Mirar de nuevo con los ojos vidriosos de los niños del pegamento

14191485_10209610626158692_504941556_o

Por Marcelo Padilla

En el año 2001 nos paramos de manos con toda la adrenalina de un gato dispuesto a dar pelea por los techos porque nos habíamos cansado que nos mearan el territorio… a borbotones, el nuestro, el que nos identifica con apenas unos siglos, en esa contradictoria pero vital interpretación de la historia permanente. Nos cansamos y ya ni el escepticismo nos venía bien para seguir respirando tanto olor a mierda estancada. Dijimos simplemente basta. Y aquella angustiosa, pendular, conformista, conveniente y oportunista clase media fue la que acompañó un proceso de lucha social que costó no solo 30 muertos sino millones de pobres inaugurales, algunos acostumbrados, otros dándose una bienvenida por el infierno: hombres tirados en sus catres, mujeres que salían a hacer el día, depresión, infartos, suicidios, pendejos pinches de caño, hedor…en esa atmósfera de “no pertenecer” a ningún puto mundo de dios, porque hasta el mismo dios se había ido de gira a mayami, a tirarse en bolas en una playa junto a los ricos, a rascársela por un buen tiempo, saliendo por las noches a merlucear por los casinos y discotecas tecno. Hasta dios nos había traicionado. Y de ahí, sin saber un carajo, nos las inventamos. Como lo sabemos hacer cada tanto, cuando aparecemos con más energías después de la paliza. Dejamos de mirarnos el ombligo y nos dimos cuenta que la cosa pasaba parecida en las aldeas vecinas, cada una con sus formas y sus tradiciones, sorprendiéndonos ver a países bananas convertirse en países dignos con pueblos dignos, recuperando lo digno de estar en este maldito y prostibulario mundo por un mejor rato. Bueno, lo que pasó ya lo sabemos quienes quisimos verlo con los ojos de aquellos niños sin mirada de ojos vidriosos por el pegamento. Dos décadas, para redondear, de impulso en Latinoamérica. La teníamos bien parada. Y se la mostramos al mundo. Las minas y los chabones la teníamos parada. Recuperamos el deseo errático y este pedazo de tierra fue otro por un momento y tiramos el tango autoflagelatorio por el inodoro. Pasamos de la biblia y el calefón a otras literaturas creadoras y abrimos la cabeza por unas horas. Duró unas horas. No me importa ahora pensar por qué duró unas horas y no la eternidad. Lo cierto es que nos las gastamos, a las horas y a la eternidad. Algunos se chorearon hasta la mística. En fin. Ayer en Brasil… otro palo, otro golpe a la nueva usanza. Otra vez. Y así, seguir sumando. Vuelta a cero, sin cero. Los niños de los ojos vidriosos con la mirada perdida por el pegamento. Esos que nos miraron siempre, aun cuando creímos haberlos salvado… vuelven.