Nos están matando

La violencia contra las mujeres, la violencia machista, es un problema estructural a nuestras sociedades, directamente relacionado con la desigual distribución de poder entre los géneros. Mientras los femicidios se suceden en nuestro país, no hay por parte del Estado, prevención, atención ni reparación adecuadas. Se organiza un paro nacional de mujeres.

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Ilustración: Luis Scafati

 

Por Valeria Hasan *

Una, dos, tres, cuatro… septiembre fue el mes que condensó la intensidad de la muerte en un estremecimiento mudo. Femicidios sucesivos, biografías truncas, violencia machista en su extremo más cruel.

Octubre tiene a su vez sus nombres propios. Beatriz Cañumán, fue asesinada en El Bolsón el 11, apuñalada por su marido. El 9, la adolescente marplatense Lucía Garavano, violada y empalada, murió de un paro cardíaco como consecuencia del brutal abuso.

¿Crece el número de asesinatos? ¿Aumenta su visibilidad? La estadística pública señalaba para 2016 que una de nosotras muere en Argentina, cada 30 horas, por violencia machista. A esta altura ya no quedan dudas. No tenemos tiempo ni siquiera para la reacción. La seguidilla de noticias por femicidio nos ha dejado absortas, con una tristeza que trasuntamos en el cuerpo, no encontramos las palabras. Y cuando las palabras ya no caben, hablan las acciones, hablan las emociones, habla el dolor.

Las mujeres salimos a la calle a decirle al patriarcado que nos queremos vivas, que la violencia contra las mujeres es social y es generalizada. Se trata, por tanto, de un problema político y social. Requiere, por lo mismo, de políticas públicas de prevención, atención y reparación. Requiere del cumplimiento de las leyes vigentes. De todas las leyes que se relacionan con la violencia de género: la 26.485 de “Protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en todos los ámbitos que desarrollen sus relaciones interpersonales”, pero también la ley de educación sexual integral, la ley de trata de personas, la ley de salud reproductiva,  la ley de parto respetado, la de identidad de género.

Cada una desde sus aristas particulares implica vulnerabilidades que deben ser atendidas por el Estado, quien si no lo hace se convierte en el principal responsable de la violencia contra las mujeres. Hacia él van dirigidas las demandas de emergencia, de respuestas, de implementación de las leyes vigentes, de regulación, de ejecución de presupuestos, de formación adecuada de los/as agentes públicos (en los ámbitos de la justicia, de la salud, de la educación, etcétera). Es ese Estado el que no puede, en la voz de ninguno de sus representantes, indicar que la violencia de género es un problema íntimo, de pareja o privado.

Tampoco es una acción individual o excepcional producida por una persona (varón) enferma o monstruosa. La violencia física es un problema de salud pública que afecta a más de un tercio de las mujeres en todo el mundo. La OMS dio a conocer en 2013 que el 35% de las mujeres experimentarán hechos de violencia, en algún momento de sus vidas, dentro o fuera de su pareja. Ese informe reveló que la violencia por parte de parejas o exparejas es el tipo más común de violencia contra las mujeres, afectando al 30% a nivel mundial. De una consulta a estudiantes en un aula de 100, entre varones y mujeres, en septiembre de este año, en la carrera de Comunicación Social de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCUYO, acerca de quién, entre las mujeres presentes, no había sufrido a lo largo de su vida algún tipo de violencia de género (especificando entre las posibilidades acoso callejero, abuso sexual, violación, peligro de violación, maltrato físico, maltrato psicológico) no se obtuvo ninguna respuesta positiva. Es decir, de las más de 70 estudiantes mujeres consultadas, ninguna pudo responder que nunca había sufrido algún tipo de violencia de género a lo largo de su vida. Más de 70 mujeres. Todas habían sufrido algún tipo de violencia de género.

La violencia contra las mujeres, la violencia machista, es un problema estructural a nuestras sociedades y está directamente relacionado con la desigual distribución de poder entre los géneros. La antropóloga argentina Rita Segato ha marcado, con precisión, que la violación es un castigo o una venganza contra una mujer que salió de su lugar, de su posición de subordinada. En este sentido, indica que se trata de un acto disciplinador y vengador. Lo importante para reflexionar es que no estamos, desde esta perspectiva, analizando éste o aquel caso, como hechos particulares y privados, sino como expresiones de la violencia patriarcal que demandan a las mujeres volver a un cierto orden: a la vida doméstica, a la obediencia, la sumisión, la fidelidad, la heteronorma, las tradiciones consagradas, los “valores morales”.

Enunciados tales como “mi grito de que arda el patriarcado queda chico”, “he quedado muda”, “nos queremos vivas. Basta”, “busco palabras para tanta rabia y tanta tristeza”, “vivas, ¿entienden?”, “basta, basta ya del abuso, de las muertes, del ensañamiento con nosotras” son sólo algunos, recuperados, rápidamente, de las redes sociales y dan cuenta del estado de ánimo por estos días en que se está organizando un paro nacional de mujeres para el próximo 19 de octubre. Salir de víctimas es la consigna. Quizá pintar paredes, aunque moleste. Tal vez, cantar gritando, aunque suene a insulto. A lo mejor, un poco más. Nos están violando. Nos están matando.

 

* Comunicóloga, doctora en Ciencias Sociales. Es investigadora del Conicet y docente de la UNCUYO. Pertenece a la Red PAR (Periodistas de Argentina en Red por una comunicacion no sexista)