El cuento del tío Sam

Van al pie sin que los llamen, y se arrodillan antes de que los saluden.

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Por Julio Semmoloni

TN, el colonizado y cipayo canal de noticias de Clarín, difundía una y otra vez, como suele agobiarnos, la novedad que una base secreta de Estados Unidos en Groenlandia había quedado al descubierto por el intenso deshielo que registra esa isla-continente. TN de inmediato obedeció la línea bajada desde el Norte: la potencia hegemónica ya no tiene pudor en enterarnos que tiene una base prohibida en un territorio virgen, y los sumisos de siempre la emprendieron con la generación de alarma por lo que estaría causando el cuento del “cambio climático”.

Para el periodismo criollo devoto de la fiestita anual del 4 de julio en “la embajada”, el golpe informativo, la conmoción, está en la gravedad del deshielo y no en que con esa base, como lo denuncia Oliver Stone con documentación acreditada, contribuye a sumar en el mundo 15 millones de hectáreas (o sea, 150 mil kilómetros cuadrados, la superficie de Mendoza) que EE.UU. ocupa con sus miles de bases militares.

Cuando inocularon al planeta con el relato etéreo del “calentamiento global” como lo más terrible que podría desencadenarse a mediano plazo, el riesgo palpable para la conservación de la vida humana si se utilizara el arsenal atómico producido por el complejo industrial-militar de EE.UU., pasó a segundo plano.

Poco importa ya que puedan destruir la Tierra las veces que quieran con otro mediocre igual a Truman que dé la orden desde la Casa Blanca. Ahora cuentan con el antídoto suministrado por el cine, la televisión, el periodismo e internet, que nos alecciona lo suficiente para confiar en que no se atreverán a repetir el acto genocida que sólo ese país cometió en la historia reciente como represalia (a Japón) y advertencia (a la ex URSS) belicistas, arrojando sendos artefactos nucleares a Hiroshima y Nagasaki.

La base aparecida debajo del hielo era secreta porque se construyó en 1959 donde no se debía, burlando los términos a menudo ridículos de la llamada Guerra Fría. Disponía de 600 misiles, y a los pocos años fue desactivada. Este tipo de noticias no causa impresión en la gente común. Está acostumbrada a recibirla fuera de todo contexto, por lo tanto es incapaz de procesarla como se debe.

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En cambio el cuento del “cambio climático” que EEUU inculcó a través de un vicepresidente, por ejemplo, todavía sigue produciendo un gran temor en la población convenientemente inducida por informes que tampoco puede discernir. Se le ha hecho creer a la mayoría que el “calentamiento global” es el peligro más severo que se nos viene encima, aunque los científicos no tengan manera instrumental fidedigna de cotejar las variaciones de las temperaturas terrestres actuales con las de hace unos pocos siglos o milenios, para certificar que la vida puede estar gravemente amenazada.

La ciencia y la meteorología aún no pueden explicar con datos fehacientes las causas y consecuencias del diluvio bíblico acaecido hace miles de años, y que lograron comprobar los arqueólogos. Un cataclismo de esa magnitud no se ha producido ni de cerca últimamente en el planeta, supuestamente más castigado por los efectos de la contaminación ambiental de la industria y el transporte.

Por qué la referencia a este “cuento del tío Sam”. Porque, y a esto sí que TN le resta importancia o lo oculta, desde el 10 de diciembre la Argentina volvió a alinearse (puede leerse alienarse) detrás de EE.UU. De ser un país que durante 12 años y medio fue conducido como ningún otro por la voluntad soberana de su gobierno, actualmente somete su política oficial a la determinación (no escrita ni oída) de EE.UU., es decir, por propia decisión asume la condición de vasallo de los intereses yanquis.

La primera condición que impone el vasallaje es reconvertir a la Argentina en el país agroexportador que siempre impusieron en el patio trasero, que no le agregue valor a sus materias primas, y reinicie otro proceso acelerado de desindustrialización.

EE.UU. no tiene aliados ni amigos. Las revelaciones flagrantes de Snowden lo demuestran, con material secreto fidedigno de CIA y NSA. Su poder es tan vasto y destructivo que se ha quedado solo, por eso espía a todos los demás países. Tiene motivos para sentir que el resto recela y puede conspirar contra sus brutales privilegios.

Tampoco es conveniente antagonizar con EE.UU. en cualquier cosa, y menos  por presunciones ideológicas como lo hace Venezuela. Fue el error táctico del kirchnerismo. Hay que ser pragmáticos y mantener un perfil bajo. Acudir al G-20 para sacar provecho de esos vínculos al más alto nivel internacional. No para patear el tablero y desnudar nuestro juego.

Con gente como Malcorra, Prat-Gay, o el mismo Macri, queda garantizada la subordinación a los caprichos y el rencor del más grande imperio conocido. Y a la Argentina, por raro que parezca, siempre le fue mucho mejor cuando se mantuvo ajena a esa dependencia. Es un caso paradigmático porque la economía argentina no es complementaria de la de EE.UU. Salvando enormes diferencias de escala, ambas economías compiten entre sí, y en general la relación comercial ha sido deficitaria para nuestro país.

El único argumento de los cipayos del PRO para naturalizar que EE.UU. vuelva a someternos es la avalancha inversora de capitales. El otro cuento del tío Sam, de cuño neoliberal, que engrupe a la ortodoxia latinoamericana. Eso sí, las renovadas relaciones carnales pueden volver a traer graves riesgos en materia de seguridad. Los atentados a la embajada de Israel, a la AMIA y para darle muerte al hijo de Menem fueron las “recompensas” por darle prueba de fidelidad en los 90 al atroz designio imperial de Estados Unidos.