«Arquitecturas perversas» o El Comandante Amor que no encontró la orquídea mutilada en la selva

Padilla 06-09-16

Por Marcelo Padilla

La sociedad más justa es la que nos inventamos todos los días o de vez en cuando; ocurre que la pensamos en relación a cosas y objetos que se tienen o no en la casa, en la heladera o en la mesa de luz… por empezar si en la mesa hay luz para iluminar la habitación y la estampita de turno pagana que nos viene a redimir el vacío en esos momentos clave, está o no iluminada. Anoche, como de costumbre me tiré en la catrera a leer un rato hasta que bajara el sueño y, como varío la lectura, se me ocurrió no agarrar el libro que me mandó la fabi de Alejo Carpentier (los pasos perdidos) que me espera y lo espero ahí, quietito como tótem y tabú. Navego por el teléfono y recaigo en Revista Anfibia, una publicación virtual de la USAM, bien hecha, con un diseño atractivo y crónicas largas para abstraerse por un rato largo. Una nota que escribe Rodrigo Rojas sobre el poeta chileno Raúl Zurita (www.revistaanfibia.com/cronica/raul-zurita-humilde-mas-ambicioso/) repasa la obra de este chileno que vino, según él y otros, a renovar la poesía trasandina junto a Nicanor Parra. Desde el dolor y acicateando, bien a lo Zurita, la nota está bien encarada pa mi gusto porque no habla solo de las palabras sino también del cuerpo. La poesía de Zurita empieza o termina en el cuerpo del propio poeta por varios motivos (recomiendo INRI). Los chilenos son los medallistas olímpicos en la poesía, eso creo. “La poesía es anterior al lenguaje” plantea el poeta, un capricho interesante, porque desafía al propia Lacan y a toda la caterva de anterioristas que buscan el punto cero de la cosa. Se me da en coincidir justo a días de festejarle el cumpleaños 50 a un amigo poeta que falleció en febrero de este año, junto a su pareja y a un compinche amigo de viejas épocas que se vino específicamente de Neuquén para ello. Pasamos el día recorriendo las calles por donde vivíamos con carlitos yirando de pibes: la Plaza Independencia y sus escondites allá por el 84, 85. El viejo Colegio Nacional Agustín Álvarez que nos encontró guevareando y los cafés que ya no están o tienen otro nombre. Carlitos y su poesía despareja, discontinua, y su cuerpo escrito. Escrito y precedido por la poesía. Un disco con Mario Mátar, “Arquitecturas perversas” y notas, palabras por ahí revoleando por ahí todo el tiempo… “qué son estas palabras sin mí”. El original lo tuve porque me lo regaló el propio Carlos en la presentación que hizo en el mmam pero lo perdí y el sábado me lo dio Emilce, su compañera que acompañó a mi amigo sus últimos cuatro años y le dio amor y paz. Hugo, el compinche que vino de Neuquén y planeó el encuentro ya se fue, el día pasó y cada uno por su soledad caminó a su casa. Ahora escucho el disco de nuevo del Comandante Amor que suena anterior al lenguaje. El carlitos también fue anterior a la Plaza Independencia, anterior a las calles y los cafés, anterior a la especie. Él escribió su teoría antropoética: LA REVOLUCIÓN DE LOS MAMÍFEROS. Y se fue sufí para no irse. Tal vez para encontrar esa orquídea mutilada en la selva que nunca encontró… y sigue buscando.

Padilla 06-09-16