Detrás de las palabras: acerca de Rodolfo Braceli

«Aborrezco los homenajes porque, en su gran mayoría, están movilizados, más que por la saludable y necesaria memoria, por la mala conciencia». (R. Braceli).

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Rodolfo Braceli y Juan López, juntos en el Le Parc, el 14 de septiembre. Foto: Gentileza Prensa Cultura Mendoza

 

Por Juan López

Tuve la suerte, ayer, de conversar un momento con el Rodolfo Braceli. Sí, «el» Rodolfo, como decimos en Mendoza los que no tenemos miedo de quedar como mendocinos, de hablar como mendocinos. Este «el», sepamos, nos viene del mapuche y nos viene del italiano, o mejor dicho del cocoliche, esa media lengua mezcla de castellano e italiano que hablaban nuestros antepasados provenientes de Italia, que vinieron a América del Sur y se quedaron y nos legaron tantas cosas, como cierta pasión desmedida, como ciertas palabras, como ciertos perfiles y ciertas siluetas, como toda una cultura del trabajo, como ciertos códigos de convivencia encendida, como cierta forma de preparar las pastas y de hacer las pizzas, como cierta tendencia dionisíaca hacia la bebida.

Siempre es bueno conversar con el Rodolfo. Él nunca habla de bueyes perdidos. Tiene ese talante del intelectual permanente: siempre está rumiando algo, siempre con una inquietud, una preocupación. En general, de la menospreciada «coyuntura», como si hubiera algo más potente y patente que la coyuntura.

El Rodolfo, les cuento, anda ahora obsesionado, ocupado, investigando y haciendo hablar a los eufemismos. Dice el diccionario: Eufemismo: Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.

Me prendí de inmediato a su preocupación. Y aparecieron, en cinco minutos, unos cuantos eufemismos muy escuchados y leídos en estos tiempos. Cito solamente tres, para no perder el hilo.
–«personas en situación de calle»: desamparados, sin techo, linyeras, mendigos.
–«interrogatorio exigente»: tortura.
­­–«contexto de encierro»: cárcel.

Me despedí de mi notable interlocutor y me quedé pensando que una de las características de su escritura, la escritura Braceli, es justamente esta: desconfiar de las palabras que se dicen todo el tiempo, los lugares comunes, los eufemismos, los rodeos. Si uno lee la obra de Braceli, bueno, alguna de sus obras, porque tiene más de 30 libros publicados, va a darse cuenta de que toda la reflexión de este autor se estructura a partir de cuestionar lo dado, y en este caso, lo dicho sin más. En su poesía, nos asalta, nos sorprende, nos conmueve, no se prende al desprecio generalizado de cierta poesía «contemporánea» hacia la ternura. En sus entrevistas, Braceli hace la pregunta que a nadie se le hubiera podido ocurrir, y sus entrevistados se abren y gracias al preguntador pisan nuevos territorios de sensibilidad y conocimiento. En su teatro y en sus ficciones, Braceli replantea los conflictos, le saca chispas a lo consabido e inaugura nuevas formas de leer y de decir.

En su rol de periodista y ensayista, Braceli dice y escribe, por ejemplo, «medios de des-comunicación». Y para designar a ciertos personajes innombrables, escribe «sinvergüenzas estelares». Y a ciertos periodistas los define como «escribas estelares de los pulpos medios de des-comunicación». Si lo pensamos bien, sería un eufemismo a la Braceli, tal vez para no decir «notables hijos de puta», vaya uno a saber. Y a los que quemaron la primera edición de su libro de poemas Pautas eneras los llama «hacedores del fuego que aniquila libros y personas». Pero se ocupa de contrastarlos con los otros hacedores de fuego, «los fuegos de la poesía, los fuegos que le dan semblante a ese pan que debería ser de cada día y de cada noche, para todos, siempre».

Es tan fuerte la convicción del escritor Braceli sobre ciertas formas de decir, que cuando le propusieron que la Feria del Libro de Mendoza 2016 fuera en su «homenaje», saltó de inmediato, seguramente en dos patas. Escribe y habla Braceli: «Homenaje: me crispa la palabra porque, antes y después, me da en el centro: me repugnan los actos de homenaje. En general, por su vaciedad y oportunismo; además, son aburridos hasta el desconsuelo». Y en otro momento levanta la voz: «… al carajo con los homenajes».
Y sigue y agrega: «Aborrezco los homenajes porque, en su gran mayoría, están movilizados, más que por la saludable y necesaria memoria, por la mala conciencia».

En el Umbral (prólogo) del libro El hombre de harina y otros relatos agradecidos (Ediunc, Mendoza, 2015), ya anticipaba Braceli una situación que tendría que vivir unos meses después: «Entonces, desde mí, al carajo con el frecuente concepto de homenaje. Existe en nuestra fauna una caterva de inútiles, secos, inéditos, vírgenes de ocurrencias que, por ejemplo, cuando llegan acontecimientos como las ferias del libro se preguntan despavoridos y este año ¡¿qué hacemos?! Y enseguida desembocan en la única ocurrencia posible que anida en una frase salvadora: ¡Un homenaje! ¡Hagámosle un homenaje a Fulano de Tal! Fulano de tal, seguramente, o padece una enfermedad sin retorno o ya cagó fuego».

Por eso la organización de la Feria del Libro reescribió la idea y le puso «Dedicada a Rodolfo Braceli».

Pienso que una enseñanza fundamental de la escritura de Braceli es la siguiente: un simple y valiente acto de soberanía verbal –defender ciertas palabras y atacar otras, desnudar ciertos lugares comunes, desactivar la trampa– es una de las tareas básicas, pero no fáciles, de un escritor.