La confianza de clase

Fotografía: gentileza M.A.f.I.A.

Fotografía: gentileza M.A.f.I.A.

 

Por Marcelo Padilla

“Fiar” viene del criollo “no tengo un mango dame un paquete de fideos y una botella de tomate que te lo pago cuando cobre”, y también, en su acepción más refinada “anotámelo para la semana que viene”. Si consultamos el diccionario de la RAE dirá:

Dicho de una persona, asegurar que otra cumplirá lo que promete o pagará lo que debe, obligándose, en caso de que no lo haga, a satisfacer por ella”.

En latín no me interesa. Y la más vulgarizada nos dirá “confianza”. En fin, el lector puede elegir la que más le convenga a su parecer sea ésta en criollo, refinada, vulgarizada o técnica. El fiado es un acto básicamente de confianza proxémica, de un lazo cercano entre un (supongamos) almacenero o kiosquero y su cliente que transan sin que medie de manera inmediata dinero, o mejor, postergando a través de esa mediación la contrapaga. Es decir, o sea, sin palabras.

En tiempos pretéritos, hace unos años cuando “reinaba la corrupción” en los gobiernos anteriores, en los comercios chicos de barrio podíamos encontrar el típico cartelito “no pida fiado”. Hoy no existen esos comunicados, al menos en el kiosco de Marito y su viejo o en la verdulería de la esquina donde atiende mi amigo “el capo”. Lo que sí hay en esos lugares es libreta o cuaderno donde se anota el nombre del cliente y el monto fiado por la merca que se lleva, postergando el pago, en un acto más que de confianza, diría de desesperación por asegurarse las partes sus intereses: una para esperar el contrapago cuando aparezca el cliente y la otra para asegurar el morfi de “ese” momento.

Ayer vi un cartelito en otro negocito cercano en el barrio que compite en la zona con una estrategia comunicacional diferencial frente a sus colegas que reza: “acá sí se fía”. Desde hace más de un año, poco antes del nuevo gobierno, se empezó a fiar a pesar de la prohibición explícita que establecía el cartelito. La gente obviaba el mismo y pedía fiado. Y así empezó a destrabarse esa relación de tensión. Hoy se fía, se confía, se desconfía, etc. En definitiva la gente se lleva el paquete de fideos y la botella de tomate y el comerciante anota. Ahora la competencia libre de mercado llama a ser más vehemente y, prácticamente, salir a vosear en la puerta del negocito con un megáfono llamando a los clientes a….fiarse.

Suceden situaciones particulares como las que se están dando en Plaza de Mayo donde los productores rurales en señal de protesta van y regalan verduras a miles de personas que se agolpan frente a los camiones. Un verdadero verdulerazo. Es una escala de evolución a la que hemos llegado. La confianza entre los sectores más castigados. Esto es lo que ha logrado fundamentalmente este nuevo gobierno de empresarios que ocupan oficinas del Estado con asco por un rato. Porque… digámoslo con todas la letras, las ocupan con asco porque saben que están de tránsito. Lejos están la comodidades de las oficinas de donde vinieron, esas neonatologías de oro, donde todo es eficiencia y perfume. Han bajado al hedor del Estado para hacer el trabajo sucio que no se animaron a realizar los mandados a hacer en distintos momentos. O, también, se han arremangado para recuperar todo lo que venían “perdiendo” por retenciones y políticas para los negros de mierda que recibían planes y computadoras gracias al esfuerzo de ellos, que son, como sabemos, quienes levantan un país, tan pero tan alto, que luego cuando se cansan de saquear, se viene a pique y cae como un piano de cola desde el piso veinte de un edificio.

La confianza está, como la base, y la gente se las arregla, por abajito y en silencio. Y los empresarios a punto del vómito por codearse con empleaduchos y sindicalistas, también se las arreglan. Es más, entre ellos se están fiando. Entre ellos hay confianza, de clase, como la que se genera entre el cliente de barrio y el verdulero que anota en el cuaderno manoseado un kilo de papas, uno de tomate perita y dos zanahorias. La confianza es de clase. Unos por arriba, otros por abajo. Sin vergüenza los de abajo, sinvergüenzas los de arriba.