva metida

atendiendo indios pordioseros.

Saben:

la mancha en el ocelote que no se ve

es

el ocelote

como los miles de tullidos de favelas acuáticas tirados en la vereda de por vida.

No

la veda no ha permitir el ocaso de tantos dioses

el cristo y la virgen son meros mascarones de proa para ocultarlos

metida en todos los estómagos, la diablada allá,

los profetas del miedo tumbaron flechas viudas

zumbaron a unos metros,

este resto, zumba

entre iglesias evangélicas vaciadas

toda iglesia acá se inunda

y la palabra de dios no encaja en los dialectos.

Sobra inentendible, cuando filmó el alemán “Aguirre, la ira de dios” y “Fitzcarraldo”

un embrujo ebrio.

No hay más fotografía que la ventana de los ojos de Loreto

que mira celoso al Nanay, al Itaya

y le teme al Amazonas,

como las embarcaciones con miles de pollos de un lado a otro

con miles de árboles quebrados para muebles de exportación.

Sufren los bichos la muerte agazapada,

en la madrugada, se atreven solo las vírgenes a caminar por los andariveles, como visitadoras de Pantaleón

los padres del limeño son de aquí y él ha venido a visitarlos haciendo seis horas en bote

a darles el último beso

a redimirse del desagüe.

Café pasado y frío,

el aceite de la caña lava miserias de Walter despotricando

baja el río y nace basura funeral

otras formas del amor antes del virreinato

en todo

nativos fuimos

hasta en la rancia epigrafía de un exordio para todo nacimiento.