Vestigios del futuro

grieta

Por Pablo Doti

Lo que te voy a contar pasó allá por el dos mil dieciypico. Es la historia de una relación apacible y de sano amor que se derrumbó y renació por la mentada grieta que en aquellos años dividía la sociedad. Sucedió que un hombre se cruzó con su familia política por las ideologías. Es que los familiares eran férreos antiperonistas y, mucho más aún lo fueron respecto a su encarnación postmoderna, el kirchnerismo. Y este hombre era muy kirchnerista.

Así la relación no tardó en ponerse tensa entre el hombre k y su familia política. Los domingos que habían sabido ser tan apacibles los años anteriores, empezaron a derrapar en rencillas. Cuando no era él, era el suegro o alguno de los cuñados, que tiraban un comentario y el barullo se armaba.

Con todo, pronto se convino en no hablar del tema “política”. En realidad, tal aconteció cuando ganó la presidencia el mercader. Llegaron con el lema de que se podía vivir mejor. Pero pronto el discurso se tergiversó en la opuesta realidad a fuerza de exabruptos: el gobierno devaluó el 40%, dejó libre el dólar y el mercado. Posibilitó la compra indiscriminada e irrestricta de tierras y dinero para los extranjeros. Promulgó una ley con la cual blanquearon millones de dólares que tenían en cuentas del exterior. Previo, en la ley deslizaron una cláusula que decía que no podía, so pena de pagar en multa equivalente a la mitad del total del dinero blanqueado; ningún periodista revelar la identidad de los blanqueadores. La patria financiera estaba de vuelta.

En la familia del hombre k el tema se transformó en un tabú. Como él era k pero más amaba a su familia política decidió seguir militando pero ya no de forma frontal. Lo que hizo fue señalar los valores positivos que una sociedad debe tener para ser tal. De ese modo, intentó el hombre k develar al gobierno del mercader que golpeaba incesante al pueblo. Y fue fructuoso. La familia, de a poco, y más bien las nuevas generaciones, fueron entendiendo del amor al otro, de la importancia de una sociedad igualitaria, es decir, que brinde las oportunidades necesarias, acordes a cada caso particular, que garanticen la accesibilidad para todos. Así, con amor, y más bien cuando el hombre k ya era abuelo, pudo ver como la familia mancomunada codo a codo – si bien no todos de su línea política pero sí comprometidos con el prójimo – luchaba por un mundo mejor.