¡Alpargatas sí, libros no!

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Foto de Instagram de Mauricio Macri • 1 de febrero de 2016 a las 11_35

 

Por Marcelo Padilla

De yute, esas, las que se mojan y pesan dos kilos en cada pata. Esas alpargatas azules o negras. Las del cosechador o las del simple campesino. Hay una ancestralidad ahí, en ese eslogan de la época. Anónimo y de masas, como un trapo gigante que se despliega en la tribuna popular. Mal entendido, mal interpretado, maliciosamente difundido por los profetas del miedo. Los libros representaban en ese corsé al enemigo cultural de clase. Los libros de la oligarquía, los libros de los culturosos elitistas, los libros que desde “El matadero” de Echeverría pintaron al pueblo como salvaje y bárbaro. Braden o Perón….se igual. Otra ancestralidad allí para tomar en cuenta. No es el nombre, es la masa que vehiculiza su potencia vital a través del nombre. Las alpargatas representan al pueblo laburante y al desclasado, al ninguneado que el Irigoyenismo representó luego de El Grito de Alcorta. Aquellos que inundaron la casa de gobierno cuando Don Hipólito asumió su primera presidencia en 1916. Las alpargatas llegaron cerca del poder político y luego con el peronismo se metieron de lleno. Los libros eran de “los que sabían”, el pueblo solo cantaba su saber, y el cantar era una forma de decir la verdad popular a través del clima y la atmósfera de la época. El pueblo canta y no lee. Y si canta pare a payadores letristas y no a poetas de culto. Luego se empoderará y el folclore y el tango serán la música de esas voces masivas que atestaron las ciudades poblando los conventillos y los bares. En todo caso el folletín o el aguafuerte en el diario constituyeron esas mediaciones para el acto del leer. Para los que sabían leer y lo hacían en voz alta, para que escucharan los que no sabían leer en un bar o en una pulpería. En el eslogan está el núcleo de una postura y una toma de posición de clase. Pero lo profundo es lo que representa: una apropiación popular que se enorgullece de “La” alpargata frente a los libros de “Los” profetas del odio. Igual ocurre con los putos. Los putos siempre perseguidos se terminan de reivindicar a sí mismos como “putos” y no como gays, les arrebataron la palabra que los despreciaba para dejarlos sin discurso. Putos, si, como los villeros que empezaron a reivindicar la villa. La cumbia villera. El elogio de la villa frente a la ciudad hostil que los cerca y lo expulsa y encima les manda a las fuerzas represivas para allanar sus casuchas. En la villa hay un decir propio también, un lenguaje que se construye desde la imperiosa necesidad de sentirse dignos. Y allí se las arreglan. Alpargatas, libros, putos, gays, villeros, ciudadanos, civilización y barbarie. Es una tensión permanente. Ahora los libros representan un medio para conocer, pero todo libro encierra una paradoja: qué libro y qué conocer. La Feria del Libro se hace en la Rural donde las vacas mugen. Justo ahí. Mientras… las alpargatas. Mientras… las tecnologías. La contradicción del eslogan implicó “enfrentar al establishment cultural dominante” desde una expresión que marque en toda su dimensión la lucha de clases: alpargatas sí, libros no. Vamos pues, qué difícil es entenderlo para quienes creen en la moral de los superiores. Habría que hacer “La Feria de la Alpargata”, y exponer y presentar libros que hayan nacido desde el anti canon. Sin editoriales presuntuosas, sin mecenazgos ni tribunales de juicio estético. Cantos, cantos de alpargatas de desconocidos. Cantos de libros cartoneros. Palabras cantadas del populacho. Y que no salga en ningún medio de comunicación promoviéndola. Ellos ya se encargan solos de ponerse del lado del Braden de turno.