“Qué bien estábamos cuando estábamos mal”

Cantinela de incautos engañados, lamento inútil de necios crónicos

Bicentenario2016

Fotografía: Gentileza M.A.F.I.A.

 

Por Julio Semmoloni

Nunca será un clamor popular el lastimero arrepentimiento que murmuran por lo bajo millones de argentinos nuevamente empobrecidos y desairados. Al fin y al cabo, parecen veladas actitudes inconducentes que no son políticas. Del odio, el resentimiento o el desengaño es difícil volver cuando se ha cometido una enormidad. La volatilidad ideológica tiene ese drástico precio. Y en la Argentina, como en el mundo, los “caídos del catre” forman legiones.

Adviértase, por ejemplo, que Darío Lopérfido (una especie de José López del macrismo) no yerra entre tantos dislates cuando afirma que la política es “algo muy complicado”. En su jerga atroz de pituco advenedizo utiliza el pronombre indeterminado “algo” para señalar sin la menor precisión al más social de los fenómenos humanos, la política, porque ésta puede ser incomprensible para alguien que se piensa como un intelectual. A Lopérfido no le da el piné para ser un canalla como Gerardo Morales, por ejemplo. El gobernador jujeño comprende la política, por eso es un canalla. Pero debido a la propagación de tipos como Lopérfido en los diversos estratos sociales, después se amontonan millones de desatinados para elegir gobernantes de ocasión como Macri o Morales.

¿Qué nos produce que haya tantos argentinos que estén revalorando “con el diario del lunes” en la mano, el transcurso de la mejor década para el país en más de medio siglo, tan sólo porque ahora pueden comparar la gestión anterior con este impresentable desgobierno actual? Produce dolor: sí, nos vuelve a doler la Argentina. Duele que el presidente elegido no represente con sus actos la voluntad del pueblo que lo eligió. Y duele más aún cuando desde la política, precisamente, se le anticipó a todos con elocuencia y criterio cada aspecto de esta calamidad sistémica que hoy provoca tamaña desdicha.

El oxímoron que entraña el significado del título de esta nota no se limita, como en la retórica, a ironizar con el absurdo o a embellecer la prosa con una metáfora. Esto es periodismo, otro género literario. Por lo tanto la verificación en política de la múltiple murmuración de la frase admirativa “qué bien estábamos cuando estábamos mal”, resulta patética. No puede haber consuelo en quienes vimos a tiempo lo que pasaría, ni mucho menos que cunda el vil regodeo. Sólo cabe el dolor del que piensa y actúa con buena leche. Un dolor que por momentos parece sofocar la argentinidad sostenida desde siempre, ésa de la que jamás se abjurará. Tal vez este modo de reseñar lo que pasa esté impregnado de las exaltaciones de una fecha patria que el actual gobierno quiso sortear a como diese lugar.

Lo peor del caso es que el daño está hecho. Ya no importa demasiado que se agrave la caída, el retroceso. Reproducimos aquel fatalismo argentino que identificara con perverso encanto el anciano jefe de gobierno francés Georges Clemenceau, cuando diagnosticara que “la Argentina es un país de futuro, siempre será un país de futuro”.

Señalé en precedentes colaboraciones con ZEPA las notorias limitaciones del populismo para que la transformación que sin duda propone y consigue en corto tiempo, alguna vez se convierta en un salto a la sociedad de bienestar. Quedó claro que para poder lograr ese propósito en algún punto deberá dejar de ser populismo, profundizando el rumbo ya señalado mediante una cabal planificación, pero jamás atendiendo a los denuestos del neoliberalismo retrógrado y dependiente. Esta vez no abundaré sobre lo mismo. Ahora cabe examinar los impedimentos que nuestra sociedad manifiesta una y otra vez con obstinación.

Si bien el peronismo clásico y el kirchnerismo propusieron transformar el país en beneficio de grandes mayorías, lo cual permitió el apoyo de un electorado masivo, en ambas etapas no pudo evitarse la paulatina conformación de reactivas alianzas opositoras que por vías distintas pudieron tronchar la prosecución de esos gobiernos progresistas. Curiosamente, vastos sectores de la “clase media” que más beneficios habían recibido como consecuencia de la movilidad social ascendente, fueron capturados por una prédica maliciosa que alentó el poder fáctico concentrado, pero que paradójicamente soliviantó un reprochable descuido estratégico en la disputa por la hegemonía política.

En ambas épocas separadas por casi medio siglo, el peor de los desaciertos cometidos por esos gobiernos populistas fue replegarse sobre sí mismos para blindarse ante desafíos políticos sediciosos aunque propios de una democracia en ciernes, en vez de reanimar el expansivo impulso transformador, desarrollado a medias, para adecuarse a los adversos tiempos, a fin de retener o persuadir al vacilante o esquivo electorado, cuya orfandad ideológica puede hacerlo fácil presa de los cantos de sirena opositores.

Obviamente, no me refiero a los convencidos por ideas políticas antagónicas al populismo. Por cierto, no son pocos y tienen pleno derecho a sostenerlas. Pero la historia reciente demuestra, como antaño, que siempre son minoría respecto de las tendencias progresistas. Habrá que meditar seriamente sobre la inconveniencia de generar relatos y conductas desde el poder político que terminan provocando divisiones extremas en la población, por ejemplo a partir de la profusión de eslóganes hostiles y la construcción de liderazgos más o menos autocráticos.

El obstáculo principal que impide la transformación radica en la resolución favorable a las mayorías del conflicto entre el poder establecido y las políticas que conllevan a la sociedad de bienestar. El voto popular permite acceder al gobierno para reconstruir el Estado benefactor. Pero luego, en la proyección de la obra hacia el desarrollo de las potencialidades, se hace imprescindible retener electoralmente el poder político. Por lo tanto, sostener en el tiempo la hegemonía política es tan importante como producir la transformación.