Elogio de la negación y del resentimiento

scafati11-10-16

Ilustración Luis Scafati

Por Marcelo Padilla

Somos una rara especie americana. Nacimos –si es que hay un origen que pueda estipularse- en clara posición de espera. Siempre estamos esperando, haciendo pero esperando. Cuando vinieron los piratas en algunos lugares se les ofreció resistencia pero en otros no, se los atendió como visitantes al paraíso y se les sirvió en la boca mientras nos sacaban el puñal enterrado por la espalda. De ahí venimos. De un puñal enterrado en nuestras espaldas, chorreando la sangre que regó los bosques, la yungas y humedeció el desierto. Nacimos de la traición. Somos hijos de la traición. Desde la empresa colonial europea que visitó nuestras costas pasando por los ingleses expoliadores y los ambiciosos norteamericanos somos una “nación imaginaria” denominada Argentina, porque como dijo Abelardo Ramos: “no pudimos ser americanos”. Nuestra Patria Grande existe desde la negación y no habrá otra manera de sernos porque nos impusieron a capa y espada culturas impropias, economías expansivas y políticas maquiavélicas. En esa hibridación nos hemos parido a nosotros mismos y hemos generado a través de la historia movimientos populares, nacionales y latinoamericanos desde la negación de la matriz occidental. Por eso nadie que piense con cabeza colonial entenderá al peronismo, al sandinismo, al chavismo, entre otros colectivos políticos de este lado del mundo.

En nuestras entrañas hay resentimiento. Y ese resentimiento es la forma que tenemos para afirmarnos como sujetos históricos frente a la avanzada del progreso que lo puede todo por la lógica global del capitalismo. Pero es un resentimiento fundante de una cultura política muchísimo más popular y democrática que la de los que se llenan el buche con categorizaciones racionales. Por decir, los partidos políticos, formados en el internacionalismo con sedes lejanas. “Estar aquí y ahora” es tal vez el punto más álgido de la historia. “Estar” es una síntesis de todas las traiciones que acumulamos. Rara especie. Polisémica, plural, popular y multiétnica. Nuestra raíz jamás pudo ser expropiada aunque hayan talado una y mil veces las copas de nuestros bosques. El brutal asesinato del Chacho Peñaloza en Olta replica biológicamente en el resentimiento venal de todas las generaciones posteriores. Es la sangre derramada sobre la pacha que hizo crecer variedades terrestres, voces epifánicas de rebeldía humana, demasiado humana. Y la filosofía por estos pagos no tiene otro problema más que el problema de la liberación. Más allá de las modas teóricas importadas y de los modistos, siempre habrá cultivo con sangre propia porque mientras maten a los nuestros habrá coágulos en la historia que serán piedra en el zapato de todo intento colonizador. Somos eso también: coágulos en la sangre de los sanguinarios. Como el peronismo pero no únicamente con él, aquí nos hemos juntado por diferentes motivos los que no tragamos la perversa hiel. Por eso el odio de los colaboracionistas de todas la épocas. Antes ellos mandaron a sus hijos a estudiar a Europa y ahora importan “verdades” en las academias rumiantes de saber dominante. No incumben los hombres, valen las puebladas y sus posteriores organizaciones No hay revolución posible que no sea afectiva porque re-sentimos los avances populares como tesoros a cuidar. Porque las venganzas en los retrocesos siempre fueron terribles y no perdonaron la limitación a sus privilegios. Aquí se vive como se puede y no como se quiere. Y así ha de entenderse la política en un país y en una América diezmada por los dueños de la tierra, de las industrias, de los medios de comunicación concentrados, de los empresarios del saber, de los acumuladores de cultura. Tenemos por herencia un conocimiento que no podrá ser arrojado del barco. Al Titanic lo hundieron ellos y a los muertos nos los quieren adjudicar a nosotros. Siempre habrá una carta escrita a mano que será levantada por un compañero para leerla en las cuevas de la resistencia.

