Destruyen y siembran degradación

La corrupción nunca fue inherente a los proyectos políticos populares

PlazaNisman20-01-2015

Fotografía: gentileza M.A.F.I.A.

 

Por Julio Semmoloni

Trascendió el año pasado, por supuesta infidencia de un allegado al Papa, que éste temía que por el resultado electoral se reprodujera una situación política similar a la de 1955. Desde luego, las seis décadas de diferencia temporal no transcurrieron en vano. La violentísima interrupción del mandato legítimo en aquellos tiempos no guarda relación legal con la sustitución constitucional del Gobierno de hace muy poco. A primera vista, el presagio que se adjudica a un avezado conocedor de la realidad como el jesuita Jorge Bergoglio, parece un desatino que no se corresponde con hechos institucionales tan dispares entre sí. Pero a poco que se agudice la mirada en pos de transparentar lo que ocurre hoy de un modo encubierto, se advertirá que los civiles gobernantes de la actualidad utilizan el poder de la violencia persecutoria, con la misma saña vengativa y perversa de antaño, aunque con modales que divergen de los que antes emanaron de una dictadura sangrienta.

Los militares que secundaron a “gorilas” paradigmáticos como Aramburu y Rojas se propusieron, en nombre de una ideología emparentada con el actual neoliberalismo conservador, destruir la transformadora obra del peronismo clásico, con el propósito de erradicar para siempre esas ideas y restaurar el sistema de profunda desigualdad social y dependencia económica, imperante en la Argentina de siempre. Por eso la persecución con bombas, asesinatos, torturas, exilios y encarcelamientos, incluyó la proscripción política y la prohibición absoluta de utilizar la iconografía como instrumento de militancia.

Pasaron varios gobiernos ilegítimos, el efímero y fallido intento recuperador de 1973/74, que más tarde sepultó el terrorismo de Estado civil y militar, hasta las incursiones democráticas inoperantes de 1983-2001, que claudicaron ante el poder económico. Probablemente esa henchida y atroz patria neoliberal conservadora se relamía en 2002 coreando sigilosamente “que se vayan todos”. Tal vez creyeron antes de tiempo que habían logrado ultimar la política como primordial instrumento para transformar la realidad.

Nadie, pero nadie en verdad, presentía que en la Argentina de 2003 volvería a instaurarse, así, de carambola, a partir de la peor catástrofe y con el mayor grado de improvisación, otro populismo progresista cuya ideología se incubara en los cabildeos de Mayo por Belgrano, Castelli y Moreno; más tarde defendida por San Martín, Brown, Güemes, Dorrego y Rosas, y mucho después proclamada por Scalabrini Ortiz y Jauretche desde FORJA, hasta la apoteosis de 1945.

No se gestó nada nuevo en 2003, ni mucho menos se inventó. Ese ideario perduraba latente, adormecido, como hibernando, ¿moribundo?, ¿irrepetible? El escepticismo cundía en la dirigencia progresista y la población memoriosa, mientras la mesa estaba servida para que las corporaciones se dieran el festín. Tanta avaricia los distrajo por un rato. Por eso no vislumbraron el rápido y efectivo fortalecimiento del kirchnerismo que en un principio les convino. Y cuando reaccionaron furiosos para derrocarlo en 2008, ya se habían acumulado cinco años de recuperación y crecimiento. No pudieron, es cierto, pero también en esos días turbulentos de marzo a julio renació y se propagó el viejo odio oligárquico a las reivindicaciones populares. De ahí en más, imbuidos del viejo rencor inocultablemente clasista, comenzaron a preparar el escarmiento que ahora ejecutan.

El origen eleccionario del gobierno actual, verificado representante de esas corporaciones que antes apelaron al golpismo y el terror, hoy lo inhibe para utilizar las armas disuasivas de antaño, aunque la ruindad persecutoria no mengüe en su oscuro propósito. Esta vez se recurre a una parte propiciatoria del Poder Judicial, como la corporación idónea para detectar funcionarios corruptos del gobierno populista. Asimilar corrupción con populismo es la fórmula desempolvada que reduce la política de transformación al mero arribismo oportunista guiado por mezquinos intereses materiales.

Esta vez no bastaba con destruir las políticas activas de un Estado fortalecido y benefactor. El modelo neoliberal criollo no tiene proyecto propio para construir en remplazo. Si bien destruir las conquistas sociales y la ampliación de derechos es suficiente para restaurar lo que persiste del país anquilosado y dependiente, sostener en el tiempo la injusticia social que reinstala, derivada del reparto aún más inequitativo del producto nacional, también parece requerir de la degradación de todos los valores sustentados por el proyecto político que gobernó antes, y para que no se recupere más de la derrota electoral.

Por eso con la destrucción ahora también siembra la degradación moral que produce la persecución investigativa de ex funcionarios por parte de jueces que una vez más ratificaron ser la privilegiada casta que se autoexime del pago de tributos por sus altísimos ingresos. Instigado día y noche por los medios dominantes, el Poder Judicial más conservador arrecia sin distingos contra la cúpula gobernante del kirchnerismo, con procedimientos que se visualizan todo el tiempo para amplificar una devastadora imagen de corrupción generalizada. Por extensión, se ataca la base de sustentación política de la que el populismo se nutre mediante la entusiasta militancia surgida en la última década. Se deprime la autoestima, se contagia la desconfianza, se esparce la sospecha, hasta prácticamente inficionar el impulso participativo de las idealizadas aspiraciones juveniles.

Todo parece disgregarse en el Frente para la Victoria, que en sí mismo nunca pudo ser un movimiento capaz de vertebrar y contener tanta heterogeneidad popular, porque sólo fue empleado como herramienta electoral. Creado para ganar elecciones y luego gobernar, hoy no sabe resistir ni está preparado para ensayar un contrataque ante el frenético embate del oficialismo. Es la primera vez que se encuentra en la oposición, no tiene experiencia en este rol, no se asume como tal, y lo peor del caso, tampoco parece contar con la conducción apropiada para el crítico momento que atraviesa.