Rodolfo Kusch plantea una disyuntiva interesante: “el ser occidental” de la ciudad frente al “mero estar” del hombre del altiplano. No obstante, aunque algunos lo acusen de indigenista, lejos está de esa simple clasificación. Lejos de todo esencialismo. “El ser” en la ciudad es una conquista de los mercaderes del siglo 15 y 16 que colonizaron estos lugares latinoamericanos. Formaron las ciudades y, el proceso de formación de las ciudades llevó al individuo al “afán por ser alguien” en la ciudad. “Ser alguien” respondería  mi juicio a la lógica capitalista que persigue lo que sea. Objetos, saberes y técnicas. En ese afán el hombre se olvida de su espiritualidad  –que nada tiene que ver con la religión de estado- y pasa a adorar a los objetos. Por ello Kusch le llama a las ciudades “el patio de los objetos”, donde se guardan los bienes a conquistar por el afán del hombre de “ser alguien”. De ahí… la destrucción de la naturaleza, despegada y concebida como un objeto. En “el mero estar” del pensamiento ancestral y en el de las masas, las divinidades rigen el ciclo de la vida que respeta a la naturaleza porque es considerada parte. De ahí que no se comprenda desde una visión positivista a la gente que vive solo de la crianza de ovejas, llamas, chivos, en una “economía de amparo”. Una “economía de amparo” es una forma de relacionarse con el cosmos. De ahí que el ciclo del sol constituya una forma de organización comunitaria, especialmente en el ciclo agrícola. Por eso otros dioses y otras celebraciones que vienen del legado incaico que tuvo su sede, o su meca, en el Cuzco.

¿Qué tiene que ver todo esto con el peronismo, se preguntarán? Pues bastante. Porque Rodolfo Kusch no se queda en el pensamiento ancestral para cosificarlo. Lo ve dinámico y entiende que en las ciudades pobladas, por los procesos demográficos del capitalismo en su fase industrialista, se produjo la migración del campo a la ciudad. “La ciudad” representa para el que emigra de sus pagos, una “fantasía de salvación”, una oportunidad de “ser alguien”, de ser individuo y no comunidad. Y en ese afán la mayoría encuentra el límite que ponen los mercaderes, primero comerciantes pequeños y luego burgueses oligárquicos. Ese límite vendría a “reconstituir la relación entre el mero estar de los pueblos suaves movidos por las aspas de las divinidades y la idea de masa o comunidad”. Donde el individuo se licúa en un proceso de desplazamiento hacia otros valores como la solidaridad y la lucha por los derechos estorbados por los mercaderes. Por eso es que crean nuevos semidioses hombres/mujeres para ser representados “en el pensar y sentir”, en “el estar” en la ciudad, en las celebraciones paganas, en las liturgias y en la mística. En definitiva, recuperan el pensamiento mágico biológico y cultural en “el patio de los objetos”, la ciudad. Buscan y empujan por entrar en La Gran Historia frente a la “pequeña historia” de los liberales que ven solo héroes y masas conducidas. La Gran Historia es la que hace la masa y la comunidad y la “pequeña historia” es un deliberado ajuste del mercado que hace de San Martín, Perón, o quien sea, solo “individuos héroes” que condujeron masas sin saberes ni conocimientos. Y en Kusch es al revés. La masa “crea en el patio de los objetos a sus líderes”, que son ancestrales. Porque en la emigración llevaron en su ADN las formas de “las economías de amparo”, “el mero estar del hombre” que se queda cuidando su parcela adorando al sol. Por ahí le podemos entrar al peronismo para entenderlo y sentirlo. Sobre todo hoy que se ha perdido todo. Pero dentro del mismo peronismo, “esa inmensidad que no se sabe”, hay quienes quieren “ser alguien”, formar parte de la “pequeña historia” y quienes quieren “estar siendo” masas revoltosas que crean espacios de liturgia desde el llano o desde las plazas de los barrios. También entiendo que es posible aplicar este modo de pensar (que dista mucho de ser instrumental) a la formación de la organización barrial y campesina Túpac Amaru. No por nada nació en Jujuy, la provincia límite con Bolivia. Pensar al país desde Jujuy es una afrenta contra los mercaderes de las “ciudades patio de los objetos”. Y eso hizo Rodolfo Kusch, se preguntó por qué no pensar al país al revés. Pues bien, ¿por qué no pensar al peronismo al revés, justo ahora, que quienes ya se muestran como candidatos a algo a futuro no son más que individuos con afán por entrar en “la pequeña historia”, mientras por abajo se dan, sin pedir permiso, espacios de discusión y organización colectivos que pujan por entran en La Gran Historia?